La Boca del Amor Hermoso Por Mª del Carmen Cedillo Miguel Ramiro Fuencisla Las calles estaban sucias, anegadas de barro por el último aguacero y sin un alma humana que caminase por ellas. Tan sólo los perros realengos -famélicos y hambrientos- se atrevían a transitarlas en busca de la caridad de algún parroquiano, sin hacer caso del sol que, en su más alto resplandor, no dejaba ni respirar. Todo estaba tan aletargado que hasta las moscas se sentían cansadas, sin ánimo para el ataque, ya que el comienzo de cada tarde se convertía en un tiempo muerto, en un destiempo para el hacer. Ese sol fiero, abrasador, caía sobre las casuchas de zinc y tablones que con la pintura descacarillada de sus fachadas, le daban un aspecto aún más desolado al pueblo. El bar de "La Cubana" se mantenía cerrado y las guarachas, merengues, salsas, pasodobles, zarzuelas y sones se quedaban mudos, escondidos en las cubiertas de los discos haciendo, como todo el mundo, la siesta en ese tiempo congelado, suspendido y muerto. En el interior del local, un ventilador oxidado daba vueltas tan lerdas como el poblacho llevando un poco de aire a la habitación de Ramiro Fuencisla que estaba tan deteriorada como su imagen. Unos tablones le servían de cama y por colchón tenía un fardo inmundo. Del techo colgaba un buen mosquitero y, al frente, un hermoso cuadro del Sagrado Corazón de Jesús traspasado por siete cuchillos, enmarcado por flores plásticas y con un velón rojo que lo alumbraba a toda hora. Completaba el mobiliario, un armario desvencijado en el que la luna estaba rota, quizás por eso tuvo que pasar por esos siete años en los que no levantaba cabeza, ya que desde que partió de La Cuneta la vida no había sido amable con él y le había convertido en un hombre solitario y vacío. Y todo por una mujer a la que amó más que al aire que respiraba, al alimento, al agua, al temor de Dios y a las angustias que carcomían a su santa madre, quien sufrió hasta su muerte, esa relación perniciosa de su hijo con "La Milagrosa". La Milagrosa era Adelita Pérez, la mejor yerbatera de la región que, mediante emplastos y filtros, aliviaba desde un cólico nefrítico o cualquier dolencia de origen físico, hasta curar los males de amores con un inusitado poder para doblegar la voluntad de cualquier cristiano requerido en amores por la paisana más fea, rechoncha y solterona del pueblo. ¡Cosas de mujeres! Ramiro Fuencisla conoció a la Adelita un Domingo de Pascua. Había gran algarabía en La Cuneta. La procesión que salía de la iglesia era presidida por la imagen de la Virgen vestida de azul celeste con una corona de flores alrededor de la cabeza, un rosario entre las manos, tres escapularios al cuello y un manto rosado salmón que cubría todo el andas. Entre vaivenes, se mecía saludando a los devotos feligreses que a su paso se santiguaban. Allí estaba Ramiro, arrodillado, viendo pasar a su virgencita. Llevaba siete días de ayuno, siete días pensando en la Pasión del Señor, siete días de martirio pues no había probado bocado desde el pasado Domingo de Ramos. De repente, por el bullicio que producía tanta gente, el intenso calor del mediodía y su falta de sustento, el mundo comenzó a darle vueltas... vueltas... vuelta... vueltas... Sólo veía un túnel negro, inmenso, profundo, que lo absorbía. Caía... caía... caía... caía... Cuando despertó se vio en una habitación de paredes de bahareque con el techo de caña brava. En lo alto, una pequeña ventana dejaba entrar un calor pesado, casi corpóreo, que recorría la habitación hasta disolverse en el frescor del barro seco de las paredes. Yacía medio desnudo sobre un catre con un emplasto maloliente sobre el pecho y tapado desde la cintura hasta las piernas tan sólo por una vieja cobija. Le rodeaban cuatro cirios pascuales, uno en cada esquina y se sintió muerto, como si lo estuvieran velando. La cortina que servía de puerta se movió, se levantó y pudo ver entonces la aparición más hermosa que jamás hubiera soñado: una mujer vestida con una saya blanca sujetada a la cintura por un cordón de oro. El cabello era rubio, largo y le caía en dos partes como cascadas. Su piel era blanca como el encalado de la vieja torre de la iglesia. Sus ojos tan azules y transparentes a un tiempo, que tuvo la sensación de perderse en el remolino de las aguas caprichosas de un mar lejano y profundo, insondable y misterioso. Sus labios, cayenas en flor, rojos y espléndidos. Era la mujer más bella que jamás hubiera visto. No. No era mujer. Era un ángel que venía a buscarle para llevarlo a la Gloria junto al Padre. Estaba muerto. Ahora sabía que así era. El ángel se acercó vaporosamente, le tomó de la mano y le acarició la frente haciéndole sentir que el cielo se posesionaba de él. Era un cielo cálido, oloroso a mastranto, vibrante. Cerró los ojos y se abandonó a la placidez que le producía ese contacto, esa suavidad que le inducía a un estado de mayor relajación, a unas ganas infinitas de dormir. Estaba soñando cuando una voz lejana, como de otro mundo, se hizo presente: - Ramiro, ¿te sientes mejor? - Mejor. Me siento en el Cielo. Gracias Padre porque no me has abandonado. Ahora podré ver tu Dulce Rostro por toda la Eternidad. Llévame ya con tu ángel. No tengo miedo. Estoy listo para partir. - Ramiro, no estás muerto, tan sólo te desmayaste, perdiste el conocimiento. ¡Mírame! Abrió tímidamente los párpados. Palpó con su mano el brazo de la visión y notó que era macizo, de carne y hueso. Suspiró profundamente. - Soy Adelita Pérez y me conocen por La Milagrosa. Sano con yerbas. Te trajeron a mí hace seis horas ya casi sin pulso. Debes descansar pues estás muy débil. En un rato, te traeré un guarapo que tienes que beber para recuperarte. Ahora duerme, yo estaré contigo. En total confianza, Ramiro cerró sus ojos y cayó en un sueño profundo, tranquilo, casi eterno. Se vio saltando tímidamente entre nubes de algodón, tan mullidas que al pisarlas sus pies se hundían en ellas. Tomaba un pequeño impulso y se desplomaba en la nube que lo rebotaba suavemente al espacio. Volvía a caer en la nube, unas veces de espalda, otras de costado, para de nuevo proyectarse al espacio de azules claros y apastelados igualitos a las estampitas que le regalaba don Benedictino. Estaba viviendo la más hermosa sensación de libertad, la que sólo a su entender se puede gozar en el lugar reservado para los justos. En uno de los rebotes, observó que había más nubes y decidió llegar a la más próxima. Se sorprendió de verse volando con sólo desearlo su pensamiento. ¡Cuánto placer el sentirse suspendido en el espacio con pleno control de vuelo! ¡Qué rico! Tuvo un buen nubetaje y comprobó de nuevo la suavidad de esta nube que aún era más grande y espesa que la anterior. Siguió saltando y cayendo en forma caprichosa hasta que en una de las subidas se percató de que en una nube cercana se hallaba La Milagrosa. Allí estaba ella peinándose sus dorados cabellos con la calma que produce la eternidad. Era hermosa, la mujer más bella que nunca hubiera conocido. Quiso volar hacia ella pero en ese preciso momento sintió cómo sus pies se hundían en la nube y la atravesaban, caía... caía... caía..., alejándose cada vez más del paraíso y de su hermosa hurí. Sobresaltado se despertó. El sudor le corría por la frente. Temblaba todo su cuerpo atravesado por mil agujas de dolor. Pronto le llegó el alivio al aparecer ella, le bastó con mirarla para hundirse de nuevo en el sueño. Adelita vio en Ramiro al mozuelo más bello de La Cuneta. Y lo era. Alto, joven, fuerte, bien proporcionado. Sobre todo bien proporcionado. Le constaba que así era pues ella misma se había encargado de desvestirlo. En ese momento decidió que debía de ser para ella y así le dio a beber algo amargo, "preparado", rezado a las Siete Potencias y encomendado a San Antonio, el mejunje especial que ella utilizaba para "amarrar" a los hombres y conseguir, mediante sus artes, que ninguno se negara y se entregara ciegamente al amor. Y así fue, desde ese momento Ramiro le pertenecía. Nunca conoció mejor amante, insaciable, listo para ella cuando así lo quisiera y eso era, por lo menos, doce veces al día, pues la seguía por los rincones, cuando se bañaba en el río, en el amanecer en que recogía las flores, raíces y hojas para sus brebajes, en los cruces de los caminos cuando ella iba a visitar a sus clientes, en fin, en cualquier descuido, cuando ella menos lo esperaba allí estaba él sediento de sus carnes, de sus jugos que aún le apetecían al anochecer cuando ya solos se quedaban en el rancho sin más luz que la de la luna o la de los cocuyos. Su vida sólo tenía un objetivo: Adelita. Dejó de ver a su madre, a sus amigos de la parroquia, al viejo cura y se olvidó de su perro que había sido su más fiel compañero. No tenía en el pensamiento otra cosa que las sensaciones de su cuerpo al lado del de ella, al tiempo que un nudo de deseo se le instalaba en el pecho sofocándole hasta que lograba encontrarla para de nuevo hacerla suya. Era imposible saciarse ya que era tal el metejón que tenía hacia ella que necesitaba traspasarse en ella para así calmar su angustia cuando no la tenía cerca. Adelita se sentía feliz al lado de esta fiera amatoria que la hacía tocar las estrellas ya no sólo con sus manos sino con todo su cuerpo. Además, Ramiro le ayudaba en la recolección de los yerbajos. Los limpiaba, maceraba, cocía, filtraba, secaba, pesaba, aleaba, distribuía, etc, etc, etc. Nunca tuvo mejor ayudante, ni más fiel amante. Pasaron los días, los meses, los años, hasta que un día llegó a La Cuneta el Padre Olegario. Desde el púlpito se encargó de sacar a La Milagrosa. Hablaba de ella como la reencarnación del propio Satanás y que todo aquel que acudiera a probar sus brebajes sería excomulgado por la Iglesia y se condenaría por toda la Eternidad en las llamas del Averno. Un pueblo místico, religioso y supersticioso como el de La Cuneta fue presa fácil de las palabras del cura el cual consiguió su objetivo dejando sin trabajo y sin sustento a la pareja. Se fueron de allí con sus emplastos, oraciones, sortilegios y demás yerbas. Después de mucho recorrer, cayeron un Domingo de Pascua en La Esperanza hasta que el destino decidió la suerte de ambos. Ahora, Ramiro Fuencisla, sin La Cuneta y Adelita, perece suspendido en el tiempo en un pueblo olvidado por Dios al que fue a caer por La Milagrosa. Aquí, lo abandonó por otro, un francés alto, rubio, bien formado y con suficientes "piedras" como para comprarle un "cható" allá en su Francia. Después de tres sífilis, ocho blenorragias y cuatro ataques de asma, Ramiro Fuencisla ha decidido vivir la vida con más fundamento. Ha decidido crear una familia. Tener muchachos, a pesar de que le han asesorado que tuviera cuidado porque alguno le puede llegar a salir defectuoso por eso de las enfermedades que ha tenido. Pero no importa, está decidido. El problema es que en La Esperanza no hay mujeres libres, todas tienen marido, los mineros, o las hijas de éstos que son muy jóvenes para casarse. Bueno, sí hay mujeres libres, doce para ser más exactos. Las llaman Las Apostólicas y quien mejor las conoce es el propio Ramiro que es su jefe. Ramiro tiene el único bar del pueblo, el Bar "La Cubana", nombre que puso en honor de su primera empleada, una mulatona de muy buen cuerpo, de prieta cintura y mejor trasero, aunque le faltaba un diente y que por eso nunca sonreía para no desmerecer sus encantos. Experta en las artes del amor, conocía muy bien la numerología y satisfacía a sus clientes mediante una libreta-menú donde aparecían los números, su descripción y tarifa. - Mi sangre ¿qué es lo que tú quieres? -y le sacaba la libreta ya manoseada, casi ilegible, no sólo por su uso sino también por las faltas de ortografía que la acompañaban. - ¿El 43? Muy bueno. Cómo se ve que tú sabes. ¿A la francesa o a la italiana? Vamos, chico, apúrate que tengo más gente en la cola. - ¿A la francesa? ¡Oh, la, la! Son unos pesos más, pero ya verás tú, chico, que esto no se te va a olvidar jamás. Los más exigentes y voraces quedaban satisfechos con tal profesionalismo. La Cubana murió a los tres años de su estadía en La Esperanza por tonta, al dejarse preñar por uno de sus tantos clientes. Una de sus compañeras le hizo el aborto - ya de cuatro meses- y murió en el mismo lugar donde había cosechado tanto triunfo y popularidad: en la cama, esta vez sola, prendida en fiebre y con una hedentina que le salía del bajo vientre purulento y putrefacto. Delirante por la fiebre, entre sueños, tuvo tiempo de sobra para rememorar su vida. Carmen Alicia González era su nombre. Había nacido en la Isla de Cuba, Perla de las Antillas, en Matahambre, en la Sierra de los Organos, frente al Archipiélago de Los Colorados. Serían cabalísticos todos estos datos: por matar el hambre, intuyó que su porvenir vendría de la satisfacción de un órgano específico, así se pusieran colorados muchos y así, a los trece años la mandaron para La Habana junto a su madrina Rogelia quien servía en la casa de uno de los magnates de la capital el cual tenía un casino de gran nombre y abolengo ubicado en el municipio habanero de Marianao. Fue descubierta entonces, por Don Carlos Alzugaray, el patrono, quien supo desde el comienzo el potencial de la mulatica. La destinó a tareas personales como el servicio del café, el desayuno, el arreglo de su armario de ocho plazas y la limpieza de su cuarto. A los tres meses, su madrina Rogelia murió de unas fiebres extrañas no sin antes encomendársela a Don Carlos. Tan buena encomienda tuvo pronto resultados ya que Don Carlos le daba todo su amor convirtiéndola en su amante. Inexperta, pero con mucho interés por el progreso, Carmen Alicia se dejaba guiar por el perito en las artes amatorias y prontamente estuvo lista y tan resabiada que daba la impresión de ser ya una mujer de gran estilo y experiencia. Don Carlos se preocupó por su educación, para lo cual contrató un tutor, flaco, adusto y afeminado, el cual le enseñó a leer, escribir, las cuatro operaciones aritméticas, modales, urbanidad y le quitó ese aire provinciano y tosco poco acorde a la usanza de la metrópoli y mal visto en el círculo social de su mentor. También le enseñó a caminar, vestirse y maquillarse haciéndola cada día más glamorosa y apetecible. Comenzó a leer a Gustavo Adolfo Bécquer y cual golondrina su corazón flotaba meloso de amor hacia Don Carlos. Este, hombre práctico y materialista, comenzó a sentirse cada día más aburrido de la niña y así, para sacársela de encima, decidió ponerle una señorita de baile que la inició en los