B.Z.V.

No solo los insectos son
los propietarios de los jardines...
Los Gruñones de los Jardines.
Siempre que llegaban estaba todo acabado, las hierbas cortadas, los setos recortados, sin papeles... era algo extraño, desde hacía varios años la rotonda no la tocaron lo más mínimo, dieron media vuelta y marcharon a seguir con sus labores.
Fernando llevaba siete años limpiando los jardines de su localidad, junto con Pablo se encargaban de todas las tareas de jardinería, se levantaban casi al apuntar el día y en el almacén les esperaban las herramientas, con ellas, reparaban, limpiaban, ordenaban cualquier zona ajardinada de la localidad.
Existían jardines con setos, con fuentes, con árboles de hoja caduca, otros de hojas perennes, la llegada de los otoños se encontraban con más tareas de las habituales.
Fernando y Pablo no llegaban a los sesenta pero poco les faltaba, como decían ellos -hacer pasar el tiempo para la jubilación- ese era su principal objetivo cuando hablaban de su trabajo con alguien, aunque ya hablaron con el alcalde para que les mantuviera el trabajo aún estando jubilados, lo harían sin cobrar, su trabajo les gustaba y si no lo podían desarrollar ¿qué iban a hacer...?, en el fondo les hacía sentirse importantes, cuando pasaban por alguna zona ajardinada no podían evitar mirar el suelo y ver cómo se encontraba, si estaba bien se les hinchaba el pecho.
Los dos parecían hermanos, aunque solo se asemejaban por lo mal vestidos que solían ir siempre y porque los niños los conocían como a los "gruñones de los jardines", sabían que tenían que dar ejemplo y que los niños se tomaran más en serio cualquier zona de las que ellos cuidaban.
Terminaron pronto hoy, como siempre se sentaron en el borde de un camino y abrieron la bolsa que guardaba sus respectivas comidas, les gustaba el olor a hierba, mirar las piedras mientras comían... Recogían todos los desperdicios, los metían en la bolsa y marchaban hacia el pueblo, al entrar cada uno tomaba dirección a su propia casa. Así día tras otro.
Fernando por las tardes salía un rato, mas como vigilante que como paseante, solía encontrarse con Pablo, que coincidía con sus manías. Se sentaban en cualquier banco a hablar y observar los jardines. Sus gritos amenazantes ya los conocían todos los alrededores de los jardines, en cuanto algún niño osaba pisar más allá del bordillo que separaba la zona peatonal del jardín, le sorprendían un par de gritos que más bien parecían que fueran de las propias hierbas al pisarlas. Consiguieron que sólo lo más niños, por su escaso saber, se atrevieran a pisar sus jardines, en cuanto pasaban de los 4 años ya les habían enseñado bien ellos la lección.
Ese día, ninguno de los dos... supo, por qué no antes, nunca antes hablaron de la rotonda que siempre estaba limpia, era inmensa, tan grande que antes era la que más costaba limpiar, tenía unos cuantos arboles, setos y arbustos que en verano florecían. Era como una pequeña loma que como mucho tenía cuatro a cinco metros en su punto más alto. Por lo visto alguien se encarga de limpiarla, alguien que estaría o se habría vuelto loco, porque no tenía ningún sentido cargarse con esas tareas sin obtener nada a cambio y a nadie se vio nunca limpiarla. Fernando no le comento nada a Pablo pero pensó que podría indagar esa misma noche quién era el desinteresado.
Cenó pronto, y sacó la silla a la puerta de su casa para estar un rato tomando el fresco, algunos paseaban, algún que otro niño corría, se sentía bien, solo, pero bien... Casi llegó a dormirse en la silla, la cogió y la entró a casa, cerró y se dirigió a la rotonda, pensaba... Deben ser cerca de las doce de la noche, dio un rodeo y se apostó cerca de la rotonda, desde allí apenas veía nada, pero lo suficiente para saber si algo se movía... pasaron los minutos ya comenzaba a cansarse, se estaba quedando dormido y en ese momento algo pareció que se movía.
Los arbustos de más arriba parecían moverse, contuvo la respiración para centrarse en lo que sus ojos trataban de ver, alguien con una silla surgía entre la vegetación, se sentó casi al borde de la rotonda y se quedó allí con los codos sobre sus rodillas y las manos sujetando su cara. No era hora de mucho tránsito por eso nadie lo había visto antes.
No sabía si abordarlo y preguntarle o tratar de despertarse porque le parecía estar soñando. El hombre de la silla cogió una rama de un arbusto y empezó a rallar el suelo, la dejó a un lado y volvió a la posición inicial. Así estuvo durante un par de horas hasta que volvió a coger la silla y se perdió entre los arbustos y arboles.
Le costó levantarse de su punto de vigilancia, las piernas ya no eran lo que fueron, marchó hacia su casa sin dejar de pensar... y se acostó.
La siguiente noche volvió al mismo lugar, a la misma hora volvió a ocurrir... Allí estaba, sentado con las manos apoyando la cabeza. Ya no pudo aguantar más, se dirigió hasta él.
- ¿Quién eres? -
- ¿Qué haces aquí a estas horas? -
Mientras esperaba la contestación, se le quedó mirando, era un hombre más joven que él, llevaba barba de mucho tiempo, el tiempo más bien parecía otra cosa y la ropa echa jirones.
-Vivo aquí-
No podía creer las palabras que estaba oyendo.
-¿Qué vives aquí?-
-Sí, desde hace unos años vivo aquí, esta es mi isla.
No tenía autoridad para echarlo de allí, además la rotonda estaba impecablemente cuidada.
-¡Pero aquí no puedes vivir!-
-¡Pues yo vivo!-
-No... Me refería que no está permitido vivir en las rotondas.
-¿No? Pues yo decidí vivir aquí, hay otros que viven en otras, a veces voy a verlos, no hacemos mal a nadie, además las rotondas siguen cumpliendo bien su labor y las cuidamos lo mejor que sabemos.
Fernando, no daba crédito a sus oídos ¡viven en rotondas!! ¡¡y hay otros...!!, internamente reconocía que esa rotonda era la mejor cuidada de todas, pero aún así no lo tenía claro y amenazó.
-¡Pues te voy a denunciar!-
-Bien, te tomaran por loco, inténtalo, me iré a otra rotonda y terminaran creyendo que estás loco al decir que aquí puede vivir alguien.
Fernando ya no sabía si reír o explotar ¿cómo podía decirle eso?
-¿Y qué haces aquí?-
-Arreglo la rotonda por la noche y por el día duermo, vivo de las cosas que los conductores tiran por las ventanillas, a veces paso hambre, por eso me tengo que esmerar en el cuidado de la rotonda, cuanto más limpia esté ... más cosas le tiran.-
¿Cómo alguien podía vivir así?, aunque observándolo, se le veía delgado, con cara de haber pasado hambre y sus ojos no delataban nada escondido. Ya tenía que irse a dormir....
-¿Mañana estarás?-
-¡Sí!, aquí seguiré-
- Bien, mañana volveré a estas horas, no te vayas, quiero saber más de ti.
Así fueron repitiéndose las noches, y ya desde hace mucho tiempo la rotonda tiene dos habitantes... Fernando cree que dentro de poco podrá tener su propia rotonda, ahora sélo aprende cómo sobrevivir, cuando esté lo suficiente preparado tendrá su propio Islote.
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Ver Náufragos...
vbz
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