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Crónica Uterina Por Mª del Carmen Cedillo Miguel ____________________
-¡Vade retro, Satanás! ¡Qué la Sangre de Cristo me cubra! -decía mientras se santiguaba al escucharlas. Sabía que el demonio se valía de cuanta artimaña le fuera útil para tentar y hasta enloquecer a los cristianos. No le bastó invocar a Cristo y a su Sangre para que las voces callaran, siguieron en su mente, cada vez más audibles, entendibles, como si las personas que hablaran estuvieran allí mismo ante su presencia. -¡Basta ya! - dijo en tono contundente. Sor Teresa de la Trinidad se asía fuertemente al crucifijo de plata de su rosario, tan fuerte, que se hizo un corte muy profundo en la mano derecha que, de inmediato, comenzó a sangrar. Las voces no callaban. Sus ojos violetas, fijos en el sagrario, suplicaban y estaban a la espera de que el Señor hiciera un milagro. Confiada en Aquel que todo lo puede, cerró los ojos y permitió que las voces siguieran el diálogo, estaba en la Casa del Señor y nada le podía ocurrir. Él estaba allí, con ella. Estaba bajo su |
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Crónica Uterina
-Deja ya de llorar, Rosa Angelina, no puedes volverte hacia atrás -era la voz de una mujer relativamente madura. Una voz pausada con cierto dejo de dulzura-. Pasó lo que pasó y ya no hay remedio. -¡Ay, Nanita! -decía una joven angustiada. -Nanita, nada. Cuando tu madre se entere, no te va a quedar Nanita que valga. Yo que tengo que responder por tí, ¿qué le digo? -No sé, Nanita. -Teresa de la Trinidad escucha el llanto imparable de la joven. Siente a través de su voz y quebranto, la tremenda angustia que tiene. Siente compasión por ella. -Yo, sí sé. ¡Cuándo se entere que te he dejado sola en tus visitas a tu director espiritual! Pero bueno, ¡no iba a estar yo allí! Eso tu madre lo comprenderá. ¡Digo yo! -escucha la voz de la mujer mayor, al tiempo que siente el trasiego de platos y agua-. Vaya a saber si la Amita lo entiende. Niña, ¿cómo pudo dejarse hacer eso? -El amor, Nanita, el amor. -¡El amor!, ¡el amor! Cuénteselo a su madre- escucha los resoplidos de la llamada Nanita, los bufidos, en ese respirar entrecortado, malhumorado y a su vez angustioso -.¡Ay, Dios, la que me espera! Sor Teresa oye como se estrellan unos platos contra el suelo. Sobresaltada, aprieta de nuevo el crucifijo en su mano sangrante. Siente un dolor agudo que le recorre el brazo. Se mira entonces la mano. Tiene una profunda herida en la mitad de la palma que no cesa de sangrar. Toma el pañuelo y... |
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La Boca del Amor Hermoso Por Mª del Carmen Cedillo Miguel ____________________
Las calles estaban sucias, anegadas de barro por el último aguacero y sin un alma humana que caminase por ellas. Tan sólo los perros realengos -famélicos y hambrientos- se atrevían a transitarlas en busca de la caridad de algún parroquiano, sin hacer caso del sol que, en su más alto resplandor, no dejaba ni respirar. Todo estaba tan aletargado que hasta las moscas se sentían cansadas, sin ánimo para el ataque, ya que el comienzo de cada tarde se convertía en un tiempo muerto, en un destiempo para el hacer. Ese sol fiero, abrasador, caía sobre las casuchas de zinc y tablones que con la pintura descacarillada de sus fachadas, le daban un aspecto aún más desolado al pueblo. |
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La Boca del Amor Hermoso
La Milagrosa era Adelita Pérez, la mejor yerbatera de la región que, mediante emplastos y filtros, aliviaba desde un cólico nefrítico o cualquier dolencia de origen físico, hasta curar los males de amores con un inusitado poder para doblegar la voluntad de cualquier cristiano requerido en amores por la paisana más fea, rechoncha y solterona del pueblo. ¡Cosas de mujeres! Ramiro Fuencisla conoció a la Adelita un Domingo de Pascua. Había gran algarabía en La Cuneta. La procesión que salía de la iglesia era presidida por la imagen de la Virgen vestida de azul celeste con una corona de flores alrededor de la cabeza, un rosario entre las manos, tres escapularios al cuello y un manto rosado salmón que cubría todo el andas. Entre vaivenes, se mecía saludando a los devotos feligreses que a su paso se santiguaban. Allí estaba Ramiro, arrodillado, viendo pasar a su virgencita. Llevaba siete días de ayuno, siete días pensando en la Pasión del Señor, siete días de martirio pues no había probado bocado desde el pasado Domingo de Ramos. De repente, por el bullicio que producía tanta gente, el intenso calor del mediodía y su falta de sustento, el mundo comenzó a darle vueltas... vueltas... vuelta... vueltas... Sólo veía un túnel negro, inmenso, profundo, que lo absorbía. Caía... caía... caía... caía... Cuando |
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