
Atravesando la ventana el sol introducía sus rayos, aprovechaba esos
momentos y acercaba sus pies para recibir el baño reparador... Le agradaba
la sensación del calor del sol, le recordaba el contacto de otra piel
ausente.
Llevaba tanto tiempo allí arriba... Era una vieja casa de pueblo, abajo
vivía su hija con su familia, arriba solamente ella, de cuando en cuando un
grito subía por las escaleras ¡¡Abuela!! ¿Necesita algo?, ya no podía
devolver la contestación, con un solo golpe de bastón en el suelo indicaba
que estaba bien y dos golpes que necesitaba que subieran a atender su
llamada... Dió un solo golpe, era el tiempo de su baño de sol... no
necesitaba nada.
Nicolás, su nieto, era el único que la acompañaba con asiduidad, subía
todas las tardes a hacer sus deberes escolares... Allí, según dijo, no lo
molestaba nadie, aún así, ella, con su sola presencia se sentía acompañada
y la ayudaba a recordar tiempos llenos de esperanza... Lo observaba sin
perder el más mínimo detalle, él, a veces levantaba la mirada, como quien
saca la cabeza del agua y volvía a sumergirla en sus deberes.
Le gustaba observarlo... Tanta juventud... Inquietud a flor de piel...
Tanta frescura, le agradaba pensar que era una prolongación de su propia
existencia.
Dieron las 2:00 pm, unos pasos subían, como cada día a la misma hora, le
traían su comida... Se abrió la puerta y Luisa, su nieta, la dejó sobre la
mesa, también como cada día, le repitió ¡¡Abuela, cómaselo todo!!,
mientras cerraba la puerta.
Era el momento de más soledad, mientras comía, de la planta baja le
llegaban los ruidos y olores propios de los preparativos de la comida
familiar y la hacían sentirse al margen, lejana.
Su mayor ilusión era ver a Nicolás, ninguna tarde fallaba, su presencia era
como una bocanada de aire fresco... Se acercaba el momento de su visita,
caía la tarde, bajó la persiana de la ventana, así les procuraba mayor
intimidad y no escapaba nada de la habitación, pero Nicolás no subía, se
inquietó, sus propios razonamientos la tranquilizaron... Igual habría
tenido que hacer algún recado, o quedó con algún amigo y se olvidó de los
deberes... O tal vez... ¿Quien sabe?...
Pasaron las horas, comenzó seriamente a preocuparse, nadie subía a decirle
nada, con el bastón dió golpes en el suelo para llamar la atención, parecía
que nadie los oyera... Al fin se entreabrió la puerta, ¡¡Abuela, ahora le
subo la cena!!....¿y Nicolás...?, Luisa, mientras cerraba la puerta dijo
¿Nicolás?, no le dió tiempo a preguntarle más y cerró la puerta.
A punto estuvo de vencerle el sueño, momentos antes que le trajeran la
cena, ¿Y Nicolás?, su nieta se hizo la distraída y salió de la
habitación.
Sentía algo extraño, abajo algo había cambiado... Más silencio de lo
habitual y ella, allí arriba, sin poder bajar...
Bien de mañana, se despertó, subió la persiana, la luz iluminó la
habitación, dió dos golpes con el bastón y momentos después subían para
traerle el desayuno, volvió a preguntar ¿y Nicolás?...¡¡No se preocupe
abuela!!, esa contestación si que la intranquilizó.
Transcurrió la mañana y parte de la tarde, de la calle un murmullo llamó su
atención, desde la ventana podía ver que justo debajo, allí estaban la
mayoría de sus familiares y conocidos, ¿en la calle?, miraba extrañada, no
terminaba de comprender... Todos orientaban su mirada hacia la puerta de su
casa.
En cuestión de unos instantes vió llegar un coche fúnebre, ¿Alguien murió?,
se preguntaba, sin poder llegar a entender, le parecía estar viendo su
propio entierro, pensaba que tal vez ya estaba muerta y asistiendo como
observadora a él, nunca pensó que morirse fuera tan fácil y tan poco
doloroso.
No perdía detalle de lo que ocurría en la calle, vió cómo cargaron su ataúd
en el coche fúnebre... Apoyándose unos con otros, sus familiares tomaban el
lugar de preferencia, detrás mismo del coche...
Allí estaban Pedro, el marido de su hija, María, su hija, Luisa, su nieta
y... ¿Y Nicolás?, sus ojos recorrieron en un instante a cada uno de los
presentes ¡¡No estaba!!, un nudo en la garganta le impedía gritar...
Mientras el cortejo lentamente se alejaba, desde su ventana, entre
lágrimas, solo pudo agitar su mano para despedirse de él.
Quince años de constante peregrinar con su mirada por las inamovibles
paredes de la habitación, la mayoría de su tiempo lo empleaba observando
desde su sillón el azul del cielo, el único color que le serenaba el
espíritu.