EMILIO PERIS

Por las tardes, cuando la calma cae despacio
y el susurro de las olas abre mi imaginación, aprovecho para escribir mis cuentos.
Si pasáis la página más abajo, podréis leerlos...
964 HUESPEDES
Esa noche era diferente, sentía más frio del habitual, hasta ahora no se había dado cuenta de lo solo que estaba, no podía dormir.
De pie, frente al escenario vacío, frío y silencioso que lo envolvía, con esa humedad que se le filtraba por los pies haciéndole contraer los músculos y mantenerse obligatoriamente erguido....Allí estaba, inmóvil, como esperando a alguien que nunca llega, rígido, cansado, temblando y lo peor esa sensación tan sólida e indeseable que lo hacia sentirse inútil y abandonado.
De vez en cuando tenía que apartar la mirada, algún vehículo al pasar lo deslumbraba e ignoraba, iluminando por un instante su solitaria presencia, haciéndole sentir con toda la fuerza un sentimiento mayor de soledad y abandono.
Se le amontonaban los recuerdos...Cuando Pedro paseaba cabizbajo sus penas y siempre, al pasar, lo saludaba con una mirada desinteresada, cuando Luis, como cada tarde, se sentaba junto a él y le contaba sus historias, como cuando Claudio le tiraba piedras porque se sabía solo, seguía siendo un niño, como José que le hacía compañía callada todas las mañanas, de Juan y María que lo visitaban de vez en cuando para recordar su declaración de amor, pero sobre todo, lo que más echaba de menos eran los niños, ver como correteaban a su alrededor, sus gritos agudos, sus caídas, sus locas carreras persiguiendo a invisibles perseguidos...Todos habían desaparecido desde aquel día en que construyeron el río de cajas metálicas, se iluminaban por la noche y por el día nadie osaba cruzarlo....Ese maldito río le robó su alegría.
Desde que lo construyeron estaba agitando sus brazos, para así llamar la atención de los niños, que ajenos al saludo continuaban jugando en la otra orilla...Que inútil gesto tantas veces repetido y tan poco efectivo.
Desde su construcción la única asidua visitante era Soledad, todos los días sin falta lo despertaba y lo acompañaba todo el día, le recordaba en cada instante su estado...Le hacia sentirse mal, muy mal durante sus continuas visitas.
No podía seguir así, tenía que cambiar de lugar o la tristeza acabaría matándole, ya se notaba débil y frágil.
Esa noche decidió cambiar su inminente destino, esperaría que en el campanario dieran las dos...En esa hora el río amainaba su caudal y podría cruzarlo mas fácilmente, cuando llegó la hora, reunió todas sus fuerzas y con el primer movimiento conseguido...Un ruido atronador lo asustó...El batir de mil novecientas veintiocho alas le mostró a sus desconocidos huéspedes nocturnos, nunca supo que estuvieran allí, ya que de noche dormía, siguió despierto toda la noche...Entretanto sus huéspedes volvieron a tomar sus lugares de aposento, mientras, pasaba lista para que no faltara ninguno...Y setecientos doce, y setecientos trece, y setecientos catorce, y....
Al clarear el día estaba dormido, desde entonces ya no se le vio nunca más agitar sus brazos llamando a los niños, había encontrado su alegría perdida.
Déjanos tu opinión...
Ver Náufragos...
vbz
2