vastos caminos de la rumba y el merengue. Carmen Alicia tenía gracia para el baile y un cuerpo exuberante que hacía de cada movimiento una invitación al placer. Cuando estuvo preparada, la convenció para que trabajara en su casino como artista principal, ganando diez veces más. Por amor hacia él y a los pesos, se decidió a bailar. Se armó el revuelo. Toda La Habana tenía que ver con la mulata. Con apenas quince años y poquísima ropa, tres plumas para ser veraces, fue conquistando el corazón de importantes hombres nacionales y extranjeros quienes, tras una fantasía caribeña, deseaban poseer los favores de la niña. Don Carlos, olfateando el negocio, se convirtió en su apoderado. Al principio, Carmen Alicia se resistía, lloraba y no entendía cómo su "amor" podía cederla a otros, pero pronto aprendió que en la vida todo se maneja con dinero y que si una pequeña porción de su cuerpo podía producir tanto sin estar sujeta a desgaste, por qué no hacerlo. Así, pasaron por ella los hombres de más peso en todos los sentidos. Don Carlos la situó en el Barrio de Pajarito, buen nombre para tal profesión. Después del show era visitada, previa cita y número de espera, por políticos, industriales, embajadores, cónsules, ministros, escritores, artistas, científicos y alguna que otra dama de alcurnia. Su fama fue acrecentándose de tal forma, que pasaba por atracción turística y así era considerada por las propias agencias de turismo que programaban tours del placer en los que incluían una hora de esparcimiento con La Cubana. A los diecinueve años era tan rica que había comprado ya medio Matahambre, una isla en el Archipiélago de Camagüey, veinte casas en La Habana, cinco prostíbulos, diez salas de fiestas, cuatro fincas y dos yates. Ante tal abundancia, nunca pudo imaginar que de la noche a la mañana se quedaría en la calle porque un barbudo audaz, sin miedo al más grande país del mundo, armó una revolución en la que sacó al dictador y se instaló en su silla con el destino de la Isla en sus manos. Comenzó para ella una era diferente donde eran cerradas las salas de fiestas, los casinos, los prostíbulos y los bienes eran confiscados en bien del pueblo. Pasó a ser entonces una más de sus compatriotas. Vivió en la miseria hasta 1977, año en el que pudo salir de la Isla y llegar al Continente. Su salida fue, quizás, una de las más sencillas. Era amante de uno de los comandantes del gobierno y ya hacía tiempo que éste estaba hastiado de la mulata, pues había vuelto a releer a Bécquer. Le hizo prontamente todas las gestiones y la ayudó a abandonar la Isla. Llegó con 37 años, bastante bien conservada, con más cuerpo, con más carnes y alquiló una habitación en una pensión de quinceava categoría, cerca de la Plaza Bolívar. Enseguida comenzó a trabajar ya que el primer individuo que le dijo: - "Mami, qué rica estás" - pasó a ser su cliente, ganando sus primeras monedas en un país de libertad. Se fue haciendo conocedora del mercado y de los lugares donde podría conseguir los pesos que le hacían falta para sobrevivir. Trabajó de mesonera en un bar de mala muerte o de muerte mala según se mire, donde por descorche ganaba un porcentaje adicional. Una de esas noches, a los diez años, seis meses, quince días, cuatro horas y veinte minutos de estar en el país, conoció a un aventurero que partía hacia La Esperanza y allí se fue con él en busca del dinero que una vez tuvo, pero el destino impío quiso que no conociera la bonanza de otros tiempos y, entre fiebres, entregó su alma al Creador. A su entierro asistieron todos los que la conocieron en La Esperanza en profundo: 577 hombres, de los cuales 543 eran mineros, 32 guardias nacionales, un jefe civil y un médico boticario. Ramiro Fuencisla presidía el cortejo y las restantes Apostólicas lloraban, cual plañideras, sin dejar entrever la alegría que les producía que su mayor competidora iba a ser pasto de los gusanos. No hubo cura en el entierro. La Esperanza nunca tuvo párroco, ni iglesia. Una vez al mes llegaba uno que recorría los pueblos mineros de la comarca. Por desgracia, no coincidió la muerte de La Cubana con la llegada del cura y eso que trataron de mantenerla viva una semana más. Pero todo fue inútil, la fiebre se la fue comiendo y no la pudieron dejar sin enterrar porque, ya viva, no había quien se acercara a ella del olor a muerto que tenía. Con mucha pena y poca gloria, La Cubana dejó de existir. En sustitución de ella llegó a La Esperanza, La Argentina. Una mujer ya cuarentona, rubia platinada y con "dos buenas razones" para evocar los primeros años de vida. Había trabajado en las mejores boites de Buenos Aires cantando y realizando un espectacular streep-tease. Volvía así a estar completo el cuadro de Las Apostólicas quienes además servían la bebida en el bar y ejercían otras actividades de sano esparcimiento para satisfacción de su extensa clientela. A Ramiro Fuencisla en lo económico no le va mal, al contrario, en siete años desde que lo dejó su Adelita del alma le ha ido estupendamente, aunque no levanta cabeza en su fuero emocional. Desea amar y ser amado. Comer calentito, tener su casita, sus camisitas planchadas y una mujercita que lo mime y le dé los hijitos que tanto desea. Tendrá que darse un viajecito por la capital para ver si consigue a la mujercita que anhela ya que en La Esperanza, no hay la más mínima esperanza para su gran ilusión. Yasmín "La Costeña" - Doctor Francisco, me han salido estas heriditas. - A ver, abra usted la boca -detenidamente, y con la misma vuelta hacia la ventana, el doctor examinaba a "La Costeña" Yasmín-. Esto no me gusta nada. Creo que otra vez tenemos sífilis. Me huele a Treponema Pallidum. - ¿Sífilis? Oh, no doctor. ¡Otra vez! - Sí mi'ja, otra vez. Y lo peor es que media Esperanza ya la debe tener. ¿Desde cuando tienes esos chancros? - Me aparecieron esta mañana, los vi cuando me levanté. - No cabe duda, media Esperanza debe estar ya contagiada. Necesito hacerte unas pruebas para confirmar la enfermedad, aunque estoy cien por cien seguro de que es sífilis. Ya sabes, nada de trabajo, reposo absoluto, alimentos sanos y no permitas que nadie utilice tus efectos personales. Enviaré a la capital las pruebas que te voy a hacer y esperaremos a que nos comuniquen los resultados por radio, aunque estoy convencido de que son esas benditas espiroquetas. Vamos, abre las piernas. A ver, a ver... Sí, aquí tienes otra lesión. ¿Quiénes han llegado nuevos? - Unos brasileños. - Ah, los garimpeiros. A cambio de llevarse las piedras, nos dejan aquí sus espiroquetas. Vamos progresando, hombre. Yo que tenía ya controlada la enfermedad. Debo comunicarme inmediatamente con Don Braulio para hacerles el seguimiento a esos individuos y poner en cuarentena al pueblo. Mientras que el doctor buscaba en su pulcro y ordenado armario las placas de vidrio y la jeringa para la muestra de sangre, Yasmín recordaba aquella primera vez en que fue contagiada. Era la tarde más calurosa del año, las olas se batían suavemente, besaban la playa y huían en cámara lenta al vientre del mar. En el juego indolente persistía la espuma que dejaba en la arena una tela bordada de algas. El sol, en su más alto punto, dominaba la playa y vertía sobre ella sus más furiosos rayos. Ningún ser se atrevía a pisar el más pequeño grano de arena. Todos en el pueblo permanecían en sus casas a esa hora, "la hora del burro", acostados en sus chinchorros, bajo la sombra del techo, al aire o en la habitación más fresca de la casa. Yasmín, desnuda, se refugiaba en su cuarto. Contaba apenas once años. Unos senos incipientes dejaban ver en su impúber figura el potencial de mujer que los años se encargarían de mostrar. Sentada en el suelo de losa, cosía unos trapitos que su abuela le había regalado para hacerle unos vestiditos a la Chepita, la muñeca que su madre le había confeccionado las pasadas navidades. Tranquila, de espaldas a la puerta, no sintió la presencia del tío Vicente que la observaba. De pronto, unos extraños bufidos se fueron acercando y sin darse cuenta estaba en vilo sin entender lo que pasaba. - Tío, ¿qué pasa? -le preguntó la niña al levantarla. - Calla nenita, calla y sé buenita. Vas a hacer lo que tu Tito Vicente quiere, ¿verdad? Vas a ser una niña buena. Ven mamita, dame un besito. - Tito me haces daño -con fuerza la lanzó sobre el catre-. Tito déjame. Tío Vicente se desabotonaba los pantalones con la mano derecha, mientras que con la izquierda sujetaba el frágil cuello de la niña. Ya sin ropa se acostó sobre ella. Su verga tiesa embestía el cuerpo de Yasmín tratando de conseguir el lugar más adecuado donde aliviarse. Al fin encontró la pequeña vagina, cálida y estrecha que lo succionó y atrapó como un chupón y que le produjo un intenso placer. - Mamá -gritaba. - Tu mamá no está. Se buenita con tu Tito Vicente, vas a ver que te va a gustar. Te voy a comprar el helado más grande. Calla, mamita. Sujetaba con ambas manos el cuello, la niña trataba de zafarse y sólo conseguía excitarlo aún más con los movimientos de su estrecha y débil pelvis. La tenía completamente para sí. En su frenesí, Tito Vicente le apretaba más y más el cuello. Ella se batía incontrolada tratando de respirar. Casi a las puertas de la muerte, sintió en su cuerpo un largo latigazo. Una sensación única. Su pequeña vagina comenzó a moverse en forma espasmódica, incontrolable. Tito Vicente se vino una, dos, diez, dieciocho, veintitrés veces. Nunca le había sucedido algo igual. En su delirio pedía: -No más, por favor, me voy a morir. No más, nenita. ¡Ay, me muero! - Extenuado, pudo retirarse de la vagina y al sacar las manos del cuello de la criatura vio como ésta se calmaba. Sudorosos y exhaustos quedaron tendidos uno al lado del otro, cuando de pronto una vocecita un poco afónica se sentía en el sopor de la tarde: - Tito, me vas a comprar dos helados ¿verdad? - Sí, mamita, los que tú quieras. - ¿Lo volveremos a hacer? Me gusta. - Sí, pero no debes hablarlo con nadie. ¿Entiendes? - Sí, Tito, con nadie. Pero pronto se supo todo cuando a la niña le aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad. Sus genitales se llenaron de chancros. Gran tragedia familiar. El Tito Vicente era el dieciochoavo marido de su madre. A todos, Yasmincita los había llamado tíos. - Vamos Yasmín, estira el brazo -le apretó la goma en el antebrazo. De inmediato, las venas comenzaron a notarse-. Aprieta el puño, por favor. Así. Muy bien -no sintió el pinchazo-. Abre lentamente el puño -con rapidez la inyectadora fue llenándose del líquido rojo, espeso. Con suavidad retiró la aguja y cubrió el pinchazo con un trozo de algodón empapado en alcohol-. Mantén por un rato el brazo flexionado. - Gracias, doctor, ni lo sentí. - No me des las gracias, yo debo dártelas a tí por venir tan prontamente. Otra persona, quizás no le hubiera dado importancia y lo peor es que esta fase de la enfermedad desaparece a los días y es el primer signo de alarma. Ahora, vete tranquila y descansa. Por favor te pido que olvides el trabajo "horizontal" hasta nueva orden. - Sí, doctor, como usted mande. - Mañana, después de que confirme los resultados, iniciaremos el tratamiento. - Sí, doctor, hasta mañana. - Hasta mañana, Yasmín. Doctor Francisco Francisco Alonso Rui-Peña, Sotomayor Ginés de La Fuente, Rodríguez De La Horca, Foncuberta Donoso, San Martín Gil, es el médico boticario de La Esperanza. Un madrileño cincuentón, medio adiposo, barbado y miope. De trasfondo, puede escucharse un aria de "La del Manojo de Rosas". Aficionado a la zarzuela desde niño, posee la colección de discos más importante de La Esperanza en lo que compete a este género. Un tocadiscos Philips, algo caduco y usado, no cesa de emitir esa melodía que, hasta las Apostólicas tararean, de tanto repetirlo:- ..."tiene carita de penaaaaa, la del manojo de rosas........ La del ma... no... joooo de rosaaaaaas". También tiene discos de salsa, merengues, boleros y algún que otro tango arrabalero con los que ameniza las tardes del Bar de La Cubana, pues además de médico-boticario, es el discjockey oficial del pueblo. Amén de entender de zarzuelas, se aprecia que el doctor Francisco Alonso es un galeno de grandes conocimientos. Médico cirujano, cardiólogo, ginecólogo, endocrinólogo y otros "ólogos" que empapelan la pared de su modesto consultorio-clínica de bahareque. No se entiende, a primera vista, por qué tal eminencia ha ido a parar a La Esperanza. Comentan las malas lenguas - esa mala lengua es la de la Encarnita una de las Apostólicas que anduvo enredada con el doctor Francisco y que para más detalles es gallega y todos sabemos lo confesional que puede llegar a ser una cama - que este bendito médico huyó de España en el año 1973, debido a que se vio envuelto en un no muy claro enredo con la esposa del Director del hospital para el cual trabajaba. De ese no muy claro enredo nació un varón, miope y con un lunar en la frente de dos centímetros de diámetro, distintivo de los Rui-Peña, por lo cual no pudo negar su participación en los minuciosos exámenes ginecológicos que efectuaba a la señora del Director. Todavía hoy se pregunta cómo logró meterse en semejante berenjenal. La conoció en un cóctel que celebraba el hospital por la adquisición de nuevos equipos de radiología. Ella, al lado de su marido, saludaba a cada uno de los médicos que se iban acercando a comentar y a adular al gran jefe. Alta, de pelo negro y largo, ojos verdes. Erecta y desafiante, a la vez dulce y extremadamente sensual. Vestía un traje sastre de color rojo. Elegantísima. Y un perfume que, a buen entendedor, excedía el sueldo del Director. Se podía apreciar la diferencia en la pareja, no tan sólo en estatura y edades, ya que el Director le podría llevar fácilmente veinticinco años y medio metro menos, sino en la apetencia, requerimiento y necesidad de satisfacción sexual. Él, apático. Ella, pura dinamita. La pareja no tenía hijos. Todo se desarrolló tan rápido que no tuvo tiempo para pensar en las consecuencias. Bastó que lo mirara y, al día siguiente, ya era paciente suya. - Doctor Alonso, como usted sabe, no hemos podido tener hijos y realmente yo los deseo con toda el alma. - Bien, señora Herrera, supongo que usted ya debe haber consultado con anterioridad a otros especialistas. - Sí, muchos - su mirada preludiaba el futuro. - ¿Su esposo sabe que me está consultando? - Sí, desde luego, pero espero que usted sepa por qué estoy aquí. No hicieron falta más palabras, a buen entendedor. Allí mismo en su consultorio, apenas a un piso de distancia del Director, comenzó una desenfrenada