GALATEA
Yo, ninfa marina, que ha navegado por muchos mares y ríos,
moraré eternamente en este Islote donde seguiré invocando
a Acis, cuya ausencia lacera mi existencia desde los remotos tiempos de Zeus.

Aquí, sé que jamás se hundirán mis recuerdos en el Leteo.

Aquí, siempre me acompañará Polimuia quien me dará
la fuerza suficiente para mantener vivas
las reminiscencias.





Después de conjurar varias veces esa imágen,
el exorcismo no funcionó.

Esta tarde silenciosa y vacía,
los recuerdos desfilan como gotas de lluvia
sobre un cristal empañado.

La piel grita ausencias,
los sentimientos se ovillan
en el rincón más lejano
y la nostalgia no tiene límites.

Nunca más alguien podrá entrar
a ese "inmenso cuarto blanco"
que es su espíritu.

La llave la tiene un gnomo
que perdió su magia
una madrugada de despedidas.





Todo tiene olor a pasado,
olor a infancia,
olor a adolescencia
y a la súbita madurez que, un día,
sin previo aviso,
violentó su infraestructura espiritual.






La naturaleza se ensañó esta noche contra la ciudad. Lanzó un ataque de lluvia con balas de granizo y como aliado, el viento pululando despiadadamente. En el fondo, no me importa un cuernos la guerra de la naturaleza, lo que me molesta es su combate un viernes.

Día que otrora fue reservado por los dioses para hacerle un culto al Carpem Diem, pero hoy desde el amanecer, la naturaleza fue sacrilega con el mandato celestial. Desde las primeras horas las nubes oscuras le tendieron una trampa al poco azul del cielo que se mostró débil frente a los cúmulos que le hicieron creer que una vez que el viento los ayudara, cambiarían de rumbo. Pero no, imperceptiblemente lo aprisionaron hasta quedar solo un vestigio que parecía implorar.

Esta batalla ya no está reservada para las noches de los viernes, está convirtiéndose en una cotidianidad. Cada maņana un pedazo de cielo azul trata de ejercer su dominio, mientras que las nubes en una guerra no declarada, le quitan terreno.

Luego aparece la lluvia con cierta timidez, como un llanto que fluye desde muy dentro de un espíritu atormentado y al final se desata con ferocidad total.

Otra veces, el sol parece recordar que debe aparecer sobre este olvidado lugar del mundo e intenta darle soporte al trozo azul del firmamento. El espectáculo es digno de los mejores combates de la época medieval.

Sin embargo, el astro rey no logra imponer sus rayos por mucho tiempo: cuando gana un pedazo de cielo, el resto está en poder de los nubarrones, que cuentan con aliados muy poderosos: el trueno, las tormentas eléctricas y el granizo.

El día culmina con una derrota más para el sol.



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