José Biedma
José Biedma
Hay otros mundos
pero no están en este...



LA HUIDA

      Aunque todavía no había cumplido los diez años ni estaba, que digamos, muy desarrollado para su edad, Pablo ya conocía el éxtasis. Se había entregado a él asiduamente durante todo el verano después de comer, mientras hacía la digestión y su madre cabeceaba frente al televisor y su padre vestido sobre la cama echaba la siesta, que según decía es sagrada. Entonces solía buscar refugio y soledad para sus trances en aquella habitación que había sido despacho del abuelo, con su armario biblioteca lleno de misteriosos papeles y carpetas, folletos de viajes, libros y cajas de cigarros puros con nombres desconocidos y un vago aroma a cedro y tabaco, tan mágicos por ello como exóticos: "la flor de las breñas", "los statos de luxe", "Sumatra", "Habana"... Al parecer esas cajas contenían cartas, pero a él le bastaba con leer y releer sus tapas para disfrutar con el pronunciamiento interior de cada sílaba. Así la hacía parte esencial de un conjuro.

      La habitación estaba siempre sobradamente iluminada por la jugosa luz del sol que reverberaba matizada en verde, filtrada por las palmeras, los lilos, los rosales, los margaritones y los setos de romero y espliego del jardín. Tal vez era aquella maravilla de luz perfumada, la que dotaba al cuadro de aquellas cualidades misteriosas que acentuaban la inusual profundidad de su aparente atmósfera. Se ofrecía a la vista colgado en la pared opuesta del armario, en mitad de la pared desnuda.

      Para lograr aquel estado de ensoñación y de ensimismamiento voluptuoso (o de disolución empática en el medio de la propia identidad profunda), Pablo solía quedarse prendado del paisaje del cuadro, sintiendo que penetraba en él con la misma facilidad con que un actor hace un mutis y abandona, para ensayar ser él mismo, la escena en la que interpretaba. Desde luego, dispuesto a propiciarse el abandono completo a este juego, a esta deliciosa y poderosa ilusión, como una evasión plena de la realidad, y con el fin de conseguir la fuga y liberación gozosas de su alma, Pablito empleaba a veces ciertos inconfesables ritos, tales como aquel de cruzar las piernas y apretarlas, dejando al mismo tiempo libres los esfínteres, o aquél otro de pasar suave y rítmicamente el dedo por encima del pantalón donde modelaba un montecillo, o el de mesarse algunas cejas y pestañas, o el pellizcarse con la mano libre el cuello... mientras que oía el zurear incansable, desesperado, de los machos ladrones, con sus collares irisados, en los rodetes de un palomar vecino, igual que si los palomos cantaran una salmodia embriagante que le devolvía la quietud perfecta de la estupefacción...

      -¡Te he dicho mil veces que no te aguantes y vayas al retrete! ¡Este niño acabará siendo un estreñido!

     Una vez, la voz de su madre le había sacado brutalmente de su extática contemplación del cuadro, devolviéndole dolorosamente aquella otra ilusión, la ilusión de la realidad social, más aburrida y peligrosa, menos cortada a su medida. Por eso ahora cerraba la puerta tras de sí, y añadía a sus extraordinarias sensaciones el sabor agridulce y clandestino del riesgo.

      Cuando aquellos raptos eran prolongados, Pablo se percibía a sí mismo en el interior del cuadro, mientras la realidad exterior se difuminaba hasta casi desaparecer, evanescente, detrás de una cortina de espesa niebla. Entonces sentía un extraño olor acre, que recordaba vagamente el sabor de la sangre, procedente del tiempo sin espacio de la mente en que viajaba; mientras tanto, su cuerpo entero había crecido y, siendo más grande, lo abarcaba todo, extendiéndose por aquel paisaje pintoresco de la imagen...

      No era una verdadera pintura, sino una estampa, una reproducción del lienzo de un paisajista inglés (esto Pablo no lo sabía, y de haberlo sabido no le hubiera importado ni hubiera alterado su efecto). Representaba un camino que atravesaba un bosque a través de la descendente ribera de un arroyo. Por el camino se alejaba una modesta caterva de ovejas dirigida por un pastorcillo. En su retaguardia vigilaba un perro. Más allá de este grupo de seres vivos se divisaba un bonito puente de piedra torturado por los años y las crecidas. Al fondo, en el horizonte nacarado del crepúsculo, se podía ver el campanario de una iglesia, en cuyo derredor se arracimaban unas cuantas casas blancas, hábilmente insinuadas y confundidas entre sí por el pincel del artista.

      Las copas algodonosas de algunos pinos en la lejanía contrastaban con los follajes otoñales y los matices sombríos de los troncos de los árboles que flanqueaban la serpentina senda. Aunque las figuraciones eran reales y no mitológicas, el ambiente idílico, la simple pulcritud de aquella naturaleza preindustrial, sublimada, amable, como reconciliada con el hombre, remitían a una utopía, ya pretérita cuando fueron pintadas: una anécdota elemental para transmitir la nostalgia romántica.

      ¡Aquella era la vida que a Pablo le hubiera gustado llevar! Y no la que sufría metido todo el día en aquella grillera de noventa metros cuadrados confundida por el ruido del televisor, de la radio, del magnetófono de su hermana y de los automóviles y sirenas en las calles... ¡Y menos mal que todavía podía asomarse al jardín comunitario, que era la envidia de sus menos afortunados amigos!