relación. Isabel de Herrera, de treinta y cuatro años, estaba en la flor de la máxima expresión de la hembra. Vibrante, insaciable, atrevida, fue descubriéndose ante el doctor Francisco. Después del consultorio, los encuentros de los amantes fueron en el apartamento de él. A los tres meses de esta relación, la sorpresa: Isabel estaba embarazada. El doctor Herrera se sentía feliz con el primogénito y se encargó de repartir habanos a todo el personal médico. El día del parto se dio cuenta, y se dieron cuenta los propios médicos ahumados, que ese hijo no podría ser de otro que del mismo doctor Francisco Alonso Rui-Peña. El pecadillo lo llevaba en la frente. El doctor Herrera, hombre de peso, además estaba excedido en 50 kilos, le cerró todas las puertas donde pudiera ejercer y así se vio obligado a emigrar. Hasta la más pequeña aldea llegaba la influencia del Director. Dejar su España era la única alternativa para no perder tantos años de estudios. Llegó a Caracas y allí revalidó sus múltiples títulos médicos. Se enredó con una negrita que trabajaba de servicio doméstico en la pensión y vivieron en feliz concubinato durante diez años, al término de los cuales Marta Serafina falleció a causa de un fulminante infarto al miocardio. Para un hombre del Mediterráneo, recién llegado al Caribe, una negrita puede convertirse en una obsesión. Sus cuerpos cimbreantes, de cinturas esbeltas; duras, consistentes y desarrolladas posaderas; busto erguido, firme; piel lustrosa que incita a la conquista ya pretérita en la historia de estos pueblos. Así que no es de extrañar que un hombre pueda perder el seso por ellas... y el sexo también. Además, sumisa, apocada, hacendosa y, sobre todo, buena cama. ¡Qué mayor dicha se ha de esperar! Marta Serafina entregó su vida al médico. Sólo en las telenovelas, en los culebrones, las mujeres de servicio logran el amor de los doctores. - No sabes, chica, la Malta Serafina, se encueró con el Dotol. Es médico y mi'jita la tiene de lo mejol. Y es Uropeo. De bien lejos. - Yo sabía que la Maltica iba a sel mujel de futuro. Desde chiquita se veía venil. - Pol cielto, tengo que pedi'la pa' vel si su dotolcito me revisa aquí en el costao, que hacen días que me duele. Por supuesto, el doctor Francisco Alonso Rui-Peña, llevaba dos vidas. Una profesional, en la cual se ceñía a una vida social solitaria donde su negrita no tenía cabida, y otra en la que conoció un estrato interesante del pueblo. Aprendió a amar su simplicidad, su inocencia, su espontaneidad. Así perdió varios títulos nobiliarios y escudos heráldicos que ostentaba en una sociedad cerrada que vive más con las apariencias que con la autenticidad. Amarla fue simple, tan simple como ella. Y perderla fue, tal vez, el mayor dolor a soportar. Desesperado y harto de la capital, decidió irse a vivir a un lugar donde las aventuras y el tiempo le hicieran olvidar su desdichada fortuna. Fue a parar a La Esperanza. Siendo un hombre de recursos, el doctor Francisco ha salvado más vidas que todas las vidas que hubiera podido salvar en aquel gran hospital. Ha efectuado todas las cirugías mayores y menores. En La Esperanza de todo puede verse. Siendo un pueblo minero, diamantífero, cualquier vecino puede estar expuesto a una cuchillada. Una riña la puede causar el robo de una "piedra", hasta la pasajera pertenencia de una de las Apostólicas. Todo es posible. En su consultorio-clínica atiende diariamente alguna de estas posibles rutinas. No digamos ya los tratamientos venéreos que se suceden por temporadas, como oleadas, debido al flujo constante de nuevos buscadores de fortuna que no permiten mantener el debido control sanitario en la zona. Aquí, los antibióticos corren como si fueran cerveza, haciéndose cada vez la cepa más resistente al tratamiento de estas enfermedades. De todas formas, la vida continúa con la mejor de las suertes para el doctor Francisco, los mineros agradecidos le pagan con buena moneda, mejor dicho con buena "piedra". Se calcula que su fortuna debe andar, fácilmente, en los seis millones de dólares. Las piedras las tiene bien invertidas tanto en Caracas como en Madrid. Estima vivir en La Esperanza un par de años más para luego retirarse a un pueblito de La Costa del Sol llamado Mijas a escribir sus muy excitantes memorias. La tarde sigue tranquila, pesada, asfixiante. Por no moverse, ni se mueve el aire. El doctor Francisco sigue meciéndose en su chinchorro, adormilado en las horas que no pasan, mientras se rasca el lunar sudoroso de su frente. Los Pemones En el poblado indígena pemón, a pocos kilómetros de la Esperanza, las mujeres están preparando el casabe, especie de torta blanca, fina, quebradiza, hecha de yuca, que sirve de pan. En los budares van extendiendo la masa que convertirán en obleas enormes como hostias para gigantes. Con abanicos de palma atizan el fuego para que no amaine. Hace calor. Desde el waipá, la vivienda circular pemona, se escucha el llanto de un niño. Tiene fiebre y su cuerpecito está lleno de unos chancros purulentos. El Piache, el médico brujo, está sentado en el murey, asiento sagrado en forma de insecto verde de las montañas. Sólo él puede sentarse allí. Cosas malas pueden sucederle al indio que ose ocupar ese puesto. Para su ritual, está preparando el tabaco en una pequeña totuma o vasija. Lo exprime, lo aplasta, lo mezcla. El niño sigue llorando. Su madre lo sostiene y le pasa la mano, tiernamente, por la frente sudorosa. Varios niños corretean por el waipá. Un perro, ya añoso, espanta las moscas con su cola. El jefe de más edad, el patrapamá, observa la escena meciéndose suavemente en su chinchorro, en su hamaca de palma. El piache tiene preparado el tabaco y lo toma por las fosas nasales. Comienza un periodo de borrachera, de trance. Canta a los espíritus de las montañas, de la sabana, de los ríos, de los animales, de las plantas. Hace una especie de danza mágica alrededor del niño. Este sigue llorando desconsoladamente. Coge unas ramas y, lentamente, se las pasa agitándolas por todo el cuerpecito. Va recitando los Tarén, las invocaciones mágicas a los dioses. Ese canto sagrado pemón que habla de la vida y la muerte, los dioses y los demonios, la salud y la enfermedad y que es uno de los elementos más inherentes a su religiosidad autóctona. Nada le calma. El sol arrecia. El piache toma algunas raíces y tallos de plantas. Los corta y los va majando en otra totuma. Un líquido verduzco sale de la misma. Se lo da a beber al pequeño. Con la masa restante hace un emplasto que le coloca sobre los chancros. Sigue con sus cantos invocando a los dioses. El niño ha dejado de llorar. La fiebre va cediendo. Se queda dormido en los brazos de su madre. El piache, agotado, descansa sentado en su murey. El patrapamá murmura en su lengua pemona: -Ellos tienen la culpa. Esos hombres blancos de habla extraña. -Siempre tienen la culpa los misioneros -responde el piache. -No, los misioneros son buenos. No han sido ellos. Otros que nunca habíamos visto por aquí. Fueron aquellos médicos de batas blancas que venían a vacunar. -¡Ah, ya! -Estoy seguro. Esos hombres no tenían la cara de la bondad, la cara del blanco que ayuda. Traían la cara de la codicia. La cara del conquistador que busca aquel dorado que tanto costó a nuestros antepasados y que nos han contado nuestros abuelos. Nuestro pueblo no lo olvida, ni debe olvidarlo -habla pausadamente mientras mastica la enorme bola de tabaco. -La noche anterior a que ellos llegaran yo soñé con tu canto, Gran Piache. -Eso es grave. Has soñado con la enfermedad. Fue un kamainó, un presagio. -Sí, eso me temo. Además he tenido otro kamainó, me tiemblan los párpados constantemente y eso quiere decir que algunos de nuestros parientes se están muriendo. -Mal presagio patrapamá. Mal kamainó. -Mis párpados no dejan de temblar. Parece como si tuviera mil gusanos corriéndome en ellos. -Malo, malo. Son muchos presagios. Presagios malos. La muerte está cerca. Yo también la siento. -Los hombres blancos de habla extraña la han traído en la vacuna. Yo lo sé. Una de las mujeres entra en el waipá y extiende el matutú donde ha de depositar los alimentos: Presas de venado aderezadas con ají, acompañadas de ñame, mapuey, ocumo y, por supuesto, las tortas de casabe. Todos los hombres, mujeres y niños de la tribu se acercan a comer. Braulio Gutiérrez Don Braulio Gutiérrez, Jefe Civil de La Esperanza, está apoyado sobre su escritorio de caoba traído especialmente de Los Andes. Un capricho perdido en la inmensidad de la selva. Él, como autoridad, cree que con eso gana más el respeto de los parroquianos. El sillón, macizo, lleno de filigranas con el asiento en terciopelo rojo. El respaldo es alto, tan alto que parece un trono. Ese es su reino, así lo siente. Como siempre, se entretiene viendo a las moscas como revolotean a su alrededor, sin darle más importancia al tiempo que la que el tiempo tiene en La Esperanza. Está pendiente del vuelo de una mosca, verdosa con visos azules, regordeta y muy animosa. Las demás, no le interesan. El ventilador, caduco y perezoso refresca un poco el ambiente. Toma el abanico de palma y empieza a dar sablazos al aire, a ver si con ello espanta a las ya familiares moscas. No tiene nada más que hacer. Mata a las moscas y al tiempo que pasa. La calle, como siempre, a esta hora está en calma. No se escucha nada. Todo está detenido. De repente, se abre la puerta. Es el doctor Francisco quien llega sudoroso, jadeante. - Buenas tardes, Braulio. Tenemos problemas. - ¿Qué me dice, Doctor? - Sí, tenemos problemas. Otra vez tenemos epidemia. - ¿Epidemia de qué? ¿Paludismo? - No. Sífilis. - Cómo va a ser, chico. De nuevo esa lavativa. - Sí, de nuevo. Esta mañana estuvo en mi consultorio "La Costeña" y para mí que lo que tiene es sífilis. - Deben ser los garimpeiros que nos la han traído. - No sé. Ya le tomé las muestras a Yasmín y espero que míster Presley me las lleve en su avioneta a la capital, las examinen y nos den los resultados. Ahora habrá que ver, también, qué medicamentos vamos a usar porque las últimas epidemias nos costaron mucho erradicarlas debido a la resistencia de la cepa. Aquellos antibióticos no nos sirvieron de mucho. - Bueno. Si hay que pedir a algún laboratorio los antibióticos o alguna nueva droga, lo haremos. Usted sabe que por recursos yo no me detengo. - Hay que moverse con rapidez. Debemos crear un operativo de detección del contagio. Empezaremos por el Bar de La Cubana. Examinaremos a las Apostólicas, les sacaremos unas muestras y cerraremos el bar por cuarenta y ocho horas. - Usted sabe lo que nos ocasionará eso. Se nos va a amotinar el pueblo. - Pero hay que hacerlo. No podemos permitir que se siga diseminando la enfermedad. - Déjeme entonces hablar con Ramiro, segurito que no le va a gustar ni medio. También voy a hablar con el Capitán de la Guardia Nacional, Gumersindo Araque para que nos colabore. Le pediré que reúna a los últimos que han llegado. - Marcho para mi consultorio. Voy a prepararlo todo. A las seis les sacaré las muestras a las Apostólicas y, de paso, les hago su revisadita a los brasileños. - Cuente con mi apoyo, doctor, estoy para lo que usted tenga a bien. - Gracias, Braulio, siempre cuento con usted. Mientras se iba metiendo la camisa dentro del pantalón para ir a hablar con Ramiro Fuencisla, don Braulio Gutiérrez pensaba qué gran mal habría cometido para merecer ser el Jefe Civil de La Esperanza. El mal: huir de dos matrimonios, en los cuales consiguió ocho hijos, dos mujeres histéricas que se dejaron preñar para tenerle siempre bien amarradito y hacerle la vida imposible. Dos mujeres, ocho bocas que mantener y un "cuero", al cual daba todos los gustos. Y de tanto darle gusto, el cuero terminó por reventar su situación por no tener que llevar de comer a sus ocho hijos. Se armó aquella de la cual tuvo que salir huyendo, más aún, cuando se enteraron de que el cuero era la sobrina de Migdalia, su primera esposa, y que para colmo era menor de edad. - Viejo verde, no te da vergüenza, andar con una carajita que podría ser tu hija. Ni por tus hijos tienes respeto -le decía Migdalia enfurecida-. Vas preso, te lo juro. De nada te van a servir esas influencias que tienes en el Partido. En eso Migdalia se equivocó. Gracias al Partido consiguió esta chamba que le está resolviendo muy bien la vida. Gana mejor que nunca. También la corrupción llega a La Esperanza. Sabe exactamente cuándo ser duro y sabe también cómo hacerse la vista gorda cuando a sus intereses conviene. En La Esperanza se maneja mucho dinero. Existen muchos intereses. Hay que estar a bien con todos mientras que todos estén a bien con uno. Esa es su filosofía. Yo te ayudo pero tú me ayudas también. Y cuanto mayor sea la generosidad, mayor es la ayuda dada por él. La Encarnita -Silencio. Cállense, por favor -seguía la algarabía. Ramiro Fuencisla no logra poner orden. En el Bar de La Cubana es la reunión. Están Las Apostólicas, el doctor Francisco, don Braulio y Pierre Diderot. Las puertas están bien cerradas. -Silencio -vuelve a pedir Ramiro Fuencisla-. Señores, que no tenemos todo el día. Doctor Francisco, por favor, pase usted a hablar. -Gracias, Ramiro -al fin, todos se callan-. Bueno, como ya saben, aparentemente, tenemos un brote de sífilis que esperamos que no se convierta en epidémico. Realicé a Yasmín unas pruebas y las mandé a analizar a la capital, presiento que podría ser sífilis aunque no lo puedo aseverar hasta tener confirmado el resultado. Por lo tanto, propongo que actuemos con cautela ya que esta enfermedad, como bien sabemos, es altamente contagiosa -risitas entre Las Apostólicas-, claro, ya más de uno de los que estamos aquí sabemos lo que es esto. No os lo tengo que explicar. Bien, en vista de los acontecimientos, lo más prudente sería que se clausurara temporalmente este bar -el ambiente comienza a caldearse. Empiezan las protestas. Todos hablan a la vez-. Un momento, un momento, de uno en uno. Vamos a ver, Ramiro ¿qué tienes que decir? -Ramiro se dispone a hablar pero no puede, el griterío no se lo permite-. Silencio -se impone el doctor Francisco-. Somos gente adulta y tenemos un gran problema que resolver. Silencio, señores, por favor -las voces, paulatinamente, bajan el tono. - Bien, si se toma esa decisión soy yo el más perjudicado. Dejaría de ingresar dinero para poder pagar a las muchachas. Ellas también necesitan cobrar aunque sólo sea la dieta mínima, pues muchas tienen hijos que mantener -asienten a su vez Las Apostólicas-. Además, no podemos dejar a los mineros sin la bebida que es una vía de