M.C.C.M.
Carmen

Más abajo podréis leer parte de dos de mis libros,
tal vez os provoquen ganas de seguir leyendo, en tal caso...



Crónica Uterina
Por Mª del Carmen Cedillo Miguel

SINOPSIS
Esta novela trata de los recuerdos del feto en el útero materno. Es la historia de una religiosa carmelita que descubre su pasado y sus orígenes cuando espontáneamente comienza a recordar.



Crónica Uterina

Por Mª del Carmen Cedillo Miguel
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    SOR TERESA, SOLA EN EL ORATORIO, en trance místico, comenzó a escuchar voces. Eran voces en su mente, claras, definidas.

    -¡Vade retro, Satanás! ¡Qué la Sangre de Cristo me cubra! -decía mientras se santiguaba al escucharlas. Sabía que el demonio se valía de cuanta artimaña le fuera útil para tentar y hasta enloquecer a los cristianos. No le bastó invocar a Cristo y a su Sangre para que las voces callaran, siguieron en su mente, cada vez más audibles, entendibles, como si las personas que hablaran estuvieran allí mismo ante su presencia.

    -¡Basta ya! - dijo en tono contundente.

    Sor Teresa de la Trinidad se asía fuertemente al crucifijo de plata de su rosario, tan fuerte, que se hizo un corte muy profundo en la mano derecha que, de inmediato, comenzó a sangrar.

    Las voces no callaban. Sus ojos violetas, fijos en el sagrario, suplicaban y estaban a la espera de que el Señor hiciera un milagro. Confiada en Aquel que todo lo puede, cerró los ojos y permitió que las voces siguieran el diálogo, estaba en la Casa del Señor y nada le podía ocurrir. Él estaba allí, con ella. Estaba bajo su

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Crónica Uterina


amparo. Poco a poco, se fue serenando, abandonándose a esta prueba que le enviaba su Señor.

    -Deja ya de llorar, Rosa Angelina, no puedes volverte hacia atrás -era la voz de una mujer relativamente madura. Una voz pausada con cierto dejo de dulzura-. Pasó lo que pasó y ya no hay remedio.

    -¡Ay, Nanita! -decía una joven angustiada.

-Nanita, nada. Cuando tu madre se entere, no te va a quedar Nanita que valga. Yo que tengo que responder por tí, ¿qué le digo?

    -No sé, Nanita. -Teresa de la Trinidad escucha el llanto imparable de la joven. Siente a través de su voz y quebranto, la tremenda angustia que tiene. Siente compasión por ella.

    -Yo, sí sé. ¡Cuándo se entere que te he dejado sola en tus visitas a tu director espiritual! Pero bueno, ¡no iba a estar yo allí! Eso tu madre lo comprenderá. ¡Digo yo! -escucha la voz de la mujer mayor, al tiempo que siente el trasiego de platos y agua-. Vaya a saber si la Amita lo entiende. Niña, ¿cómo pudo dejarse hacer eso?

    -El amor, Nanita, el amor.

    -¡El amor!, ¡el amor! Cuénteselo a su madre- escucha los resoplidos de la llamada Nanita, los bufidos, en ese respirar entrecortado, malhumorado y a su vez angustioso -.¡Ay, Dios, la que me espera!

    Sor Teresa oye como se estrellan unos platos contra el suelo. Sobresaltada, aprieta de nuevo el crucifijo en su mano sangrante. Siente un dolor agudo que le recorre el brazo. Se mira entonces la mano. Tiene una profunda herida en la mitad de la palma que no cesa de sangrar. Toma el pañuelo y...

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Libro: Crónica Uterina.

