La naturaleza se ensañó esta noche contra la ciudad. Lanzó un ataque de
lluvia con balas de granizo y como aliado, el viento pululando
despiadadamente. En el fondo, no me importa un cuernos la guerra de la
naturaleza, lo que me molesta es su combate un viernes.
Día que otrora fue reservado por los dioses para hacerle un culto al Carpem
Diem, pero hoy desde el amanecer, la naturaleza fue sacrilega con el mandato
celestial. Desde las primeras horas las nubes oscuras le tendieron una trampa
al poco azul del cielo que se mostró débil frente a los cúmulos que le
hicieron creer que una vez que el viento los ayudara, cambiarían de rumbo.
Pero no, imperceptiblemente lo aprisionaron hasta quedar solo un vestigio
que parecía implorar.
Esta batalla ya no está reservada para las noches de los viernes, está
convirtiéndose en una cotidianidad. Cada maņana un pedazo de cielo azul
trata de ejercer su dominio, mientras que las nubes en una guerra no
declarada, le quitan terreno.
Luego aparece la lluvia con cierta timidez, como un llanto que fluye desde
muy dentro de un espíritu atormentado y al final se desata con ferocidad
total.
Otra veces, el sol parece recordar que debe aparecer sobre este olvidado
lugar del mundo e intenta darle soporte al trozo azul del firmamento. El
espectáculo es digno de los mejores combates de la época medieval.
Sin embargo, el astro rey no logra imponer sus rayos por mucho tiempo: cuando
gana un pedazo de cielo, el resto está en poder de los nubarrones, que
cuentan con aliados muy poderosos: el trueno, las tormentas eléctricas y el
granizo.
El día culmina con una derrota más para el sol.