escape a su duro trabajo -el doctor Francisco sonríe ante tanta demagogia, ante esa actitud casi beatífica y salvadora con la que Ramiro Fuencisla plantea su disertación-. Los mineros esperan el final de la jornada para vivir un poco y esa vida la encuentran aquí en El Bar de La Cubana, en la bebida y en estas maravillosas mujeres -las Apostólicas aplauden eufóricamente. El doctor Francisco ve la pasión política de Ramiro que, como en un mitin, espera el voto de sus congéneres-. Pensemos, por lo tanto, en las consecuencias que podrían acarrear el cierre de este prestigioso local. He dicho. -Estoy de acuerdo -dice Pierre Diderot-. Si cerramos el local, La Esperanza va a ser un caos. Los hombres necesitan beber y gastarse el dinero para que al día siguiente vuelvan al trabajo. La gente con dinero no trabaja. Tienen que gastarlo para, ante la necesidad, salir a trabajar. ¿Cuándo un minero se ha hecho rico? Salvo en contadas excepciones. Todos creen que van a encontrar la piedra que los hará inmensamente ricos y cuando la encuentran dilapidan lo que han ganado en pocos días, en pocas horas, siempre pensando que al día siguiente conseguirán una mayor. Gastan su pequeña fortuna a la primera de cambio y si no pregúntenselo a alguna de estas damas -las Apostólicas se miran entre sí, en complicidad, y sonríen-. Los únicos que en este lugar nos hacemos ricos somos los presentes, incluyendo a nuestro amigo don Braulio -el Jefe Civil baja la mirada, no puede argumentar nada ya que prácticamente todos los que están en la reunión, incluyendo Las Apostólicas, le dan su buena tajada-. Entonces, señores, no nos apresuremos. Pensemos, determinemos, qué es lo más conveniente a nuestros intereses. -Si, Pierre -le interrumpe el doctor Francisco-, pero aquí estamos hablando de una epidemia y las primeras en contagiarse serán ellas como de hecho ya ha ocurrido con Yasmín -señalando a Las Apostólicas-. Sus vidas, la integridad física de cada una de ellas, están en serio peligro. Yo, como médico, hice un juramento y aunque yo me beneficie de los mineros, de sus cuchilladas por la bebida o por los celos, sé que no debo permitir que esta enfermedad se disemine. Creo que lo más sensato será, por lo menos, evitar el contacto sexual. Espero que al menos ustedes -viendo fijamente a cada una de las chicas-, estarán de acuerdo conmigo -al unísono, Las Apostólicas asienten-. Podríamos permitirles beber y bailar con las muchachas, pero nada más. -Lo ves fácil, Francisco, pero si no les dejamos que se desahoguen, vamos a tener complicaciones muy serias, inclusive violentas, como podrían llegar a ser las violaciones a las mujeres e hijas de los mineros y, por supuesto, las de las propias muchachas aquí presentes -le dice don Braulio mientras la Encarnita se santigua-. Son como fieras. El sexo y la bebida son las vías de escape que tienen para que La Esperanza no se convierta en un camposanto. Sabemos que muchos son huidos de la Justicia, algunos de estos hombres tienen más de un muerto a sus espaldas. Son gentes a las que no se les puede reprimir más de lo que ya están. Temo que puede ser muy peligroso, además, si se les permite beber ya sabemos lo que van a querer -mira a cada una de Las Apostólicas -y al ser ellas las que sirven las bebidas, les garantizo que más de una de ustedes va a tener problemas. Un hombre que se precie de tal, no puede evitar sucumbir ante los encantos de tan voluptuosas mujeres -las Apostólicas aplauden. La Encarnita le dice un-: ¡Olé, la madre que te parió! -vuelve la algarabía, todos comienzan a hablar a un tiempo. -Silencio. Silencio -Ramiro Fuencisla manda callar a todos-. Vemos que no se puede cerrar el local por los problemas que esto nos traería. Estaba pensando que las chicas, en vez de atender las mesas con esos trajes tan "sexis", si se vistieran más tapaditas, más recatadas, no llegarían a provocar tanto a los hombres y a ver si así los podemos contener un poco. Además, pienso que es importante reunir a todos los mineros y explicarles lo que está sucediendo. - No, imagínense que se llegue a saber que ha sido alguno de los garimpeiros el que ha traído la enfermedad. Esto va a ser una escabechina. A punta de machetes se los van a cargar. Esto puede llegar a convertirse en un problema internacional. Un problema diplomático entre países. ¡Qué va! ¡Lo que nos faltaba! -don Braulio sabía muy bien de lo que hablaba-. Ya entre ellos, no se pueden ver, démosles una excusa y tendremos un río de sangre. ¡Cuidado, señores! Lo que decidamos aquí puede ser causa de muchas muertes además de crear un grave incidente internacional. Lo que menos nos interesa, a ninguno de nosotros, es ponernos en el punto de mira de algún periódico o del propio Gobierno -comienzan los cuchicheos. Pierre Diderot mantiene el ceño fruncido, está pensativo, preocupado. -Doctor Francisco, ¿Cuándo tiene usted los resultados de la prueba? -Espero que mañana me los comuniquen por radio. Le envié una nota urgente al Jefe de Sanidad. -Bien -continúa don Braulio-, esta noche hay que evitar que las chicas trabajen, especialmente Yasmín. Pueden servir bebidas, eso sí, se me visten de monjitas. Vamos a evitar cualquier provocación. ¿Están de acuerdo? -todos en la reunión se miran y aprueban la moción-. Les diremos a los mineros que viene una revisión de Sanidad y que las chicas no pueden trabajar. Esas son las normas. Al que se ponga un poco cabrito, lo detendremos. Voy a hablar con el Capitán Araque para que me preste alguno de sus muchachos y así mantener el orden. Mañana veremos qué hacer. Sería bueno que cada uno de ustedes pensara en posibles soluciones a este problema y mañana las discutimos. Cada uno se va levantando de su asiento y se dirige a la guarida a la cual pertenece. Las Apostólicas, en grupitos, van comentando los incidentes de la reunión. -Tremenda broma -dice Trina-. Ahora, qué vamos a hacer. No puedo dejar de pensar en mis hijos. Si me llega a suceder algo, se quedarán solitos en el mundo. Si no trabajo, no voy a tener la plata suficiente para mantenerlos. -No te preocupes, chica -le dice la Encarnita-, esto pasa pronto. No es la primera vez que tenemos un brote de sífilis. Siempre al comienzo hay confusión, dos o tres días sin trabajar para luego volver a la misma rutina de siempre. No te diste cuenta de que ninguna de nosotras participó. Nos conocemos la historia y su final feliz, así es que no te preocupes. En cuanto Francisco examine a los garimpeiros y detecte que la enfermedad la han traído ellos, los ponen a toditos en cuarentena y a tratamiento y, verás que aquí no ha pasado nada. Te lo puedo garantizar. No te preocupes -Encarnita la abraza. De los ojos de Trina se escapan algunas lágrimas. -Deja de llorar. Tus hijos están bien y tú también. Todo se va a solucionar. -Gracias, Encarna. Eres mi ángel bueno. -Chica, no es para tanto. -Claro que sí. Eres la mejor amiga que he tenido. Encarna no llora, pero siente como el alma se le desgarra al pensar si ella muriera qué sería de su hija Manuela, interna en un colegio de Madrid. Hace un año que no la ve. -Debe estar enorme. Ya es una señorita de diecisiete años. Pronto irá a la universidad. Este año, como todos los años, tiene que ir a España a abrazarla, a besarla, a verla hecha toda una mujer. Ya es toda una mujer. Esa fue la edad que cambió el rumbo de su vida. La edad peligrosa. La edad tonta. La edad en la que te enamoras de verdad. La edad de la inocencia y de las ansias. La edad del despertar. La edad en la que te lo crees todo, en la que no desconfías porque crees que el mundo es del color en que lo miras, el color de la ilusión, de los sueños. Conoció a Manolo en la fiesta del pueblo. Era verano. El día de la Virgen. Todas las muchachas de Laracha salían de sus casas a misa de doce con las mejores galas. Tacones altos, faldas por encima de la rodilla, las piernas morenas por el sol. Muchas con el cabello suelto, bien liso. Se notaba que se habían pasado toda la noche con el rollete puesto. Otras, lucían las caracolas que forman en el cabello los rulos. Muy peinaditas. Muy enlacadas. Alguna que otra, llevaba una pañoleta sobre los hombros como queriendo evitar la desnudez de sus brazos al entrar en la iglesia. Quedaba alguna que todavía se cubría la cabeza con un velo blanco de tul con puntillas, aunque después del Concilio ya no se llevaba. Todas primorosas con sus boquitas pintadas que contrastaban con los coloretes naturales de sus fuertemente sonrosadas mejillas. Unas llevaban sombras verdes sobre los párpados, otras azules, pero todas lucían una línea negra gruesa, paralela a sus pestañas recargadas de rímel. Alguna se había pintado las uñas de color rosa-nácar. Estaban monísimas. Las campanas de la iglesia no dejaban de tocar. Los mozos, también, se lucían. Las camisas blancas, impecables, bien planchadas. El cabello esmeradamente peinado, algunos con gomina, bien pegadito al cráneo. Afeitados, acicalados. Las manos limpias, aunque era imposible borrar toda huella del trabajo del campo. La tierra se les metía en los poros, entre la piel encallecida y no había manera de que saliera. Las uñas también adquirían un tinte especial. Los mozos y las mozas se iban reuniendo en el pórtico de la iglesia. Se miraban de soslayo. Los chicos con las manos en los bolsillos sacaban el pecho. Ellas, entre risitas, comentaban el cambio de los mozos. Estaban guapísimos. Las miradas se buscaban. Los que ya se gustaban se identificaban y se envíaban esos mensajes que sólo los enamorados saben reconocer. La misa dio comienzo. La iglesia estaba a bote. La Virgen, más guapa que nunca. Las mozas y alguna que otra beata se habían encargado de que así fuera. Estaba rodeada de flores, mejor dicho, inundada de flores, casi no se la llegaba a ver. Era su día. La sacarían en procesión alrededor de la iglesia. Le tocaba a las mozas, como siempre, llevar las andas. Encarnita era una de ellas. Todas vírgenes, como la que habían de llevar a sus hombros. -Ave, Ave, Ave María... El párroco dio comienzo a la procesión. Pegado a la iglesia estaba el cementerio. Podían verse las lápidas de los parientes queridos, de los amigos, de los vecinos. Al frente, formando un perfecto triángulo equilátero, estaba el palco de la orquesta, un entarimado carcomido y cubierto por una lona sucia y desteñida por el paso del tiempo. Allí se daban cita -y se siguen dando- la fe, la vida y la muerte en un sincretismo poco habitual y que no ha cambiado en Galicia a pesar de los tiempos que corren. Es un hecho cultural muy arraigado el que la vida es socia de la muerte. Los muertos tienen derecho también a escuchar una buena pachanga. Más de uno, se marcará una muñeira en su tumba como la que se bailaron aquel día los coterráneos de la Encarnita. Los músicos se preparaban para tocar la sesión "vermú" y acompañar a la procesión. Los chiringuitos de las bebidas estaban repletos de paisanos. -Ave, Ave, Ave María... Llenos de fervor iban en la procesión las mozas, las beatas y algunos parroquianos y parroquianas que cantaban a pleno pulmón con voces aflautadas. El cura la presidía. Llevaba el incensario, el pequeño "botafumeiro" que regaba a troche y moche el humo gris, espeso, oloroso y penetrante. Dos monaguillos le seguían portando enormes cruces de bronce de infinitas filigranas. Cerraban la procesión los músicos de la orquesta que iban tocando la trompeta, el saxo y el tambor acompañando a ese Ave María melancólico, bucólico. En su contrato se especificaba que debían de acompañar a la procesión además de hacer la sesión "vermú" y la gran fiesta nocturna. A las mozas se las hundían los tacones en la tierra, entre el verde pasto. Iban incómodas, pero soportando ese pequeño sacrificio. Le pedían a la Santa Madre del Señor que les concediera un mozo bueno que las amara, las protegiera, las hiciera felices, les diera buenos hijos, fuertes y sanos para el campo. Encarnita soñaba con vestirse de blanco, imaginaba una hermosa boda en esa misma iglesia, casada por ese mismo cura que fue el que la bautizó y le dio su Primera Comunión, su confesor y guía espiritual. Iba soñando y despertando a la vez por la dificultad que representaba el caminar con tacones por el prado. El día anterior, sin más, había llovido. La tierra estaba blanda. -Ave, Ave, Ave María... La procesión terminó con la entrada de la Virgen a la Iglesia después de haber recorrido todo el perímetro exterior de la misma. Los músicos se disponían a tocar. El sol calentaba. Al fin, un pasodoble, Suspiros de España, abríó la sesión. Todos miraban embobados a la orquesta. El sol comenzó a inquietar a los presentes, a quemarlos en medio de aquel prado sin un solo árbol que les diera sombra. Todos trataban de guarecerse bajo el toldo de las bebidas. Unos gitanos portugueses, habían montado las inmensas barcas-columpio y, a modo de reclamo, ponían la música a todo dar compitiendo con la de los músicos. Algún que otro niño se decidía a desafiar a los mares del aire; otros correteaban persiguiéndose y los restantes, como pasmados, miraban a la orquesta. Encarnita la veía como hipnotizada. El cantante, Manolo, la estaba mirando fijamente. Le estaba dedicando esa canción, ella lo sabía. Su corazón latía apresuradamente. Sus ojos, fijos en los de él, deseaban llorar. Era él, el hombre de sus sueños. Cupido había hecho su trabajo. Se había enamorado. Sabía que sería suya para siempre. Después de seis canciones, terminó la sesión "vermú". Apenas seis canciones. Era el abreboca para la gran fiesta de la noche. Los músicos bajaban del destartalado escenario y se dirigían hacia el chiringuito a beberse un "cuba libre". Manolo se ubicó, a propósito, al lado de Encarnita. Era alto, interesante, moreno y de ojos verdes. Tenía unas patillas tan largas que casi le llegaban al mentón. Pantalones acampanados azules y unas botas vaqueras de tacón alto. La camisa azul cielo, abierta, dejaba ver su pecho peludo. Un símbolo de la paz, de grandes dimensiones, colgaba de su cuello y una gruesa esclava grabada con su nombre en exageradas letras góticas -Manuel-, circundaba su muñeca derecha. Varios anillos engalanaban sus manos. Todos estos aderezos eran de plata. Sonreía. Su sonrisa era reluciente, no en balde ya que tenía el incisivo derecho superior forrado en oro. A leguas se notaba que era de la ciudad. Sus manos eran delgadas y su piel lisa, cuidada. Ostentaba ese aire desenvuelto que no lo tenían los mozos del campo, además, era un artista, un ser sujeto a idolatrarse aunque sea unas horas y más por una joven que no conocía mundo, que sólo