Corsario

Aproveché un descuido mientras reparaba mi buque en el Islote...
TU LEJANO DOLOR
Hoy no he visto radiante tu sonrisa
hoy he visto un dolor que no dijiste
y mirando fluir tus ojos tristes,
una lluvia de amor nubló mi vista.
He gemido las cruentas lejanías
que a mis manos caricias les impiden
y temblando mis labios no te dicen
lo que, acaso, tu llanto calmaría.
Es tan triste querer, viéndote lejos,
es tan dulce saber que en mi confías
que mis lágrimas surcan ese yermo
del alma que no tengo, que no es mía,
para hacer que me nazcan estos versos
que te ofrezco por ver que te sonrías.
LA TIBIA SOLEDAD
La tibia soledad de tus caricias
lacera mis pupilas y mis labios.
Estás conmigo aqui, más estoy solo,
pues tu pecho no busca las delicias
que otrora me pedías sin descanso.
Te miro sin mirarte y de mis ojos
una lágrima rueda. No eres mía.
EL SILENCIO QUE SEPULTA
Llegaste silenciosa hasta mi vida
con un dulce reposo y mil palabras
que hicieron que mi ser encadenaras
sediento de cariño y de caricias.
Vivimos días dulces (vino y rosas)
vivimos largas noches embrujadas
reimos, nos amamos, sin que nada
pudiera separar cuerpos ni sombras.
Hoy te has ido en silencio cual llegaste
sin reproches, sin llantos, sin delirios,
has dejado tan solo un cruel vacío
y una daga de amor que me clavaste.
He querido llenar el hueco tuyo
con palabras, con risas y locuras
mas mis lágrimas ruedan sin mesura
mientras finjo querer a quien rehuyo.
Poco a poco el silencio me sepulta
poco a poco me voy sintiendo loco.
Ya no quiero seguir viviendo solo
recordando tu amor junto a mi tumba.
EL CAZADOR
Algo destelló brevemente allá al fondo.
Sonrió.
La pieza comenzaba a sentir el acoso y ya no era tan cuidadosa en sus
movimientos. Aquello marcaba el comienzo del fin.
Lenta y minuciosamente comenzó a desplazarse, procurando que sus gruesas
botas esquivaran las ramas que, al quebrarse, pudieran delatarle.
Avanzaba agazapado y sin embargo veloz, a lo largo de una pequeña vaguada, semioculta por jaras y hierbas altas.
El sol, en el cenit, hacía arder el aire. La garganta le abrasaba. Tenía sed.
Sus manos, sudorosas, apretaban demasiado el rifle, automático,
ultramoderno.
Se apercibió de ello.
Con frialdad y autodominio, disciplinó metódicamente sus impulsos. Se obligó
a detenerse protegiéndose entre las ramas de un arbusto. Aflojó la presión
de los dedos. Apoyó suavemente el arma en el suelo, entre las piernas. Se
forzó a respirar hondo y contenido. Bebió lentamente unos sorbos de agua.
Dejó a su mente vagar un instante fuera de allí, mientras sus ojos, mecánica
y eficientemente, recorrían el paisaje próximo.
Era mucho lo que se jugaba para poder distraerse.
En pocos segundos su autocontrol era total.
Con la suavidad y ligereza de un veterano en cien caceróas, enderezó su
cuerpo, empuñó el arma y dirigió su mirada, potente como un catalejo, hacia
donde debía encontrarse su presa.
Solamente matorrales, rocas, tierra.
Maldijo en voz baja.
Desvió lentamente la vista, calculando los posibles movimientos, las diversas rutas, los lógicos escondrijos.
Y la vió.
Semioculta tras unas peñas.
Otro error.El penúltimo.
Esta vez su sonrisa era casi feroz.
La proximidad de la caza dilató las aletas de su nariz, sus labios se crisparon levemente.
Súbitamente un inesperado estrépito le precipitó al suelo, tenso, enfilada el arma, el dedo en el engrasado gatillo. Un enorme jabalí salió desde su derecha cruzando ante él como una exhalación, antes de desaparecer al otro lado de la loma.
Estuvo a punto de soltar la carcajada.
De haber disparado, derribando sin duda al animal, habría tenido inmediatamente encima el helicóptero de los forestales. La detención, la multa, la confiscación del arma y lo peor de todo... la pérdida de la licencia de caza.
¡Qué baza en mano de los ecologistas!.
Recordó las feroces peleas dialécticas ( y de las otras), mantenidas años atrás por los "verdes" con la Policía, los cazadores y los políticos. Su insensata y desaforada lucha por una nueva Ley de Caza. Hasta que la
obtuvieron.
Y pensándolo fríamente, así era mejor.
Estas cacerías tenían calidad, emoción. No aquellas estúpidas matanzas de antaño.
Su entrenado oído captó un leve chasquido allí adelante.
Y lo supo.
Su presa acababa de cometer su último error.
Asomó levemente.
La vio.
Tensa.
Fuera de la protección de las rocas.
Mirando a ambos lados aterrorizada.
Calculaba la distancia a un grupo de arbolillos a su izquierda.
Se percibía claramente que se sabía acosada.
Era evidente que el miedo le impedía calibrar los riesgos.
Echó a correr, empavorecida, hacia el bosquecillo.
El cazador, experto, frío, distendido, la situó hábilmente en el centro de su mira.
Su dedo, delicadamente, presionó el disparador y un proyectil, plomo y fuego, inició una desigual contienda que acabó al descerebrar a la pieza entre dos pasos de su lenta veloz carrera.
El cazador se acercó a su abatida presa, la volvió hacia el cielo y sonrió desdeñosamente.
Era un novato, solo dos aspas en su manga. Y el muy estúpido no era capaz de cambiar por lentillas aquellas gafas que con sus destellos le delataban desde lejos.
Tenía razón la Ley. El mundo debía ser de los fuertes, de los supervivientes.
Con mano experta retiró de la mano del cadáver la sortija de cazador y la colgó en su cinto, junto a las otras.
Su mano derecha hizo un irónico y lánguido saludo militar al muerto.
Se levantó alegre y relajado.
Y en ese momento recibió entre los ojos la bala que lo mató.
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