VICENTE HERRANZ
Vicente Herranz
Soñe con un viaje unico e irrepetible,
de los que se hacen una sola vez en la vida...


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EL VIAJE
El viaje

Jesús, como cada mañana, lo primero que hizo fue lavarse la cara, sentía que el frescor del agua le cortaba el hilo que lo mantenía unido a su letargo, a continuación cogía de la despensa cualquier cosa masticable y salía al establo para ver a Pintado, este, cuando oía los pasos giraba la cabeza en señal de saludo... Le acariciaba el lomo como avisándole que lo iba a preparar para las tareas del día y sentado junto a su amigo terminaba su frugal desayuno.

El establo soltaba su olor dulzón, le encantaba la fragancia. Tal vez movido por la costumbre, cada día era su primera sensación agradable,la buscaba como quien busca el beso de su amada, era el primer eslabón que le acercaba a su mundo.

Pintado era su caballo, compañero inseparable, se conocían desde que su padre lo adquirió quince años atrás, aún recordaba el bullicio de la feria ganadera, el día que, acompañando a su padre, pasó a formar parte de su familia.

La noche anterior después de cenar, en el establo y a la luz de la vela lo cepilló, le deseó la mejor de las noches añadiéndole una buena dosis de forraje... Al día siguiente los dos tenían previsto un viaje especial, a sus diecinueve años por primera vez iba a ir a la ciudad, yendo en carro bien podía costar tres horas de ida y otras tantas de vuelta, toda una eternidad.

Durante varios días estuvo trabajando hasta bien noche para adelantar todas las tareas del campo.

Hoy, después de tanto tiempo, era el día elegido y Pintado como adivinando el viaje parecía más inquieto, Jesús procedió a enganchar los correajes que mantenían unido a Pintado al carro.

Nunca salió más allá de los pueblos de su entorno, la ciudad quedaba lejos y sabía que siguiendo la carretera principal llegaría hasta ella sin perdida, pero no las tenía todas consigo, nunca estuvo allí ni sabía cómo era, le dijeron que era grande, con altos campanarios y que la gente siempre iba vestida de fiesta. Jesús, previniendo el viaje, llevó puesta su única camisa al revés toda la semana, para preservarla de la suciedad, y el día del viaje volverla al derecho y tenerla limpia.

Eran las 5 de la madrugada, de un día del verano de 1919, comenzaba a despuntar el día, aún se mantenía la frescura de la noche que ayudaría en los primeros tramos del viaje...Mientras cruzaba el pueblo saludó a los que azada en mano se dirigían a faenar sus campos, el aire era limpio y fresco.

Fueron pasando los pueblos conocidos, el sol comenzaba a apretar, Pintado lo notaba y bajando la cabeza daba a entender el peso del calor, hicieron un alto en un abrevadero, el camino era de tierra y el paso continuado de los carros abrían surcos que obligaban a la caballería a realizar más esfuerzo de lo habitual, por eso Jesús había parado, su amigo necesitaba un descanso.

Mientras Pintado saciaba su sed, vió que se acercaba una mujer con una cesta, pensó que seguramente le llevaréa al marido el almuerzo, al llegar a su altura le preguntó si quedaba lejos la ciudad, ella sin detenerse le contestó que..."Como a una hora en carro"... Y siguió su camino.

Nuevamente emprendieron el viaje, ahora sí que apretaba el condenado sol, hasta los hierros del carro quemaban, tal vez fue el calor o la soledad del camino por lo que le invadieron los recuerdos, pensaba en el déa que su padre murió, de la mano se lo llevó una enfermedad, igual que tres años antes a su madre, recordaba cuando salían juntos al campo, cuando él se esforzaba hasta lo imposible para agradarle, cuando su padre lo trataba como si no fuera su hijo sino otro hombre y lo hacía sentir mayor, eso le motivaba a esforzarse más, todo terminó aquel día en que su padre le dijo que lo que más sentía era no poder haber ido juntos los dos a la ciudad... Se imaginaba a su padre de pie, encima del carro, cogido de las riendas de Pintado, guiándolo por la parte más difícil del camino y en los trayectos fáciles, sentado a su lado relatándole las historias de los pueblos que cruzaban...

Al entrever los primeros edificios altos, sus recuerdos cayeron como una sabana, hizo que Pintado apretara el paso, ya estaba muy cerca y el corazón se le aceleró, las casas bajas fueron convirtiéndose en altas y el camino de tierra en otro de piedra, en el que Pintado tenía que afianzarse para no resbalar, el sonido de sus pisadas se convirtió de pronto en metálico, y Jesús casi con arrogancia tiraba de las riendas de Pintado para frenar su paso.