sabía de su pueblo y de las aldeas cercanas. -¡Hola! Me llamo Manolo. ¿Cómo te llamas? -Encarnita -ella bajó la mirada. Su cara y sus orejas se habían sonrojado. Latía su corazón fuertemente, sentía que se le va a salir por la boca. Trataba de llevarse el vaso de Coca-Cola a los labios, pero no podía hacerlo, creía que si bebía se le iba a derramar. -Encarnita. Qué nombre más bonito. Sabes, eres la muchacha más bella de Galicia -ella no levantaba la cabeza de la vergüenza que estaba pasando. Sus sienes iban a estallar. Las orejas las sentía gordas, como con fiebre, sabía que debía estar inmensamente colorada. Manolo continuaba con su verbo. -Me gustaría bailar contigo, pero no voy a poder hacerlo. Aquí, la fiesta la hago yo. Encarnita se atrevió a mirarlo y se sonrió. Él la tomó de la mano y acercándose a su oído le dijo: -Estoy enamorado de tí. Ha sido amor a primera vista. Nunca me había sucedido algo igual. A la joven se le aflojaron las piernas, sintió un gozo pleno, intuía que enamorarse debía de ser algo así. De pronto, comenzó a escuchar el toque de unas campanas, ding-dong, ding-dong, ding-dong. Las campanas del amor. Oía los brillos, el espectro completo de todos los sonidos. Un tañer dulce, melodioso, apacible. Eran las campanadas del amor. En ese momento lo supo. Sabía que había llegado su amor. Esa era la confirmación. Su abuela Dolores se lo había explicado cuando aún era una niña. Su cabeza se había convertido en un inmenso campanario de música celestial. Estaba segura, completamente segura. Se sintió totalmente fortalecida y mirándole fijamente a los ojos le dijo: -Yo también lo estoy de tí. A partir de ese momento comenzó su breve historia de amor. Su abuela Dolores nunca le dijo que no sintiera eso por un músico de fiesta de pueblo. Un trashumante que no tiene tiempo que perder si quiere conseguir los favores de las inocentes y apetecibles mozas, debido a las escasas horas que se detiene en cada pueblo. Conocen bien a la presa fácil, aquella que los mira fijamente, aquella que está transportada al cielo infinito. Basta tan sólo con mirarlas un poco para que ya estén en el bote. Y Encarnita había caído en él. Un bote sin fin. Aquella noche, después de la fiesta, ella se encontraría con su amor. Era una noche espléndida. Una hermosa luna llena iluminaba los campos. Los músicos fueron recogiendo rápidamente sus bártulos. Ella esperó pacientemente a que terminaran. Manolo la invitó a sentarse en su Seat 600 a conversar. Primero un beso, luego otro, hasta entregarse incondicionalmente a su amor, al hombre de su vida. Sentía las campanas, sabía que estaba haciendo lo correcto. Él, le había prometido matrimonio. Ella lloraba. Luego vino un beso, luego otro y se la benefició por segunda vez. Se juraron amor eterno. Él cruzaba sus dedos mientras lo hacía. Ella lloraba, ella reía. Y, vuelta a empezar, un beso, otro beso y, ya se sabe. La despedida fue corta. Manolo, cansado, se subió el cierre del pantalón y le dijo a Encarnita que le esperara hacia fin de mes ya que vendría a buscarla para formalizar el compromiso con sus padres. Encarnita le esperó sentada, un mes, dos meses, tres meses, cuatro meses. Su vientre crecía también. Su padre, al enterarse del estado de su hija la llevó al establo y allí, entre las vacas, la molió a golpes. Quiso explicarle lo de las campanas de la abuela Dolores, pero Don Saturnino no atendía ni entendía de esas sutilezas. Casi llegó a abortar entre la bosta y la paja putrefacta. Las puertas de su casa se le cerraron para siempre. La vergüenza de la familia. La deshonra. Era la comidilla del pueblo. La Encarnita preñada por un músico. -Fue el trompeta. -No, el hijo es del bajista. -No, es del cantante que yo los vi. -Hay que ser puta para irse con el primero que se te cruza por el camino. -Y con esa cara de mosquita muerta. -¡Qué vergüenza! Se tuvo que ir muy lejos. Buscó a Manolo desesperadamente y lo encontró viviendo en La Coruña con su mujer y sus tres hijos. En ese momento, se le cayeron todas las campanas celestiales encima. La pisotearon, la hundieron. Manolo, le dio algo de dinero y con eso, y su barriga, llegó a Madrid. Encontró trabajo como asistenta en la casa de un matrimonio de ancianos sin hijos, que la cuidaron y protegieron. A las diez lunas llenas exactas, nació Manuela. Llenó de alegría el corazón de aquellos abuelos. A los tres años murió la señora y a los cinco el señor. Volvieron a quedarse sin familia. Sin saber a dónde ir, ni qué hacer, ya que no era fácil conseguir una casa que las aceptara a ambas, Encarna, invirtió sus pequeños ahorros en un pasaje para América. Con todo dolor, metió interna a su pequeña hija en un colegio de monjas de Madrid y partió a "hacer las Américas" segura de su gran fortuna. -Adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos, adiós vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos. Repetía a Rosalía de Castro mientras el barco se alejaba de las costas de Vigo. La morriña empezaba a hacer mella. Extrañaba a su hija, a la tierra que dejaba, España, Galicia, Laracha. Sabía que en la aventura en la que se embarcaba tenía que renunciar a sus afectos y pasar algunos años hasta hacer fortuna y salvar su honor. Quería volver rica para pasearse ante su familia y ante la gente de su pueblo, aquellas deslenguadas que la habían tachado de puta. Ella iba a lavar su honor a punta de dinero. Lo tenía clarísimo. Llegó al Puerto de La Guaira una mañana de julio. Hacía calor. Un calor pegajoso por la humedad, pero a la vez agradable. Era una extraña sensación, tan extraña como el acento y el multicolor de sus gentes. Las palmeras se acunaban con la brisa marina, dejando caer, algunas, sus increíbles y enormes cocos verdes. -Agua de coco, señorita... Fresquita, para la niña -el pregonero, hábilmente daba un tajo en la punta del coco y le introducía una pajita plástica para poder absorber el jugo frío y extraño, ni dulce, ni amargo. Encarnita se fue caminando por la vereda del malecón, no sabía a dónde dirigirse ya que no conocía a nadie. Decidió explorar la zona y en Naiguatá encontró un hotel, no muy sofisticado, que buscaba una mucama. Consiguió el puesto y el techo. El dueño, un gallego de Xinzo de Limia, puso sus ojos desde el principio en ella. A pesar de estar casado, hostigaba constantemente a la galleguiña. La verdad es que la Encarnita estaba de muy buen ver y de mejor tocar. Rubia, de ojos azules, fina estampa celta. Delgada, aunque de amplias caderas y gruesos tobillos. Todavía conservaba ese aire campesino, apaletado y la inocencia, pues no había conocido más varón que a Manuel. Pronto, el jefe empezó a intimidarla, a perseguirla por todos los cuartos. Un día la acorraló en una de las habitaciones y le expresó muy claramente que, si no se dejaba tocar por él en ese momento, fuera pensando dónde iba a pasar la noche. Asustada, temerosa de su incierto futuro, permitió que aquel hombre la tocara, manoseara, sobara, palpara, toqueteara. Muerta de asco y decepcionada de sí misma, se fue a su cuarto a llorar su debilidad. A la mañana siguiente, fin de mes, Encarnita recibió de su jefe, además de la paga estipulada, una extra de cien dólares. No le venía nada mal. La gallega comenzó a despertar. Se dio cuenta de que para ella no era el amor, ese cuento de las campanas de la abuela Dolores no funcionaba. Los hombres sólo querían de ella su cuerpo, al menos, ahora sabía que podía recibir algo a cambio por él. Recordó a su familia y a la gente de su pueblo. Recordó por qué y para qué estaba en América. Recordó a Manuela, su hermosa hijita y las ganas que tenía de verla, de abrazarla, de besarla. Se desnudó frente al espejo, se soltó el moño que llevaba recogido en una castaña en la nuca y se observó detenidamente. A los veinticuatro años era una venus naciente en todo su esplendor. Tomó una decisión. La decisión de su vida. Soportaría que el jefe le metiera mano, le permitiría tocarla y hasta se abriría de piernas si fuese preciso. Y fue preciso. Después conoció a un huésped colombiano que solicitó sus favores por algo más de 120 dólares. Luego fue un "gringo". Después un chileno. Y así, sucesivamente, fue conociendo a una nutrida representación de la comunidad internacional. Su cuenta de ahorros fue creciendo. En vacaciones, compró un pasaje de avión y se fue a Madrid a ver a Manuela. Había crecido mucho para sus ocho años. Pasaron juntas unas inolvidables vacaciones. Veinte días pasan muy pronto. En la despedida le prometió que regresaría en un año y la promesa fue cumplida. Hizo la América con su cuerpo. Uno de sus clientes, huésped del hotel, le habló de La Esperanza, de lo prometedora que podía ser su carrera allí. Ganaría mucho, muchísimo dinero y en muy corto tiempo. Sin pensarlo, hizo las maletas y se instaló en el Bar de La Cubana. Ahora es una mujer rica, muy rica. Media Laracha le pertenece. Además, tiene varios pisos y locales en La Coruña y Madrid. Si quisiera, ya se podría haber retirado pero necesita de un poco más de tiempo para seguir acrecentando su fortuna y, así, restregársela a todos aquellos, incluyendo a Manolo, que la vejaron y abandonaron a su propia suerte. El recuerdo de Manuela y su sed de venganza le dan las fuerzas necesarias para aguantar a los mineros, sus babosadas y malos olores, su ebriedad y su ignorancia. No importa, pagan muy, pero que muy bien. Pierre Diderot No todo en La Esperanza es miseria. Por fuera aparenta ser tan sólo una churuata indígena de construcción circular. Dentro un paraíso. Un gran salón divide la vivienda. En el centro, un muy lustrado piano de cola de color marfil, a su alrededor amplios sofás de rattán con mullidos cojines que emulan la piel de cebra. En una esquina, una columna de tronco barnizado de casi seis metros de altura adornada por infinidad de orquídeas de todos los colores y tamaños que descienden en espiral. A un lado, dos hermosos y vistosos tucanes en una jaula de inmensas proporciones que les permite volar a sus anchas y posarse en un mango podado, especialmente, para que no supere los cuatro metros de altura. Al frente, una pared forrada de esterilla llena de obras de arte: Un Pizarro, un Renoir, un Dalí, un Braque, un Mondrián y en el centro un espectacular cuadro de Gauguin con todo su cálido colorido. Se pueden ver detalles de artesanía indígena de diferentes etnias: maquiritare, pemona, goajiba y yanomami, en alfombras, piezas de barro, flechas, máscaras ceremoniales, lanzas y vasijas que adornan cuidadosamente la estancia. Varias alfombras de jaguar engalanan el suelo. Seis chinchorros de palma moriche, de doble plaza, se ubican en distintos puntos del salón prendidos a los diferentes troncos de madera que sirven de columnas. Amplios ventanales con caída de agua dan frescura a la inmensa sala. A un lado de ésta, las habitaciones. La habitación principal, enorme, maravilla por su sencillez. Una cama king-size con dosel del cual pende un tupido mosquitero. Sábanas blancas de satén, esbeltos abanicos de palma adornan la cabecera. Una mesa de juncos retorcidos y vidrio, de ingenioso diseño, con dos sillas de mimbre. En otro lado, un secreter francés del S. XVIII pieza de alto contraste que causa una original armonía. Toda una pared de espejos alternados con varillas de junco. Por una puerta se accede al vestier, fabricado en rattán y mimbre, muy espacioso e iluminado. Por la otra puerta se llega al baño. Nunca podrá nadie imaginar la fantasía creada en esta grandísima habitación. Gigantes helechos bordean a una cascada de piedras negras pulidas cuyas aguas van a caer a una piscina jacuzzi diseñada con este tipo de cantos. Columnas de mármol con figuras de hombres esculturales se sitúan alrededor. Dicen que fueron sus amantes más queridos. En un lado, los lavabos, también de mármol con griferías de oro macizo y a continuación las duchas con la pared de piedra negra y el suelo de mármol inmaculado. Más allá, una sauna de madera de pino caribe. Discretamente, en un anexo, los retretes. Una puerta de troncos de bambú conduce a la sala de ejercicios donde toda suerte de aparatos modernos relucen a los rayos del sol que entran cenitalmente. En esta ala de la churuata también se encuentran cuatro habitaciones más para uso de invitados. Una gran biblioteca-despacho y un salón para juegos con billar incluido. Del otro lado, el sobrio comedor, con mesa y sillas de rattán. Una gran cesta indígena llena de frutas tropicales, piñas, guayabas, plátanos, lechosas, parchitas, mangos y guanábanas, adornan el centro de la mesa. Anexa, está la cocina y las dependencias del servicio doméstico. Alrededor de la gran churuata hay diez más pequeñas que sirven de viviendas a los guardaespaldas. Todo el terreno se conserva con una grama verde muy bien podada, bordeada por caminitos de cantos rodados muy blancos. Alguna que otra sábila gigante, cuidadosamente ubicada, adorna el jardín. Pierre Diderot es el amo y señor. Francés, 45 años, estatura media. Rubio, ojos verdes, apuesto. Su cuerpo extremadamente cuidado, sin un ápice de grasa. Elegante. Siempre bronceado. Homosexual. Es el tasador de La Esperanza. Por su mano pasan casi todas las piedras que se pueden recolectar en la zona. Las pesa, mide, investiga y paga. Su trabajo lo realiza en el propio pueblo, en un chiringuito de tablones. En el techo un ventilador. Por mobiliario una mesa, una silla y una sofisticada caja fuerte. Diez hombres de su escolta particular lo acompañan en su diaria labor. Un pequeño ejército de mercenarios, algunos ex-legionarios. Todos en La Esperanza respetan a Pierre. Él sabe como hacerse respetar. Ya lo creo. No tendría más de veinticinco años cuando se enamoró de él Carlo, el primogénito y único hijo varón del capo de la mafia de Nápoles. La mayor desgracia para la familia Portale. El viejo Luigi soñaba con la entera hombría de su sucesor. Carlo podía vivir su "vida" fuera de las fronteras de Italia, donde podía expresar su conducta casi con completa libertad. Casi, ya que viajaba siempre con dos guardaespaldas a los cuales tenía chantajeados. Viejas cuentas que sólo él conocía y que de saberlo su padre les habría costado la vida. No había problema, al llegar a París los encerraba, prácticamente, en el hotel. Así él podía vivir, disfrutar, conocer y enamorarse. Se enamoró en serio de Pierre, un joven gemólogo que trabajaba en la joyería de moiseur Leví al cual Carlo visitaba con periodicidad para la venta de piedras preciosas de contrabando. Fue amor a primera vista. A partir de este encuentro nunca se separaron. Algo más fuerte que el