
Sobre la vida...
Aquellos días habían sido bastante malos para K; sospechaba cuál podía ser la causa de su malestar, pero al mismo tiempo no quería pensar en ello; era demasiado evidente para ser verdad. Y así seguía el sufrimiento de K.
Hasta que empezó a tener una serie de sueños inquietantes, pero también reveladores. En realidad esos sueños siempre habían estado ahí, pero nunca les había prestado atención, al igual que el resto de la gente. Poco a poco se dio cuenta de que, paradójicamente, sus sueños eran más reales que su mundo diurno; y no sólo eso: los sueños que K tenía por la noche le ayudaban en gran medida a comprender todas las cosas que veía luego de día. Por medio de esos maravillosos sueños K llegó incluso a comprender su existencia pasada, y, lo que es más importante, encontró una nueva forma de orientar su vida.
Había momentos en que creía ya comprenderlo todo, pero un nuevo sueño le descubría nuevos matices sorprendentes, impensables hasta esa misma noche. Por esta razón se prometió a sí mismo seguir soñando siempre.
La vida de K había cambiado totalmente y ya no podía retroceder; era imposible olvidar de golpe todos esos sueños, y él lo sabía.
Ya no había nunca dos días iguales para K, ni los habría nunca más. Se despertaba cada mañana ilusionado con la idea de poner sus sueños en práctica, al igual que se acostaba con la incertidumbre de saber cuál sería el próximo sueño. Aún quedaba un problema, el hecho de que todavía hubiera poca gente aficionada a soñar.
Pero K tenía fe en que sólo era cuestión de tiempo.
y la muerte.
No cabe duda que Juan es un joven bastante convencional. Es difícil encontrar en su vida algo que le distinga verdaderamente de los demás jóvenes de su edad. A propósito de su edad, hace poco que ha cumplido los 23; no sabe muy bien por qué, pero más o menos desde los 20 los años le caen como losas que le recuerdan que ya no es un chaval.
Su padre tiene un buen cargo en un departamento de una importante firma comercial, y su madre trabaja en una oficina de banco. Tiene un hermano pequeño de 16 años, Víctor, que se pasa el día en la calle montado en un monopatín, y que trae a sus padres de cabeza porque no da un palo al agua. En cierto modo Juan le envidia un poco, porque le recuerda una época de su vida feliz, en la que hacía lo que le daba la gana.
Ya hemos dicho que Juan es un chico normal, pero conozcámosle un poco mejor. En el colegio y en el instituto era un buen estudiante; tampoco es que fuera un lumbreras, pero consiguió llegar a COU sin pasar nunca por septiembre; ese curso no le fue tan bien, por lo menos en lo académico, porque por entonces empezó a salir los fines de semana hasta muy tarde y estuvo con varias chicas. Sin embargo, se sacó el COU a la segunda y empezó a hacer empresariales; él al principio quería hacer psicología o sociología porque era lo que le gustaba, pero su padre le convenció de que debía hacer una carrera con más futuro. Los dos años que estuvo en la universidad lo pasó en grande. Conoció un montón de gente y por primera vez en su vida creyó estar realmente enamorado; la chica se llamaba Verónica y es cierto que no era tan despampanante como las ot ras chicas con las que había estado antes aunque él se encontraba muy a gusto a su lado, le inspiraba una gran confianza. Pero sus padres y sus amigos le convencieron de que no era la chica que más le convenía, que él se merecía algo mejor. Así, en una fiesta, conoció a Maite, su actual novia; no se puede decir que Juan la quiera mucho, ni ella a él, pero todo el mundo les dice que hacen una pareja ideal y ellos se dejan llevar.
Además de su novia, Juan tiene un trabajo aceptable; al final dejó la carrera, porque le había ido muy mal; en verdad, no le motivaba en absoluto. Su padre, por medio de unos contactos, le consiguió un puesto como agente de ventas en la empresa de un amigo; a Juan no le entusiasmaba en exceso este trabajo, pero como le iban a dar un buen sueldo, aceptó; además, no tenía mucha elección, si no quería ponerse en contra de su padre.
Juan también tiene un buen coche que le compraron sus padres hace poco, cuando empezó a trabajar. Le gusta una barbaridad escaparse con él cuando puede a la sierra, sólo; a veces va a esquiar, otras se lleva la bici de montaña y se adentra por los caminos de los bosques durante horas. Siente que esos momentos de íntimo contacto con la naturaleza son casi lo único que le hace sentirse vivo.