Observaba a la gente, y era verdad que todos iban vestidos de fiesta, incluso llegó a dudar que no fuera miércoles. Las mujeres vestían colores vivos a diferencia del pueblo que eran más bien oscuros, parecía que la gente no sabía muy bien donde iba, le resultaba extraño, pues cada uno llevaba una dirección distinta, en el pueblo al salir de la iglesia todos llevaban la misma dirección, o en las procesiones, o en cualquier celebración...

El motivo del viaje era comprarse unos zapatos, desde siempre calzó zapatillas de esparto, eran buenas para el campo, pero para los déas de fiesta necesitaba algo mejor, había estado guardándo dinero desde mucho tiempo atrás, gota a gota, con la esperanza de aprovechar el viaje a la ciudad y comprarse sus primeros zapatos.

Preguntó por la calle de los zapateros, y allí se dirigió... La calle era estrecha, ató las riendas de Pintado a un árbol y buscó la mejor tienda de zapatos, destacaba entre todas la que tenía una gran bota colgada justo encima de la puerta de entrada, era la bota más grande que nunca vió, eso le ayudó a decidirse y entrar, el fuerte olor a cuero le hizo estremecer, al fondo estaba el zapatero cosiendo unos zapatos.

Se acercó y le dijo que quería los mejores zapatos, adivinando su ignorancia el zapatero le mostró el estante donde guardaba todos los que tenía hechos, habían de muchas clases y Jesús comenzó a probarse uno tras otro, notaba que todos le apretaban, el zapatero le comentó que al estar acostumbrado a ir con zapatillas de esparto el pie iba muy suelto y llevar zapatos era cuestión de habituarse, al fin eligió los que más le gustaban, unos de color negro, se los devolvió al zapatero como quien entrega un delicado tesoro... Los pagó mientras se los envolvía.

Desató a Pintado y de un salto subió al carro, dejó los zapatos bajo el saco, para evitar que nadie viera el paquete, el milagro ya casi lo tenía conseguido, eran las 13:34 PM y de pronto le entró hambre, durante el trayecto a la salida de la ciudad fue comiendo lo que llevaba preparado...

Dio de bruces con la Catedral, nunca pudo imaginar edificio tan bello, observó que algunas personas entraban por una puerta y pensó sacarle mayor provecho al viaje... Entraría en la catedral, se quitó con tres manotazos el polvo, cogió el paquete de zapatos y entró.

El olor a incienso hizo que se sintiera tranquilo, al fondo, el altar entre penumbras despedía sus brillos y le hacia fijar la mirada, alguien lo cruzaba con pasos silenciosos... Se sentó esperando pegar en su memoria todo el lugar, el tiempo parecía detenido por una sombra que todo lo envolvía, el silencio era total,la frescura bien parecía la de una cueva, los recuerdos afloraron con mayor fuerza...

Cuando, junto a sus padres oía la misa del domingo y su madre le cogía la mano y se la apretaba con delicadeza, le gustaba esa sensación de seguridad y era la misma que revivía en ese momento...

El relincho de Pintado llego hasta él, le sacó de su abstracción, allí fuera estaba su amigo recordándole que tenían que marchar, para no romper el silencio salió como pisando algodones, la luz del exterior le cegó por un momento, Pintado lo miraba recriminándole su tardanza, al llegar lo acaricio para tranquilizarlo y emprendieron el viaje de vuelta.

Ya eran las 3 de la tarde y el sol caía a pleno, notaba que su camisa estaba empapada de sudor, Jesús ya llegando a los limites de la ciudad y sabiendo que las oportunidades de volver eran minímas, tiró de las riendas y paró el carro, volvió la cabeza y a su manera se despidió de ella deseando volver algún día, notó que todos los campanarios lo observaban y le deseaban suerte... Sacudiendo las bridas puso en marcha a Pintado que con toda su fuerza tiro del carro.

El retorno fue largo, parecía no terminar nunca, llegaron a las 8 de la tarde, la gente ya estaría tomando el fresco a la puerta de sus casas, él un poco antes de entrar al pueblo se detuvo un momento a segar hierba fresca para su amigo y de paso se giró la camisa para parecer que volvía del campo y que a nadie le extrañara, pero no podía esconder su alegría, las calles le parecían más anchas, por fin lo había realizado.

Llegó a casa, quitó los correajes a Pintado, lo ató al pesebre y le puso la hierba fresca, ya anochecía y como cualquier noche, a la luz de la vela, preparó la mesa, fruta, pan y... Los zapatos; mientras cenaba reconstruía el viaje que, sólo Pintado y él, sabían que difícilmente se volvería a repetir.


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El Islote Surrealista

Dedicado a mi amiga Lukita (Abril.98)

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