amor los unía, la piel, el olor, las ansias, la locura del contacto, del tenerte y traspasarte, el fundirte en el abrazo que sólo conocen aquellos que se comunican más allá del tiempo, que logran saciarse a pesar de una inagotable sed en el ser amado. Gustarse, degustarse en un inacabable baile de caricias, de besos profundos, de reconocimientos. Nunca antes habían amado así. En ese momento supieron que se pertenecerían para siempre. Carlo logró convencer al viejo Luigi Portale de la gran adquisición que había hecho en Francia de un experto gemólogo, de toda su confianza, el cual podría encargarse de la compra y venta de piedras preciosas mientras que él tendría mucho más tiempo para inmiscuirse en otras áreas del negocio familiar y así poder ir tomando las riendas del mismo. Una nueva vida juntos en Nápoles. Carlo le compró el más deslumbrante pent-house, exquisitamente decorado. Un perfecto nido de amor. Recorrieron el mundo: Africa, Asia y América en la búsqueda de las mejores piedras y de la libertad del amor. Nadie sospechaba nada, nadie sabía nada y ellos cada vez más unidos y felices. Pierre se había ganado el aprecio y la confianza de Don Luigi ya que el negocio era cada vez más próspero y floreciente y tenían, en parte gracias a él, la mayor tajada en el contrabando de piedras preciosas. Seis hermosos años de amor. Don Luigi estaba muy preocupado porque Carlo no se había casado todavía y ya tenía treinta y ocho años. Habló seriamente con su hijo y le confió que necesitaba morir con la seguridad de que su apellido tendría la continuidad que sólo él podría garantizar a no ser que alguna de sus hermanas le saliera con un bastardo. Le sugirió que sería interesante que se casara con la única hija de su gran amigo Giovanni, de la familia Spírito, la cual acababa de cumplir los dieciocho años. Ese matrimonio serviría de alianza entre ambas familias y aseguraría una mayor bonanza económica. Qué hacer... Le confesaría a su padre que para él Angelina Spírito no podría ser jamás su mujer. No, no podía hacer eso, su padre se moriría de dolor. En la familia Portale, nunca se supo de un varón que tuviera tal desviación. Ahora que, por parte de su madre, estaba el primo Federico. El siempre tan arregladito, tan perfumadito, tan amanerado, decían que era así porque era muy fino. ¡Muy fino! Él sabía muy bien quién era el primo Federico. Fue su primer amor, con él descubrió los placeres de Sodoma. Jamás su padre debería enterarse de su "infamia". Se casaría con Angelina Spírito y le daría los nietos que perpetuarían la estirpe de los Portale. Carlo y Angelina se casaron un día de primavera. Pasaron su luna de miel en la bella isla de Aruba. Carlo, recostado en la playa, sólo podía pensar en Pierre, en su piel, en su boca, en su verga siempre jugosa, en sus cabellos rozando su pecho. Pensaba en la decisión que ambos habían tomado ya que el propio Pierre le había pedido que se casara con Angelina. -Cásate, es mejor así, complace a tu padre. A mí, siempre me tendrás -decía mientras le besaba tiernamente. ¡Cuánta generosidad! ¡Cuánto amor! Siempre estaban juntos, trabajaban juntos, viajaban juntos. Era muy poco el tiempo que dedicaba a Angelina. ¡Siempre tan ocupado! -Mi marido es un hombre muy trabajador y me tiene como a una reina. Es tan considerado. Siempre tan educado. Tan correcto -decía Angelina a su amiga Rita, compañera de internado en Suiza-. Es un ángel, fíjate que estaba tan asustada la noche de la boda que ni fue capaz de tocarme, simplemente me acariciaba el cabello hasta que me fui quedando dormida. Cada noche, me toma entre sus brazos y me dice que esa gran noche llegará cuando yo esté dispuesta. Y llegó esa noche. Angelina se preparó, quería ella consumar ese matrimonio de más de seis meses. Era la primera noche para ambos, pues Carlo no había conocido mujer. Pensado en su Pierre tuvo una hermosa erección y en la penumbra de la noche logró penetrarla. Angelina se volvió más y más exigente y cada noche pretendía que su marido la amara con pasión. Pronto, se dio cuenta de que no podría satisfacerla. Cada vez se le hacía más difícil la proeza y no sabía ya qué inventar. -¿Es que ya no me quieres? Seguro que tienes a otra -gemía Angelina, sin entender el poco interés de su marido-. Otra más guapa que yo. ¿Es que ya no te gusto? - No, mi vida, tengo muchas preocupaciones. No llores más. Seca esas lágrimas, no seas tontita. - ¿Me quieres? - Claro, cómo no te voy a querer, eres mi esposa. - Anda, dime que me quieres. - Te quiero Angelina, te quiero mucho. La escena se repetía una y otra vez. Angelina, desesperada, contrató a un detective privado, el mejor de Roma, el cual se instaló en Nápoles para poder realizar concienzudamente su trabajo. Siguió a Carlo por toda Nápoles, Roma, París, Zurich, Amberes, Madrid, Caracas, Ciudad Bolívar y... nada. Su reporte concluía que "todos los pasos dados por el Sr. Carlo Portale los hacía en compañía de su colaborador el señor Pierre Diderot y que ambos llevaban una vida extremadamente ordenada: del hotel a sus reuniones de negocios y de sus reuniones de negocios al hotel, siempre solos y ordenados. Nunca fueron vistos en compañía de alguna mujer". Le entregó con el dossier más de doscientas fotografías que testimoniaban la lealtad de su marido. Angelina pudo calmar sus celos y angustias al "recomprobar" que se había casado con el hombre más bueno de la tierra. Sus ardores pronto comenzaron a mermar, al darse cuenta de cuán injusta era con su marido el cual sólo sabía trabajar y trabajar y que, por eso, estaba siempre tan cansado. Trabajaba en la oficina y luego seguía trabajando con Pierre en su pent-house. Llegaba siempre tarde y exánime. -"¡Qué trabajador¡ Ahora, seré la mujer perfecta para él"- no le exigiría más ya que estaba convencida de su fidelidad. A veces, la felicidad guarda su hiel, la verdad amarga cuando nadie la espera, ni quiere esperarla y, como no hay secretos bajo el sol, algún día se tenía que descubrir la doble vida de Carlo. Una noche, al cumplirse el año y medio de matrimonio, Angelina quiso sorprender gratamente a su marido. Cogió de la mesilla de noche de Carlo el duplicado de las llaves del pent-house de Pierre y se fue hacia allí con una hermosa cesta de mimbre en la que llevaba una exquisita cena para tres y una botella de champagne muy, muy frío. Se montó en su Porshe y salió de la mansión seguida por sus guardaespaldas. Llegó al exclusivo edificio de Pierre. Dejó el vehículo a uno de los gorilas y subió hasta el último piso. Abrió sigilosamente la puerta y fue avanzando de puntillas por el extenso salón enmoquetado de blanco. Dejó, sobre una espectacular mesa de marfil, la cesta de mimbre y el bolso. Vio una puerta entreabierta, se acercó lentamente, se asomó y... No podía creer lo que estaba viendo: su amado Carlo y Pierre, desnudos en la cama haciendo frenéticamente el amor. Tuvo náuseas, casi perdió el sentido. Se agarró fuertemente al quicio de la puerta y respiró. Quería gritar, pero no podía. Tomó aire y se apoyó contra la pared. Poco a poco, su cuerpo se fue deslizando hasta quedar completamente sentada en la alfombra. Todo su mundo se destruía como ella. Quería llorar pero no podía. Oía los gemidos, algunos lamentos y palabras de amor, palabras de amor entre hombres y uno de ellos era su marido. No lo podía soportar. Quería morir. Quería que ellos murieran -"¡Cerdos! ¡Hijos de puta! ¡Maricones!"-si su padre se llegara a enterar -"¡Maricones de mierda!"-Recordó que en su cartera llevaba una hermosa Calibre 22, que nunca había utilizado. Se levantó trastabillando y caminó lentamente, dando tumbos, hasta el bolso. Lo abrió y sacó la reluciente y espléndida arma que su padre le había regalado -"por si algún día la necesitas"- Recordó también, mientras la acariciaba, las prácticas de tiro en la villa de su padre. Le había enseñado a usarla el propio Parrote, el matón más fiel de la escuadra de Don Giovanni Spírito. Tomó el arma con seguridad y se dirigió al cuarto donde, en frenética acción, seguían los amantes. Abrió la puerta de par en par, caminó unos pasos y apuntó. Los amantes se sobresaltaron con el golpe y se despegaron. Atónitos veían a Angelina y a la pistola. Carlo se bajó de la cama para ir a su encuentro. Estaba desnudo, con los brazos abiertos, como queriendo abrazarla y explicar lo inexplicable. Ella, llorando, con el brazo extendido, sujetando muy bien el arma. De sus labios sólo salía un - no, no, no - Carlo lloraba, lloraba porque sentía el dolor de ella. Pierre se arrinconó en una esquina, como testigo de primera fila. Carlo, seguía caminando. Se vieron a los ojos profundamente, despidiéndose. Ambos sabían lo que iba a pasar. Angelina no dejó que avanzara más. La bala certera llegó al corazón de Carlo. Cayó a los pies de ella. Todo fue sucediendo en cámara lenta como si el tiempo se hubiera querido detener. Entonces, Angelina giró el arma y se la metió en la boca, accionó el gatillo y... silencio total. Sólo quedo suspendido en el espacio un intenso olor a pólvora y a sangre. Pierre, no lo podía creer. La masa encefálica de Angelina se esparcía por toda la pared hasta el techo. La alfombra blanca, de pelo grueso, se había tornado carmesí. Pierre, veía la escena sin poder reaccionar. Todo pasó tan rápido que tardó un tiempo en entender la magnitud del hecho. El olor a sangre y a vísceras le llegó de repente. No pudo contener las náuseas y el llanto. Pero ¿qué hacer? Se acercó a gatas hacia el cuerpo de Carlo aún tibio, lo tomó entre sus brazos, lo besó, lo acarició, lo apretó. Ya no podía hacer nada por él, estaba irremediablemente muerto. Llanto de amargura por lo perdido, lo irrecuperable. Lo acunó entre sus brazos para volverlo a la vida, le besó los labios pero el príncipe no despertó. Miró a su alrededor y se dio cuenta del problema en el que estaba metido. Cómo justificaba la desnudez de Carlo y el suicidio de Angelina. ¿Qué le diría a Don Portale y a Don Spírito? Un momento de lucidez en el caos. Necesitaba borrar huellas. Cambió las sábanas e hizo la cama de nuevo para borrar los olores masculinos. No podía permitir tal evidencia. Decidió vestir a Carlo. Le puso el calzoncillo, los calcetines, el pantalón, la correa y los zapatos. Lo dejó sin camisa, con el torso desnudo, algo común en una noche de verano. Lo acomodó en la misma posición en que cayó. Se vistió deprisa. Lo mejor era salir. Se topó con la cesta de Angelina. El servicio para tres. El champagne. ¿Qué debía hacer? Puso la mesa con candelabros, sacó la fina cristalería tallada y la vajilla de auténtica porcelana china de la dinastía Ming, el champagne lo puso en la cubeta. Tomó el bolso de Angelina y lo depositó en una silla del dormitorio. Tan sólo le restaba saber qué decir. -"Angelina llegó con una cesta para la cena y me pidió que los dejara solos ya que tenía que hablar algo con su marido. Les dije que se fueran al cuarto. Mientras fui poniendo la mesa, escuché como Angelina le decía algo sobre una mujer. Después oí los disparos, fui al cuarto y ¡Oh Dios!"- eso sería lo que debería decir. Salió del piso, dejó la puerta abierta y fue en la búsqueda de los guardaespaldas de él o de ella. Salió desesperado, gritando, llorando, pidiendo auxilio. Al momento, se encontraba rodeado por la guardia personal que no había alcanzado a escuchar los disparos. No pudo hablar, sólo lloraba. De inmediato desaparecieron camino del pent-house. Largas horas pasó en la comisaría explicando el desatino. Después vino el hermoso entierro de ambos. La prensa italiana se hizo eco del caso con lujo de detalles "Asesina a su marido y luego se suicida". Salió publicado el móvil del crimen: los celos, cosa que corroboró el detective contratado por la propia Angelina: -"Era una mujer sumamente celosa. Su marido un santo. Yo le tuve que seguir por varios países y la verdad que nunca vi un hombre más fiel. Del hotel a sus reuniones de negocios y de éstas al hotel". Angelina quedó como una perturbada mental y el pobre Carlo como el marido ejemplar. Pierre, no sabía qué hacer. Toda su vida se centraba en Carlo. Al desaparecer él, qué haría con su vida. Don Luigi Portale lo tomó como el sucesor de su hijo y quería que continuara con el negocio. Pierre aceptó, pero en un viaje que hizo a Sudamérica decidió quedarse allí, internarse en la selva y olvidar. Así se lo hizo saber a Don Luigi, por supuesto sin las explicaciones reales. El tiempo sabio fue cicatrizando las heridas. Lentamente, retomó el tema en el que era perito y qué mejor lugar que el bendecido por Dios con El Dorado. Allí, los diamantes están en sus ríos, en la tierra. Ya en La Gran Sabana se puede ver el presagio en los cuarzos que, a ras de tierra, como espejismos te hablan de diamantes. Otro día en La Esperanza. Pierre va tasando las piedras con sabiduría y entrega por ellas el estipendio acordado. Sabe cómo hacerse respetar. Lo aprendió muy bien en sus años con "la familia". Sus ojos suspicaces, no ocultan un dejo de nostalgia por ese gran amor que le enseñó a amar y a negociar. Ahora, su pareja es un negro guapetón y bragao, de Oriente, de Barlovento... "Tierra ardiente y del tambor". Negro mandingo, de cintura fina, piel lustrosa, bello, ferino, caliente, como modelo de Mapplethorpe. Es el que le sacia, ahora él le hace vibrar. Es instinto, es animal, nada más. El recuerdo de Carlo le sigue por siempre y para siempre, amén. -Acabo de hablar por radio con el doctor Rogelio Rupérez, Jefe de Sanidad. El análisis de Yasmín ha dado negativo en cuanto a sífilis -dice el doctor Francisco, que ha irrumpido en el despacho del Jefe Civil. Llega sudoroso, después de la carrera que ha tenido que hacer bajo el inclemente sol del mediodía. -¡Qué bien! ¡Menos mal! -dice don Braulio, secándose la frente con un pañuelo. -No, no tan bien. Yasmín está igualmente enferma. -¿Cómo? -Sí. Y lo peor es que no se sabe lo que tiene. Aparentemente, es un virus. -No será el SIDA. -No, no se sabe. Puede llegar a ser un VIH mutante. Realmente no lo saben. Van a enviar esas muestras al Instituto Nacional de Higiene para ver si detectan lo que es. -¿Y qué hacemos ahora? -Mejor siéntate -don Braulio, obediente, se instala en su silla de prefecto. -Esta mañana he revisado a diez mineros que tienen los mismos síntomas que Yasmín. -¿Qué? -Sí. Los mismos chancros. Además, presentan fiebre. Algunos más de cuarenta grados centígrados y los ganglios, axilares e inguinales, sumamente inflamados. Y hay que agregar a todo esto, vómitos y diarreas. -¡Coño de la madre! No puede ser. -Sí. Visité a Yasmín y