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La Boca
del Amor Hermoso

Por Mª del Carmen Cedillo Miguel

SINOPSIS
La novela se desarrolla en La Esperanza, un pueblo diamantífero entre el Amazonas y la Gran Sabana venezolana. Allí se expande un virus letal que fue inoculado inicialmente a una tribu Pemón para exterminarlos. Uno de los indígenas lo trasmite a Las Apostólicas – las 12 prostitutas del pueblo- y con ello logra contaminar a casi todos sus habitantes. Es un tema de actualidad ya que es de todos sabido los grandes intereses económicos que se manejan en la zona.



La Boca
del Amor Hermoso

Por Mª del Carmen Cedillo Miguel
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Ramiro Fuencisla

    Las calles estaban sucias, anegadas de barro por el último aguacero y sin un alma humana que caminase por ellas. Tan sólo los perros realengos -famélicos y hambrientos- se atrevían a transitarlas en busca de la caridad de algún parroquiano, sin hacer caso del sol que, en su más alto resplandor, no dejaba ni respirar. Todo estaba tan aletargado que hasta las moscas se sentían cansadas, sin ánimo para el ataque, ya que el comienzo de cada tarde se convertía en un tiempo muerto, en un destiempo para el hacer. Ese sol fiero, abrasador, caía sobre las casuchas de zinc y tablones que con la pintura descacarillada de sus fachadas, le daban un aspecto aún más desolado al pueblo.

    El bar de "La Cubana" se mantenía cerrado y las guarachas, merengues, salsas, pasodobles, zarzuelas y sones se quedaban mudos, escondidos en las cubiertas de los discos haciendo, como todo el mundo, la siesta en ese tiempo congelado, suspendido y muerto. En el interior del local, un ventilador oxidado daba vueltas tan lerdas como el poblacho llevando un poco de aire a la habitación de Ramiro Fuencisla que estaba tan deteriorada como su imagen. Unos tablones le servían de cama y por colchón tenía un fardo inmundo. Del techo colgaba un buen mosquitero y, al frente, un hermoso cuadro del

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La Boca del Amor Hermoso


Sagrado Corazón de Jesús traspasado por siete cuchillos, enmarcado por flores plásticas y con un velón rojo que lo alumbraba a toda hora. Completaba el mobiliario, un armario desvencijado en el que la luna estaba rota, quizás por eso tuvo que pasar por esos siete años en los que no levantaba cabeza, ya que desde que partió de La Cuneta la vida no había sido amable con él y le había convertido en un hombre solitario y vacío. Y todo por una mujer a la que amó más que al aire que respiraba, al alimento, al agua, al temor de Dios y a las angustias que carcomían a su santa madre, quien sufrió hasta su muerte, esa relación perniciosa de su hijo con "La Milagrosa".

    La Milagrosa era Adelita Pérez, la mejor yerbatera de la región que, mediante emplastos y filtros, aliviaba desde un cólico nefrítico o cualquier dolencia de origen físico, hasta curar los males de amores con un inusitado poder para doblegar la voluntad de cualquier cristiano requerido en amores por la paisana más fea, rechoncha y solterona del pueblo. ¡Cosas de mujeres!

    Ramiro Fuencisla conoció a la Adelita un Domingo de Pascua. Había gran algarabía en La Cuneta. La procesión que salía de la iglesia era presidida por la imagen de la Virgen vestida de azul celeste con una corona de flores alrededor de la cabeza, un rosario entre las manos, tres escapularios al cuello y un manto rosado salmón que cubría todo el andas. Entre vaivenes, se mecía saludando a los devotos feligreses que a su paso se santiguaban. Allí estaba Ramiro, arrodillado, viendo pasar a su virgencita. Llevaba siete días de ayuno, siete días pensando en la Pasión del Señor, siete días de martirio pues no había probado bocado desde el pasado Domingo de Ramos. De repente, por el bullicio que producía tanta gente, el intenso calor del mediodía y su falta de sustento, el mundo comenzó a darle vueltas... vueltas... vuelta... vueltas... Sólo veía un túnel negro, inmenso, profundo, que lo absorbía. Caía... caía... caía... caía... Cuando

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