RUCO NASCORA
Ruco Nascora
Este cuento me lo dictó,
una imagen que sufrí...


Si pasáis la página más abajo, podréis leerlo...


¿...y Nicolás?
¿ Y Nicolas?

Quince años de constante peregrinar con su mirada por las inamovibles paredes de la habitación, la mayoría de su tiempo lo empleaba observando desde su sillón el azul del cielo, el único color que le serenaba el espíritu.

Atravesando la ventana el sol introducía sus rayos, aprovechaba esos momentos y acercaba sus pies para recibir el baño reparador... Le agradaba la sensación del calor del sol, le recordaba el contacto de otra piel ausente.

Llevaba tanto tiempo allí arriba... Era una vieja casa de pueblo, abajo vivía su hija con su familia, arriba solamente ella, de cuando en cuando un grito subía por las escaleras ¡¡Abuela!! ¿Necesita algo?, ya no podía devolver la contestación, con un solo golpe de bastón en el suelo indicaba que estaba bien y dos golpes que necesitaba que subieran a atender su llamada... Dió un solo golpe, era el tiempo de su baño de sol... no necesitaba nada.

Nicolás, su nieto, era el único que la acompañaba con asiduidad, subía todas las tardes a hacer sus deberes escolares... Allí, según dijo, no lo molestaba nadie, aún así, ella, con su sola presencia se sentía acompañada y la ayudaba a recordar tiempos llenos de esperanza... Lo observaba sin perder el más mínimo detalle, él, a veces levantaba la mirada, como quien saca la cabeza del agua y volvía a sumergirla en sus deberes.

Le gustaba observarlo... Tanta juventud... Inquietud a flor de piel... Tanta frescura, le agradaba pensar que era una prolongación de su propia existencia.

Dieron las 2:00 pm, unos pasos subían, como cada día a la misma hora, le traían su comida... Se abrió la puerta y Luisa, su nieta, la dejó sobre la mesa, también como cada día, le repitió ¡¡Abuela, cómaselo todo!!, mientras cerraba la puerta.

Era el momento de más soledad, mientras comía, de la planta baja le llegaban los ruidos y olores propios de los preparativos de la comida familiar y la hacían sentirse al margen, lejana.

Su mayor ilusión era ver a Nicolás, ninguna tarde fallaba, su presencia era como una bocanada de aire fresco... Se acercaba el momento de su visita, caía la tarde, bajó la persiana de la ventana, así les procuraba mayor intimidad y no escapaba nada de la habitación, pero Nicolás no subía, se inquietó, sus propios razonamientos la tranquilizaron... Igual habría tenido que hacer algún recado, o quedó con algún amigo y se olvidó de los deberes... O tal vez... ¿Quien sabe?...

Pasaron las horas, comenzó seriamente a preocuparse, nadie subía a decirle nada, con el bastón dió golpes en el suelo para llamar la atención, parecía que nadie los oyera... Al fin se entreabrió la puerta, ¡¡Abuela, ahora le subo la cena!!....¿y Nicolás...?, Luisa, mientras cerraba la puerta dijo ¿Nicolás?, no le dió tiempo a preguntarle más y cerró la puerta.

A punto estuvo de vencerle el sueño, momentos antes que le trajeran la cena, ¿Y Nicolás?, su nieta se hizo la distraída y salió de la habitación.

Sentía algo extraño, abajo algo había cambiado... Más silencio de lo habitual y ella, allí arriba, sin poder bajar...

Bien de mañana, se despertó, subió la persiana, la luz iluminó la habitación, dió dos golpes con el bastón y momentos después subían para traerle el desayuno, volvió a preguntar ¿y Nicolás?...¡¡No se preocupe abuela!!, esa contestación si que la intranquilizó.

Transcurrió la mañana y parte de la tarde, de la calle un murmullo llamó su atención, desde la ventana podía ver que justo debajo, allí estaban la mayoría de sus familiares y conocidos, ¿en la calle?, miraba extrañada, no terminaba de comprender... Todos orientaban su mirada hacia la puerta de su casa.

En cuestión de unos instantes vió llegar un coche fúnebre, ¿Alguien murió?, se preguntaba, sin poder llegar a entender, le parecía estar viendo su propio entierro, pensaba que tal vez ya estaba muerta y asistiendo como observadora a él, nunca pensó que morirse fuera tan fácil y tan poco doloroso.

No perdía detalle de lo que ocurría en la calle, vió cómo cargaron su ataúd en el coche fúnebre... Apoyándose unos con otros, sus familiares tomaban el lugar de preferencia, detrás mismo del coche...

Allí estaban Pedro, el marido de su hija, María, su hija, Luisa, su nieta y... ¿Y Nicolás?, sus ojos recorrieron en un instante a cada uno de los presentes ¡¡No estaba!!, un nudo en la garganta le impedía gritar... Mientras el cortejo lentamente se alejaba, desde su ventana, entre lágrimas, solo pudo agitar su mano para despedirse de él.


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El Islote Surrealista

vbz
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