presenta el mismo cuadro clínico. No sé qué hacer. -¿Y han tenido relaciones con Yasmín? -Sí. Casi todos. -¿Cómo casi todos? -Bueno, dos de ellos se han acostado con Edelmira y uno con La Argentina. -A lo mejor, no es un virus de transmisión sexual. -No lo sabemos. Pero si es de transmisión sexual la tenemos mal. Media Esperanza ya lo debe tener. -Pero, ¿esas chicas no usan condón? -No, por desgracia. A los mineros, como a todos -mira en complicidad a don Braulio-, les gusta hacerlo a pelo y por ello, les pagan más. Mira que se lo tengo dicho a las muchachas pero no hay forma de que lo entiendan. El dinero ahuyenta el temor a la muerte. -Esperemos que sea un virus inocente, aunque un poco molesto. -¡Ojalá! Mejor que esta información quede entre nosotros hasta que reciba un informe completo. -Okey. Está bien. Mejor esperaremos. Trina Con la cara todavía pintarrajeada se mira al espejo mohoso que se apoya entre la mesa y la pared. Se observa detenidamente. No en balde pasa el tiempo. El último cliente de la jornada se acaba de ir. Esa es su esperanza. El carmín se le ha regado alrededor de sus cuarteados labios ..."cara de payaso, boca de payaso... Eso eres tú". Nunca fue tan apropiada una canción. Besos de borrachos, de hombres barbudos, malolientes como cabras silvestres. ¡Qué forma de ganarse la vida! Pero bien vale la pena. Ya Javico va a entrar a la Universidad y Marisela pasó a 4º año de Bachillerato en su internado de señoritas de sociedad de la Isla. Piensan que su madre trabaja como Directora de Relaciones Públicas de una gran compañía minera. Si supieran que a públicas le sobra una consonante. Todo hubiera sido más fácil si Javier Alejandro no se hubiera fijado en la hermanita menor de su mejor amiga. Ella seguiría casada, con veinte kilos demás, haciendo tortas y tejiendo pañitos, pero la vida es impredecible y así, solita, tuvo que sacar a sus hijos pequeños adelante. Todo comenzó con la primera cuenta que no pudo pagar. Fue precisamente la del carnicero, un italiano medio mafioso que entre chuletas de cochino y bistecitos de hígado, con algún que otro pollo, fue resolviéndole la vida a Inés de La Trinidad. Después se encargó del alquiler, del pediatra, del profesor de música para Javico quien, desde pequeño, demostró buen oído. Así, un día tras otro, hasta que el olor de la sangre y la marca permanente de ésta en sus uñas acabó con aquella relación. Lo decidió también que el farmacéutico ya se hubiera fijado en ella. Después el ferretero, luego el panadero, etc, etc, etc, hasta completar toda la calle en ambas aceras y sus transversales. Pensó que nunca iba a amar, que sólo Javier Alejandro había sido el dueño de su amor. Su primero y único amor. Por venganza, por despecho y, en especial, por necesidad, se fue entregando al mejor postor, a aquel que asegurara las clases de música de Javico y las zapatillas rosadas de ballet de Marisela, hasta que apareció en su vida el doctor William Guillermo Pérez, odontólogo, buenmozo, alto, fornido, piel canela, ojos verdes, sonrisa amplia, educado, un hoyuelo en el mentón, dedos largos, vientre plano y ... casado. Pero el corazón desconoce esas sutilezas y para él, un simple estado civil no supone nada. Le amó desde el primer momento en que lo vio. Ahora sabe por qué. Le recordaba al padre de sus hijos. Era igualito a Javier Alejandro. Sus manos, su calor, su electricidad. Hasta su voz y esa pausada y amorosa manera de hablar. Sabía que no debería volver a verle, pero existía algo muy superior que se lo impedía. Necesitaba verle aunque tan sólo fuera en la consulta de la media mañana, necesitaba su voz y el calor de su cuerpo. Por supuesto, Inés de La Trinidad y sus hijos lucían las bocas más espléndidas de toda la Isla, sin una sola caries, con empastes de porcelana blanquísima y con una limpieza aséptica sin el menor vestigio de piedra. Llegó al punto de no tener más excusas para visitarle. William Guillermo fue incapaz de fijarse en sus amplios escotes, en sus vestidos ceñidos, en la abertura seductora de la falda que dejaba ver muy bien la redondez de sus muslos. Tampoco se percató de las medias negras de vena, siempre derechitas, que envolvían sus piernas como a una golosina, apetecidas siempre por todos los que la deseaban, ni de su perfume Passion Nº 14, tan seductor e íntimo. Inés de La Trinidad fue para él, simplemente, la señora de Mijares, madre de dos niños y excelente cliente, tan excelente, que en vez de chequearse cada seis meses como lo indican las pastas dentales, asistía al consultorio quincenalmente. Desesperada, por amor, cometió la locura de hablarle de esa inquietud a su amante-sostenedor de turno que era el dueño del edificio en el que habitaba con sus hijos. Y así, se vio en la calle, sin hombre que la mantuviera y profundamente enamorada de un imposible. Y por ese amor fue incapaz de entregarse a otro hombre que le solventara la vida. Buscó trabajo y, debido a su poca cualificación e instrucción, tuvo que conformarse con un puesto de mucama, al menos, en el mejor hotel de Santo Domingo. El sueldo no alcanzaba para nada. Javico dejó de aprender música y Marisela guardó sus zapatillas rosadas en la misma cajita en que venían cuando se las compró su mamá. Trabajaba duro, sin descanso, limpiando y perfumando habitaciones y baños donde reinaba la constante alegría de las vacaciones, del desenfado, de la vida cómoda. En una de las temporadas de gran afluencia de turistas, conoció a la Encarnita, la gallega, que había ido a descansar a la Isla después de una ardua jornada de trabajo. Su encuentro no fue uno de los más gratos. Inés de La Trinidad estaba haciendo la limpieza al cuarto 213 -el de la Encarnita- cuando, sin querer, de la repisa del baño tiró un frasco de perfume cuyo valor era de dos mil dólares la onza. Acababa de esparcir por el baño seis mil ochocientos noventa y tres dólares con seis centavos. Ni en veinte años podría pagarlo. En la desesperación Inés rompió a llorar. Por su mente pasaron sus hijos, mendigando, viviendo bajo cualquier puente. No cesaba de llorar. Encarnita corrió al baño y al ver el estado en que se encontraba la mujer por tan infortunado suceso, la asió por los hombros, la llevó hasta un sofá en la terraza, pues en el baño no había quien estuviera del tufo. Allí trató de calmarla diciéndole que no se preocupara. -¿Qué no me preocupe? -gimoteaba-. ¿Qué no me preocupe? -y comenzó a contarle su triste y trágica historia. Y como ya sabemos, la Encarnita siempre tuvo las más grandes cualidades para las confidencias. Después de cinco horas de monólogo, Inés se sintió aliviada, reconfortada, pudo hablar de su vida, de la pérdida de su esposo, de sus múltiples amantes-sostenedores, de sus hijos y de su desgraciado e imposible amor. Encarnita sintió por ella todo el amor y la compasión que una mujer puede experimentar por otra con la cual se solidariza, quizás porque se reconozca en la otra el espejo de la propia vida. -Te dije que no te preocuparas por ese perfume, porque, igual a ése, puedo tener veinte, si así lo deseo. ¿Entiendes filliña? -¿Es usted tan rica? -Algo. Pero no por herencia, todo me lo he ganado a pulso con mi trabajo -le decía mientras la miraba de arriba a abajo y de abajo a arriba. Buen cuerpo, buenas piernas, buenas tetas, lindo rostro-. ¿Sabes, si tú lo quisieras, podrías tener tanto o más que yo? Inés comprendió. Al mes, ya era una de Las Apostólicas. -De ahora en adelante, te llamarás Trina -ese fue el bautizo que le dio la Encarnita cuando la avioneta bimotor tocó la pista de aterrizaje de La Esperanza. La Boca del Amor Hermoso El Dr. Francisco se apersonó en el poblado de la tribu pemón para hacer un reconocimiento. Le había llamado por radio, con suma urgencia, con desesperación, el padre Severiano de la Orden de los Capuchinos. Le había pedido que trajera con él a unos efectivos de la Guardia Nacional. Los indios estaban muertos y los cadáveres esparcidos por toda la waipá. Se veía que nadie había podido atender a nadie. El piache está sentado en su murey, retraído, sin querer hablar. Veía a los espíritus de los muertos que le sonreían, que le invitaban a seguir el camino del cielo. Sus ojos recorrían cada uno de los rostros al tiempo que repetía una y otra vez, en su lengua, la misma frase. El misionero le hacía de intérprete. -El piache dice: "Han sido los blancos batas blancas". Esa frase la repite una y otra vez. Lo encontramos así como usted lo ve y nos contó algo que nos tiene muy extrañados. -¿Qué les ha dicho? -Nos dijo que hace aproximadamente un mes y medio, unos médicos vinieron a vacunarlos. El no fue vacunado ya que se encontraba en el bosque buscando raíces y plantas para sus curaciones. Es el único superviviente y al único que no vacunaron. ¿No le parece raro? Además, nosotros no teníamos noticias de esa vacunación y, como bien sabe, siempre las autoridades cuentan con nosotros cuando existe una acción sanitaria. -Sí, es raro. Yo tampoco tenía noticias de una vacunación -dijo el doctor Francisco sin dejar de ver el horror-. ¡Oh Dios! Es espantosa esta visión, da la sensación de ser un genocidio. -Quién sabe doctor, a lo mejor lo es. -¿Por qué lo dice, padre? -¡Ay, hijo! Hay muchos intereses creados en esta zona: oro, diamantes, tráfico de drogas, quién puede llegar a saber. Además, está la selva con todas sus preciadas maderas y su extensa tierra que quieren convertir en pastos para las reses de los grandes terratenientes. Espero equivocarme pero creo que los indígenas son testigos molestos para la codicia humana. -Lo que acaba de decir es muy grave, padre. -Sí. Lo es. Estos indígenas son los verdaderos dueños de esta tierra, de esta hermosa Tierra de Gracia como la llamó Colón, pero nosotros insistimos en arrebatársela de cualquier manera. Fíjese lo que está pasando y ha pasado en todo el Amazonas, ya sea venezolano, brasileño, colombiano, ecuatoriano o peruano. Hay matanzas indiscriminadas, tribus enteras desaparecen, los despojan de sus tierras, de las tierras de sus ancestros. No hay derecho, por eso, puede caber en mi mente la hipótesis de un etnocidio. Un etnocidio sofisticado, quizás, hasta se esté usando un arma biológica. -Claro, puede ser, por eso lo de la vacunación... -Sí, puede ser. Dios quiera que me equivoque pues otras tribus pueden estar en estos momentos en peligro. -Padre, debo informar de inmediato a las autoridades sanitarias. Por ahora, dejaremos los cadáveres como están, por si una comisión del Gobierno los quiere ver. El piache en su murey, seguía recitando una y otra vez la misma frase: -Han sido los blancos batas blancas. Han sido los blancos batas blancas -decía mientras se balanceaba hacia delante y hacia atrás a un ritmo loco, casi violento-. "Han sido los blancos batas blancas". Los espíritus de los pemones asesinados fueron abandonando la waipá despidiéndose del piache que, por fin, empezó a calmarse. ¿Con alguna de ustedes se ha acostado algún indio de la misión? -el Dr. Francisco pregunta a Las Apostólicas que están reunidas en el bar esperando a que lleguen los parroquianos. Sólo falta Yasmín. Está en cama con una fiebre muy alta. -Sí -contestan todas a la vez. -"La Boca del Amor Hermoso" -salta la Encarnita. -Sí. "La Boca del Amor Hermoso" -responden las demás entre risitas. -¿Quién es ese indio? Con ese nombre no conozco a ninguno. -Sí, Francisco, tú lo conoces -continúa la Encarnita-. Es Simón. -¿Simón? ¿La Boca del Amor Hermoso? -Mirá -le contesta La Argentina-, es que cuando hace el amor con cualquiera de nosotras, en el momento más álgido se para, te besa la boca y, sin más, suelta esa frasecita: "eres la boca del amor hermoso". -Todas ríen y cuchichean recordando a Simón en diferentes momentos del acto amoroso. -Está como loco por nosotras. Le debemos aumentar el morbo, ya sabes, por eso de ser diferentes a sus mujeres. Busca piedras con el único fin de acostarse con alguna de nosotras -puntualiza Edelmira. -¡Ah, sí! Alguna vez lo he visto irse con alguna de ustedes pero desconocía que fuera un poeta. -A nosotras nos hace gracia la frasecita. Siempre es la misma para todas -Encarnita se acomoda en la silla y continúa-. Es excelente cliente. Paga muy bien, más de la tarifa. Además, es buen minero, siempre consigue las mejores piedras para dárnoslas a nosotras -dice mientras siguen las risas y las miradas cómplices que entre ellas se cruzan. -Así que "La Boca del Amor Hermoso" -enfatiza el doctor Francisco-. Bueno chicas, eso es todo. -¿Qué pasa, Francisco? -Nada, investigación de rutina. -¿Está enfermo Simón? -No, goza de buena salud. Lo que pasa es que no quiero que si hay un virus por aquí se pase al poblado pemón. ¿Entiendes? -se lo deja claro a la Encarnita a la cual le gusta llegar a sus propias conclusiones-. Debo tomar todas las medidas necesarias. Así que tranquila ¿eh? El Dr. Francisco se queda con todo el dolor y la impotencia de no poder hacer nada. Ha de tener la sangre fría si quiere controlar la situación. No les puede decir que Simón ha muerto y que han muerto todos los indios de la misión a excepción del piache. No quiere que cunda el pánico. Esa misma tarde un avión de la Fuerzas Aéreas, se llevará a Yasmín y a dos docenas de mineros enfermos a un hospital de la capital, así, si les llega la muerte, nadie lo va a saber. Un equipo médico a cargo del doctor Itriago los atenderá personalmente. Han habilitado un pabellón especialmente para todos los casos que se puedan presentar. El doctor Francisco tiene orden expresa del propio Ministro de Sanidad de enviar a todos aquellos que presenten los síntomas. Nadie sabe lo que puede ser. Es un nuevo virus. Un virus desconocido pero violento. Un virus que puede dejar de un momento a otro desierta La Esperanza. Un virus del que se desconoce la forma de contagio, pero que se intuye que pueda ser por transmisión sexual. Le queda pendiente una gran pregunta en la mente del doctor Francisco: ¿quién se lo inoculó a los pemones y por qué? Coronel Telésforo Rodríguez Lo primero que hicieron los efectivos de la Guardia Nacional fue requisar todos los transmisores de radio, cuatro en total, para que así nadie pudiera comunicarse con el exterior y contara lo que en La Esperanza estaba sucediendo. Pierre Diderot, Ramiro Fuencisla, Braulio Gutiérrez y el doctor Francisco, los entregaron no sin antes resistirse y hacer valer sus derechos. En ese momento, todos comprendieron que La Esperanza se hallaba sitiada, que algo más grave que una simple epidemia de sífilis les estaba acosando. No valieron las protestas ni las instancias a los mandos