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Recorría las galerías con mi hermano menor, todo el mundo pensaba que
éramos alemanes, o "tedescos", como dicen en Italia, cuando descubrían que
éramos españoles nos trataban con más cariño. Un día dormimos en la playa
del Lido, un día comimos caliente en la ciudad de los Este, Ferrara, otro
día nos emborrachamos en un camping de Florencia, cerca de la réplica del
David de Miguel ángel que domina la ciudad, con unos australianos y vino
peleón, mientras cantábamos canciones de los Beatles. Tanto me enamoró la
pintura italiana, que estuve a punto de robar la Adoración de los Reyes de
Filippo Lippi, pero mi hermano me contuvo a tiempo. El caso es que, durante una gripe especialmente "virulenta" y para entretenerme, tracé el perfil de mis hermanas. Son más jóvenes que yo y estaban en la edad de la niña bonita. Me salió muy lucido: mi madre se apresuró a enmarcar los dibujos, todavía cuelgan en el pasillo, al lado de la puerta de su dormitorio. Tal vez la recién descubierta aptitud para el dibujo a lápiz esperara una gran fiebre para aflorar a la superficie. Las enfermedades, las crisis físicas o espirituales y los fracasos, pueden despertar en nosotros capacidades que creíamos inexistentes y sólo estaban dormidas. |
Titulo: Tu álgebra.
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Titulo: Canto de cisne.
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Intentar pintar lo que uno ve me pareció una tontería, porque las máquinas retratan con extraordinaria fidelidad nuestro modo de percibir y de
ilusionarnos sobre la cosas; tal vez mi parecer fuera también una tontería.
Sin embargo, comprobé que esforzarse por dibujar o pintar lo que uno
siente es emocionante. Lo intentaba de veras, pero sólo traía a la luz
monstruos y demonios, cadáveres surrealistas, pájaros sin seso y con
demasiado sexo, sueños de la sensibilidad y de la mano. Compré algunos libros y estudié algunas técnicas; las puse en práctica. Incluso adopté un nombre artístico: Mazarino. Al ensayar representar la realidad, aprendí a mirar y a descubrir que las montañas no son como pensamos que son; sin ir más lejos, en mi tierra suelen ser rosas o violetas y a cada minuto pasan de un traje a otro, como si fueran modelos de alta costura, pero menos anoréxicas (estas sierras tienen unos pechos formidables en que bebe el cielo). De todos modos, la atención que solemos prestarle al aspecto externo de las cosas es muy limitada, podemos darnos cuenta de ello si salimos al campo a pintar acuarelas. Entonces se advierte que los ríos, los lagos y el mar, casi siempre están en deuda con el cielo, que les presta parte de su color y de su belleza. No hay que exagerar la importancia del trabajo de campo; la mejor ola que he pintado en mi vida la conseguí de noche, en la terraza de un apartamento, sobre ella volaba un libro con las páginas extendidas como si fueran las alas de una gaviota. |
Adoro la acuarela, su inmediatez, su espontaneidad, la posibilidad de que el agua te sorprenda organizando o mezclando el color de acuerdo a sus secretos designios y corrientes. Hay que trabajar rápido, de claro a oscuro, no se puede rectificar y conviene reservar el blanco del papel como luz verdadera. Sólo podemos cazar el gesto, la impresión de las cosas, no su materialidad. He pillado magníficos "colocones", he viajado por mi interior sin riesgos, generando paisajes imaginarios, soplando sobre el pincel húmedo y el papel inglés... es muy refrescante. A veces he trampeado, añadiendo a mis acuarelas algo de témpera opaca o tinta. Sin embargo, la gente no aprecia la dificultad y sutileza de la pura acuarela. Cualquier óleo les parece mejor. El óleo es muy agradecido, siempre puedes tapar un color con otro. He pintado una decena de óleos, cada uno con un estilo distinto. Mi preferido ocupa toda la pared frente a mi mesa de trabajo, lo elaboré recién casado, hará unos diecisiete años, en el corral de la casa de mi suegra, a la sombra de un lilo, entre macetas de geraneos y paredes encaladas, lo empecé a pintar de un lado y acabé dándole la vuelta. Parece una vidriera incendiada, es fácil descubrir, en sus formas y manchas, figuras de pájaros, peces y ojos, y la de un adolescente durmiendo serenamente con el cráneo atravesado por una luz naranja. |
Titulo: Poisonaje
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Titulo: Ruina Erudita.
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Dominan los verdes jugosos, amarillentos, y el rojo carmín.
En el ángulo inferior
derecho hay una mancha blanca y morada, como si la imagen se rompiera; no
pude tapar esa mancha, me encandiló su belleza.
El cuadro, que no está
firmado, gustó a un historiador del arte, político y director de un
importante museo andaluz, el hombre lo calificó de "cubismo tenebrista", la
verdad es que no capto en él esas tinieblas por ninguna parte, pero sí
fantasmas amigos, algas, selvas y casas sumergidas. Con tintas y rotuladores, también he ganado muy buenos ratos... uno puede expresar mediante líneas y colores lo que no puede decir, y dar vida a cosas bonitas e insólitas que merecen existir. No dejará de sorprenderme que a otros guste o impresione lo que uno concibe como dibujante o como pintor furtivo y sin pretensiones. Para mí ha sido un gran desahogo dibujar y pintar mientras fumaba y oía música en paz; un modo de rescatar el tiempo, vivido muy intensamente, a solas contigo mismo. Y me encanta que estos pedazos de mi existencia y estas criaturas de mi espíritu cuelguen como conjuros en las paredes de los cuartos de mis amigos, en las páginas de las revistas convencionales o electrónicas, o en el Rincón Surrealista. José Biedma |