Ahora mismo le encontramos conduciendo camino de su hobbie, con la bici y el equipo de esquiar en la parte de atrás del coche. Es domingo por la mañana, casi no hay tráfico y llueve un poco; Juan está un poco agitado, ya que los últimos días han resultado muy duros; ha tenido unos problemas en el trabajo con unos papeles que se le olvidó tramitar; y para colmo ayer discutió otra vez con Maite, su novia; está pensando seriamente en cortar. Ni siquiera ha tenido un momento para pensar qué quería hacer hoy, así que mientras conduce va pensando en todo a la vez: "¿A quién le puedo encasquetar lo de los papeles? ¿Que excusa les pongo a mis padres para dejarlo con Maite? ¿Hoy quiero esquiar o montar en bici?..."
Distraído en sus cosas, llega demasiado rápido a una curva peligrosa. Frena. Las ruedas se quedan clavadas. El coche se desliza por el pavimento mojado, fuera de la carretera, hacia un barranco.
Juan despierta, inmóvil, entre un amasijo de hierros, y poco a poco recuerda cómo ha llegado hasta allí. Está atrapado completamente y le duele todo el cuerpo. Apenas puede ver arriba la carretera, pero no oye ningún coche. Intenta gritar, pero casi no puede. Está muy débil.
En los primeros instantes siente unos dolores terribles. Empieza a tomar consciencia de la situación tan grave por la que atraviesa: ha sufrido un gravísimo accidente, tiene el cuerpo destrozado, está atrapado y nadie parece haberle visto. No se oyen coches pasar. El pánico casi sustituye al dolor. No quiere reconocerlo todavía, piensa que no puede ser posible, pero empieza a revolotear por su cabeza la idea de la muerte. "Dios mío, no, no, ¡Nooo! Alguien pasará, me verá y me sacarán de aquí. Me llevarán a un hospital y me curaré".
Pasan cinco minutos. Ha pasado algún coche por la carretera, pero no se ha percatado del accidente. Ahora llueve más fuerte, y seguro que no quedan rastros de la frenada. Juan está cada vez más débil. Ya no siente mucho dolor. Ya no está tan asustado. Es extraño, pero el pánico ha ido dejando paso a otros pensamientos. Nunca había pensado seriamente en la muerte, y menos en la posibilidad de su muerte. Ahora la encaraba de frente porque no había forma de escapar a ella. Ahora comprendía el porqué del miedo a morir: el miedo a dejar un proyecto de vida sin acabar, el miedo a encontrarse cara a cara con la vacuidad de toda una vida.
Juan empieza a repasar su corta existencia bajo el prisma de su actual situación tan real y dramática. Ahora se sentía avergonzado ante sí mismo de muchas cosas. Pensaba que "si pudiera volver atrás el tiempo haría las cosas de otra manera. No me importaría tanto la opinión de los demás. Estudiaría psicología, que es lo que siempre quise estudiar. Seguiría con Verónica, pues ahora comprendo que era a ella a quien quería. Pero no sólo eso, intentaría ser mejor cada día, ser más sincero, no ser tan orgulloso. Ayudaría a otras personas, aunque me trataran por tonto...". En esos momentos, Juan era consciente de haber vivido toda su vida en un mundo irreal de apariencias, de dinero. Acababa de encontrar la realidad en ese barranco, atrapado entre hierros, obligado por la situación a pensar en su vida, por primera vez.
A estas alturas Juan ya sabe que va a morir. Es cuestión de minutos. él no es católico. Bueno, sí, iba a misa de pequeño, hizo la comunión y todo eso. Pero nunca pensaba en Dios, simplemente porque nunca pensaba en nada fuera de lo convencional. Ahora, en sus últimos momentos, habla con Dios: "Por favor, si al menos pudiera hablar con alguien antes de irme... Le diría... no sé... le diría que quiero a Verónica, que siempre la quise, aunque yo no lo sabía... Le diría que... ¡Dios! le diría que siento haber echado a perder mi vida... que no haga tanto caso a lo que piensen los demás..."
Por fin aparece un conductor. Llega corriendo, alarmado, mientras pregunta si hay alguien dentro. Llega a la altura del coche y ve a Juan, destrozado y agonizante. Le mira horrorizado. Juan balbucea unas palabras: "Lo siento... lo siento...", y después queda en silencio e inmóvil para siempre.
El conductor corre rápidamente barranco arriba en busca de ayuda, un poco turbado por aquellas palabras, cuyo significado se le escapaba por completo.
Gracias por haber llegado hasta el final, espero que te hayan gustado estos breves relatos. Al menos espero no te hayan dejado indiferente...
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