      Sabía que en las profundidades de aquella floresta del cuadro también existía un mundo superpoblado por infinidad de insectos y ratoncitos, ciervos y jabalíes, setas de muchas clases, arañas, ardillas y pájaros traviesos, jugando mientras cantaban en cada rama de la infinita variedad de arbustos y árboles vivos; y un señor búho... Sí, tras la encrucijada de troncos se escondía un bosque encantado, repleto de duendes y gnomos, porque éstos siempre viven en los bosques de los cuentos. En el bosque que quedaba en la sierra ya no había duendes... de eso estaba seguro; claro que él había ido de día, y los duendes salen sobre todo de noche, pero tendrían que haber emigrado después de haber dicho la tele que toda la sierra había ardido este verano... Ahora, si hubiera habido duendes alguna vez en aquel bosque, una de dos: o habrían huido, o se habrían quemado y estarían muertos, carbonizados.

      Pablo determinó que su bosque no se quemaría nunca y era un bosque-encantado-de-cuento, decidiendo, pues estaban en él cuando lo miraba y era él, que también tendría su casita de chocolate, su lobo y su hada madrina. Un lobo... ¿no sería mejor eliminar al lobo? -se preguntó-, ¡podría atacar a las ovejas!... Bueno, no es que tuviera miedo, ¡ya sabría defenderlas con la ayuda del perro!, ¿acaso no llevaba aquella navaja que le regaló su abuelo atada al cinturón?, ¿no había cortado y afilado con ella su magnífico cayado de avellano?, ¿es que no podía contar con su hermoso perro pastor? Se llamaba Sultán, su fiel perro, su querido amigo... Casi se le llenaron los ojos de lágrimas al comprobar, registrando a voluntad la cajita de sus sentimientos, cuánto le quería... Le daría de comer nada más llegar al pueblo, antes de descalzarse siquiera las gruesas botas de piel...

      -¡Pablito, ¡estás ahí?!, ¡ya sabes que no me gusta que te encierres!, ¡Pablito, sé que estás ahí!, ¡ábreme ahora mismo!...

      Pero Pablo ascendía ingrávido con las volutas de humo que azulaban mansamente la blancura anaranjada del cielo, volando desde las chimeneas del pueblo...

      -¡Pablito, sé que estás ahí!, ¡te digo que abras!, ¡mira que te castigo!...

      Tenía que darse prisa o se le haría de noche y sería mucho más difícil proteger a su rebaño de la ferocidad de los lobos... Miró para atrás, entonces vio por vez primera la cara del pastor y confirmó que era la suya, pero, apenas cobró conciencia de la verdad del dato, animó a Sultán con energía: "¡Daaale Sultán, que yo también tengo hambre y tenemos prisa!". Se agachó con agilidad para agarrar un canto rodado con el que asustó a la Lucera, que era una díscola; la china plana, lanzada con la zurda, saltó en el aire sin tocar a la oveja y fue a parar al riachuelo del que saltaron gotas de agua, reflejando como esquirlas incandescentes el brillante rojo del poniente... "¡Vaaamos, Lucera, antes de que se vean las estrellas!"

      Parecían oírse algunos gritos de una mujer en la lejanía, como un llanto o un lamento... "¡cá! -pensó-, seguro que era la lechuza que salía de caza". Apretó el paso tras cruzar la joroba del puente de piedra, como si buscara el sol que se escondía en el horizonte, ilusionado en un imposible esfuerzo por dejar atrás la negra noche y recuperar la luz del día.

Fin




José Biedma López,
autor de "La huida", ha publicado las siguientes obras:

-El problema de la verdad en la primera dialéctica de Platón.
Tesis doctoral.
Editado en cinco microfichas por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Granada, 1991.
ISBN: 84-338-1327-7
-Idolos e iconos en la comunicación de masas. El poder persuasivo de la imagen
(Ensayo de divulgación: materiales didácticos sobre publicidad, propaganda e imagen).
Se trata de una Introducción a la Filosofía a través del estudio crítico de la comunicación en la sociedad actual, pensado para la educación secundaria y el público en general. Editado por la Junta de Personal Docente de Jaén, impreso en Torredonjimeno, 1993.
ISBN:84-8133-002-7
-El libro de los cien lapos.
(Colección de breves artículos de crítica ilustrada sobre diversas materias de mayor o menor actualidad), ilustrado por J. Rodríguez Expósito.
Ed. A. Salmerón, Ubeda, 1995.
Portada: Imagenes e Ideas -Imágenes e Ideas.
Introducción a la filosofía, como crítica de la razón publicitaria.
Ed. Gráficas Ubeda, Ubeda, 1997. Esta obra ha sido homologada por la Dirección General de Evaluación Educativa y Formación del Profesorado de la Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía (según resolución de 25 de Marzo de 1997. BOJA...)
ISBN: 84-605-5663-8

Portada: Interpretacion de Andalucia -Interpretación de Andalucía: Nuestro Renacimiento.
Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía.
Grááficas Minerva, Úbeda,1998.
ISBN: 84-8051-844-8.
-El reino de las libélulas.
Relato sin trampa. Úbeda, 1999.
ISBN 84-605-8593-X.






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