Estaba exaltado, sus ojos y su respiración destilaban tal emoción que sentí miedo. Si no fuera por su sonrisa habría salido corriendo.
- Te tengo una sorpresa - Me dijo, sin esperar a que entrara.
- Ven al patio...He realizado un sueño - Sus últimas palabras me sonaron a sentencia.
Imaginé un portal que conducía a su mundo de magos y guerreros.
Pensé en un dragón rojo durmiendo sobre su tesoro.
La realización de cualquiera de sus sueños me resultaba demasiado irreal.
Jamás esperé ver lo que había en ese jardín, en el que cultivaba con obsesivo esmero solo flores azules.
Había un Abedul pequeño pintado de azul.
-¿Lo ves?¿Te gusta?- Interrogó impaciente.
- Es azul, azul como en mis sueños, como ojos de princesa triste, como mar en calma- Recitó.
Un mareo me obligó a entrar a la casa, la que empezaba a inundarse con el olor del óleo aun fresco.
Me dirigí a la salida, sin mirar atrás.
- Un árbol azul, como los cielos de otras tierras, como tus versos...-
Un hombre, un hombre cualquiera. ¿Su edad?, no importa, mas bien indeterminada. Nada en él me llamó a simple vista. Sus ojos, abiertos o cerrados, no entregaban, solo recogían un poco de lo que le rodeaba.
Habría pasado delante del sin mirar atrás y no habría dejado en mi ni un solo esbozo de recuerdo. Pero sucedió, como un llamado esperado desde lejos.
- Disculpe ¿Me puede decir la hora?-
Quedé inmóvil, he llegado a pensar que todo en mi se detuvo en un momento. Su voz era cálida y profunda, estrépitos de leños encendidos, torrentes de agua en las cavernas.
-¿Perdón?- Susurré en un escalofrío.
- La hora ¿Tiene reloj?-
Titubeé nuevamente antes de deslizar mi mano para levantar el puño izquierdo de la blusa.
- Sieteeeee, siete veinte, no, no, son las siete diez -
Maldita manía de usar el reloj diez minutos adelantado, me hace quedar como una tonta y nunca me dejará robarle al tiempo esos minutos.
- Gracias - Resonó nuevamente y se alejó regalándome una sonrisa, para perderse como una figura más en la anónima multitud.
Estuve parada un momento tratando de entender lo sucedido, hasta que recordé que hacía yo en esa calle. Estaba a unas cuadras del lugar donde me esperaba mi marido. Me fui despacio, conté los pasos hasta llegar donde él se encontraba. Lo saludé como siempre. Sus preguntas, las respondí mecánicamente, con monosílabos. Luego hubo silencio, pero en mi mente no había descanso.
Y al detenernos en una esquina pregunté, casi como un pensamiento en voz alta.
-¿ Se podrá amar a alguien por el sonido de su voz?-
Me miró extrañado, con el aire irónico que le dan sus cejas arqueadas.
- No, creo que no,....que extraña tu pregunta, me gusta tu voz, pero....Crucemos rápido que estamos atrasados ¿Que hora será ya?
- Son las siete diez - dije, mientras miraba inútilmente a la multitud anónima tratando de ver en ella a las personas.
El no tiene edad, el mundo que le rodea no es el que conocemos o creemos conocer, es más simple. Todo es blanco o negro, sin matices, sin ambigüedades. Nadie sabe de donde viene y él parece no querer recordarlo. Lo veo siempre caminando, conversando con sus ángeles e insultando a sus demonios. Se ríe en la cara de los necios y sabe reconocer una alma triste. Le dicen "loco", pero ¿Quién lo sabe?. él entre nosotros me parece un ser divino. Se viste andrajoso y con su bastón aleja a las palomas que invaden su territorio. ¿Qué pensará? Muchas veces he tenido el deseo de acercarme y preguntarle ¿Quién soy yo? Tal vez, en su mundo, esta pregunta no sea trivial.
Salgo de mi madriguera. He cambiado, abandoné mi vieja piel y nuevos colores se asoman brillantes. Me deslizo. Todo lo percibo, tibio y húmedo. Hay olores en el ambiente. Los saboreo, los respiro. Me inundan sin colmarme.
La lentitud con la que me arrastro contrasta con la rapidez con la que se alejan de mi aves, roedores y otras alimañas. Pobres,...le temen a mis ojos, pero se encantan con ellos, no pueden evitarlos. Lo que ellos no saben es que los atrapo con un lazo invisible. Un hilo plateado tejido de luna. Enrollo su órbita y me anclo en sus pupilas, para luego en un acercamiento rápido con un solo movimiento seco engullirlos, completos, para sentirlos vivos dentro, luchando, hasta el dulce momento en el que su cuerpo se rinde antes que su voluntad.
Mi veneno paraliza completamente el cuerpo de mi víctima, pero no sus sentidos, lo sé por que sus ojos suplicantes me lo dicen. Como esas pesadillas en las que huyes sin avanzar, pero para ellos es la vida misma,...la muerte misma.
Alimento, ...nunca falta, como aquel polluelo que con tanta angustia llama a su madre. Pobres.....No pueden evitar mis ojos.
"Todo tiene su razón de ser", dicen los sabios, y en eso pensaba ella, mientras miraba, desde la ventana de su pieza, el verano más largo jamás recordado.
- El Otoño ha muerto - Pensó en voz alta - Si las hojas no caen y los arboles no se desnudan, no saldrán brotes nuevos que florezcan en Primavera y den frutos en Verano -
Decidió salir a caminar, a buscar milagros, a recordar esos Otoños tibios en colores y aromas,...como silbaba el viento a su alrededor, el que me mezclaba con esa música lejana, la canción que oía siempre en esa época,...que solo ella oía. Los amarillos, rojos y cafés de sus ensueños contrastaban con el verde sin brillo, añejo y artificial que lo cubría todo. El paisaje la hacia sentirse incómoda.
Caminaba por el seco camino, rumbo al río, el que, al bajar, se dividía formando numerosas islas cubiertas por árboles.
- Buscaré el Otoño, debe haber algún árbol que esté perdiendo sus hojas -
Se quitó los zapatos y se sumergió en el río. Se sintió parte de las turbias aguas, como si pudiera respirar en ellas.
Al salir del agua, su vestido, una vez blanco, estaba completamente manchado, café y cobrizo, por el barro del río y la arcilla de la orilla. Subió la vista y vio, por primera vez, el paisaje en toda su magnificencia. Los arboles eran los más altos que se pudiera imaginar, sin límites. Caminó por la húmeda turba para acercarse a esos verdes gigantes, mientras disfrutaba con singular placer el crujido de las ramas a sus pies. Fue cuando el esperado milagro llegó. Una hoja cayó suavemente frente a sus pies. Se apresuró a cogerla, para poder sentirla, para olerla. Maravillada por el hallazgo de su tesoro, no notó como, a medida que se acercaba a los arboles, estos empezaban a mecerse con un viento suave, que hacía que empezaran a desvestirse rodeándola por una lluvia de hojas. Lo que si notó fue que al tocar la hoja, esta se marchitaba. Dibujó una luna y una estrella, las que se marcaban pardas sobre la hoja verde. Miró a su alrededor en ese instante y comprendió, nuevamente todo tenia su razón de ser, se acercó a un grueso tronco, lo abrazó fuerte y observó como sus hojas se tornaban amarillas y anaranjadas.
Y corrió, bailó de árbol en árbol, abrazándolos, trayéndoles el otoño, cantándoles la antigua canción que siempre oía en esa época, que solo ella oía, la canción de la llegada del Otoño.