superiores. Las órdenes habían sido precisas: -Nadie puede salir, ni comunicarse con el exterior hasta nueva orden. Suspendieron, también, los vuelos que llegaban al poblado dos veces por semana. Todas las avionetas, incluyendo la de Mr. Presley, no estaban autorizadas para aterrizar, sólo los vuelos militares estaban permitidos, los cuales no habían dejado de llegar con su consiguiente descarga de tropas. Ramiro fue el primero en protestar ante la máxima autoridad que había sustituido al teniente Araque ya que de esos vuelos dependía el surtido de su bar. De nada le habían valido las amenazas con las que había querido intimidar al coronel Telésforo Rodríguez. -Usted puede ser todo lo primo que quiera de uno de los más importantes generales del país. Yo tengo órdenes y las tengo que cumplir, así que usted a callar, a acatar a la autoridad a no ser que quiera que le detenga por subversivo. Pierre Diderot, acompañado por don Braulio, se atrevió a pedir explicaciones al ser él, un comerciante respetado que necesitaba saber lo que estaba pasando, ya que debía tomar decisiones pertinentes para su negocio por los compromisos adquiridos con importantes firmas del exterior. Además, debía enviar una remesa a la brevedad posible y mediante Mr. Presley que es persona de su total confianza. El Coronel escuchó atentamente su petición pero le fue muy claro y explícito y les despachó con un contundente: -No, lo siento. Tendrán que esperar hasta que reciba nuevas órdenes. Por primera vez en su vida, Pierre Diderot se dio cuenta de que no era el hombre fuerte de La Esperanza. Su autoridad la había perdido, le había sido arrebatado el poder y ya nada podía hacer sino callar y esperar. -Mejor será no complicar las cosas. El Coronel no bromea -lo ha podido ver en sus ojos. Don Braulio, sin embargo, de nada se queja. Le da lo mismo el que mande con tal de seguir siendo el Jefe Civil. Antes, el jefe era Pierre, ahora el Coronel. Mejor callar y seguir comiendo del nuevo bozal. Ha sido y será su filosofía. El doctor Francisco sólo tiene una preocupación y es la salud de la gente del poblado. También ha hablado con el Coronel, pero éste sólo se ha dignado a notificarle que una comisión médica llegará en breve y se hará cargo de la situación sanitaria. -No estoy autorizado para decirle más. La desolación se apoderó de todos ellos. La impotencia ante la autoridad. El sentirse de repente que no eres más lo que siempre has sido. El no tener respuestas y el saber que tu vida te la están manejando otros. Habían perdido la libertad como todos los moradores de La Esperanza. Sus reuniones de nada van a servir, no hay más que hablar. Pierre Diderot sopesa la nueva situación en la que se encuentra y se le cruzan imágenes de libertad que podría lograr con la ayuda de su pequeño ejército. Podría escapar a través de los ríos en una de las "Zodiac". Se dirige, entonces, hasta su fabulosa churuata e imparte las órdenes pertinentes pero, para su sorpresa, todas las embarcaciones con sus respectivos motores le han sido confiscadas. Es más, han confiscado todas las curiaras, botes y barcazas que pudieran existir en La Esperanza. No todo está perdido, tiene el ultra-liviano biplaza en el cual él, su amor y las piedras podrán escapar. Nueva sorpresa, ha sido confiscado también. La única forma de escapar será por tierra atravesando la selva. Reúne a sus hombres y les comunica sus planes. No llevaban más de diez minutos reunidos, cuando una comisión formada por más de cuarenta soldados al cargo de un teniente se aposta en las inmediaciones de la vivienda con órdenes expresas del Coronel de vigilarlos y así evitar cualquier intento de fuga. Pierre Diderot comprende que es imposible escapar, ahora está a merced del hombre fuerte de La Esperanza, el coronel Telésforo Rodríguez. Impotente, despide a sus hombres, se sirve un ron añejo Santa Teresa y se recuesta en el chinchorro a esperar. Sabe que no podrá hacer más. Mira el reloj, Antonio está próximo a llegar de su acostumbrado recorrido vespertino por los alrededores del poblacho. Llegará sudoroso, como siempre, e irá directo a tomarse una ducha. Anhela su cuerpo, su amplio tórax donde hoy necesita, como nunca, esconderse, protegerse de lo que no puede ya controlar. Olerá a canela y limón, a acidez y dulzura, a brisa y a brasa, a mimo y a escudo. Le espera, meciéndose acompasadamente en el chinchorro. El coronel Telésforo Rodríguez recorre La Esperanza con la intención de conseguir los espacios adecuados para la infraestructura sanitaria que se va a implementar en el pueblo. Camina por la polvorienta calle central con un sol abrasante que, sin piedad, le hace sudar a chorros. Va apartando a las gallinas que se le enredan entre las piernas a cada paso que da. Le acompaña una pequeña compañía encargada de su propia seguridad y una escueta comitiva de guardias nacionales. Algunos curiosos se van acercando para ver de cerca al alto mando militar, otros les siguen mientras que la pequeña escolta los va tratando de sacar del cortejo. Todos quieren saber por qué no está más el teniente Araque, el cual se había ganado las simpatías de la población. Se había corrido la voz de que estaba enfermo y que lo habían enviado, de urgencia, al Hospital Militar. Eso fue lo que le contó un soldado a la Encarnita y ella se lo contó a Las Apostólicas restantes, quienes a su vez se lo comentaron a media Esperanza. Como no hay prensa impresa, las noticias suelen correr de boca en boca, con tal eficacia que, cualquier acontecimiento que se suscite en el pueblo, es sabido por todos en menos de dos horas. Ninguno de los militares o los guardias nacionales les dan una respuesta. Están a lo suyo, discutiendo y analizando los lugares más convenientes para el operativo sanitario. Al fin, llegan hasta el inmenso cuadrilátero de tierra, en el medio del pueblo donde, en una fecha no muy lejana, el Jefe Civil, va a inaugurar la Plaza Bolívar. Hay suficiente espacio como para instalar el gran hospital de campaña. Los soldaditos van midiendo para comprobar que no sólo tiene buena vista agrimensora el coronel, sino que ha sido sumamente preciso al acertar las medidas exactas que posee el espacio. Le ha gustado el sitio desde el primer momento ya que tiene varias hileras de árboles a los laterales que proyectan sus refrescante sombra a esa hora del mediodía. Habían decidido, en primera instancia, ubicar el terreno justo en el extrarradio, pero al recorrerlo se dieron cuenta que todo estaba lleno de pequeños conucos sembrados por las mujeres de los mineros para la alimentación, lo que supondría casi instalarse en la selva. Después de tanto recorrer, llegaron a la conclusión de que ese era el mejor sitio para levantar el hospital. La gran desventaja era la evidencia constante de la enfermedad en la población. -Bueno y qué se va hacer. Pues tendrán que mirar a los enfermos. Además, no sabemos todavía cuántos podrán estar infectados -decía el coronel. -Si sacamos conclusiones por las bajas entre nuestros efectivos, la cosa debe de ser muy grave -respondía el capitán Martínez de la Guardia Nacional. -Bueno, dejémonos de parrafadas y a trabajar. Ya puede venir la tropa a instalar el hospital. Así, en escasos minutos fueron apareciendo los soldaditos con los tubos de metal, las cuerdas y las lonas. El propio coronel Telésforo Rodríguez se encargó de supervisarlos. Miró su reloj, la una menos cuarto, y se dio cuenta que tan sólo hacía veinticuatro horas que él se encontraba enroscado por las piernas de su amorcitico, Pelusita. La excitación le volvió al cuerpo de solo recordarla. Allí estaba la Pelusita gritando como loca, del placer que sólo el sabía darle, cuando sonó el teléfono móvil. Era el propio ministro de la Defensa el que le hablaba. Requería su presencia en el Ministerio, a la brevedad posible. Terminó lo que estaba haciendo, pues siempre se había caracterizado por no dejar las cosas a medias, se duchó, vistió y salió corriendo a tan importante reunión a la que era requerido. En el Ministerio había más movimiento del habitual, la gente no había salido a almorzar. Llegó hasta el despacho del Ministro donde la secretaria le hizo pasar a la sala de conferencias donde se hallaba reunido con los ministros de Sanidad, Justicia, Interior y el Secretario de la Presidencia. Sin protocolos, le hicieron sentarse. -Amigo Telésforo, deberá usted partir en una hora hacia La Esperanza. Su misión inmediata consiste en no permitir que nadie, absolutamente nadie, salga del pueblo. Estamos en Emergencia Nacional -le cede la palabra al Ministro de Sanidad el de Defensa. -Se ha desatado un foco infeccioso en la zona, producido por un virus de origen desconocido del que sabemos con certeza que es mortal. Nuestras proyecciones nos hacen suponer que gran parte de la población está contaminada. Quiero que vea este video que fue tomado en un asentamiento pemón -aparecen las imágenes en una enorme pantalla de tecnología japonesa y con una muy alta definición en sus líneas lo que les produce la sensación de que casi pueden tocar a las personas que van surgiendo en la misma. -Estos indígenas fueron asesinados, les inyectaron un virus. Tan sólo se salvó el piache que, como usted mismo puede ver, enloqueció. -Por Dios, quién ha hecho eso -realmente conmocionado reacciona el coronel. -No lo sabemos. Nuestro servicio de inteligencia está manejando varias hipótesis en estos momentos -comenta el Ministro del Interior. -Pensamos en diferentes grupos con intereses en la zona: narcotraficantes, terratenientes, explotadores mineros... -El caso es que han utilizado un virus de laboratorio y que no sabemos muy bien cómo se ha escapado a la población de La Esperanza -interviene el Ministro de Sanidad mientras se suceden imágenes realmente patéticas en la pantalla. -Estamos en emergencia nacional por orden del Presidente -expresa el Secretario de la Presidencia-. Tememos que el caso pemón no sea un caso aislado y que otras etnias estén en estos momentos en peligro. -Ya estamos tomando las previsiones pertinentes, enviando tropas que protejan a cada tribu indígena -retoma el Ministro de Defensa, al tiempo que enciende un cigarrillo-. Su misión es muy delicada e importante ya que del éxito de ella depende la seguridad del país. Estas son sus órdenes: Primero, no permita la entrada de ningún civil al pueblo, por lo tanto queda suspendido cualquier clase de tráfico que tenga acceso a La Esperanza. Segundo, no puede permitir a ningún parroquiano abandonar el pueblo hasta que se tenga la absoluta certeza de que no ha sido contagiado. Tercero, apoyará logísticamente, y en cuanto tengan a bien requerirle, al grupo médico que saldrá mañana hacia allí. Cuarto, decomisará todos los transmisores de radio con los que puedan comunicarse con el exterior, ya que no queremos que lo que está sucediendo allí trascienda a los medios de comunicación con el consiguiente pánico que esto puede generar en la población del país, así como el daño que nos causaría en el sector turístico. Quinto, queda usted autorizado para tomar las medidas que considere pertinentes sobre aquellas personas que desacaten éstas órdenes. Se le permite aplicar la Ley de Fuga -el Ministro toma una carpeta y se la entrega-. Aquí tiene un informe detallado de la operación, tendrá tiempo de estudiarlo en el avión. Se han puesto bajo su mando a 1.500 efectivos entre soldados y guardias nacionales. Eso fue todo. No pudo siquiera despedirse de Pelusa. Llamó a su esposa y le pidió que le hiciera las maletas. Pasó por su casa, besó a sus hijos y de ahí al aeropuerto de La Carlota, donde tomaría el avión de la Fuerzas Aéreas rumbo a La Esperanza. Rosalinda Don Braulio ha tomado, como todas las tardes, el camino del rancherío que conduce hacia el río, para observar a una muchachita que la conoce desde niña y que, de un tiempo a esta parte, ha crecido considerablemente. Está en la justa frontera de niña-mujer. Todas las tardes, la ve bañarse en el río junto a los demás niños de la vecindad, desde su atalaya privada que no es más que un par de lajas de cierta altura proyectadas sobre el río. Allí, como una iguana, se extiende al sol y desde su inocente pose, no hace más que proyectar sus más abyectos pensamientos hacia ella. Le ha llegado la hora a la criatura. Como a una res, lleva cuatro años observándola, engordándola con su vista de viejo libidinoso. Ya le aprecia unas incipientes y redonditas teticas, donde antes sólo veía dos minúsculos botoncitos. Está empezando a ser mujercita sin abandonar todavía la infancia. Está "al dente". Su pubis se ha ido recubriendo de un suave vello, una especie de pelusilla gris que brilla al reflejarla el sol. Ha llegado el momento de llevarla con él a su casa, la casa más importante del pueblo, la del Gobierno. Sabe que no le va a costar mucho. Se ha ganado la confianza de la niña, a fuerza de trabajarla con pequeños regalitos que le fue dando con el consentimiento de sus padres, con los cuales ha mantenido una relación de estrecha amistad. No sólo ha regalado a la niña cosas. A la madre, a cada tantito, le ha dejado caer unos kilitos de harina de maíz "Pan" o de caraotas negras y alguna que otra camiseta con el logotipo del partido; al padre, sus botellitas de ron "Pampero" y alguna que otra cervecita "Polar" en el bar de La Cubana; a los hermanitos, juguetes y golosinas. Nunca ha dado que sospechar, tanto así, que el último hijo del matrimonio, nacido apenas hace dos años, le fue entregado como ahijado. Le ha llegado su tiempo a Rosalinda. El amo ha engordado de sobra al ganado y va siendo hora de que se lo beneficie. Espera a que ella salga del agua, se seque el cuerpo, la larga cabellera y se vista con su sencillo vestido de algodón. Cuando ya está lista, a punto de partir, la llama. Ella, inocente, se acerca corriendo, solícita a la llamada de un familiar querido. El, le dice algo al oído, ella ríe y se van los dos por el camino que conduce a la casa gubernamental. Ella va dando saltitos, él con sus pensamientos de lo que hará, por dónde empezará, cómo la convencerá para lograr hacerle todo lo que él quiere y, lo más importante, cómo ganará su silencio de todo lo que en pocos minutos le habrá de pasar. Entonces, del bolsillo se saca una enorme piedra del tamaño de una nuez que deja reflejar al sol para que la niña la vea. Ella, nunca había visto nada igual, las pocas que había conseguido su padre, a lo largo de los cuatro años, eran liliputienses comparadas con aquella. Esta debía ser la madre de todas las piedras. -Con una piedra así, mi familia sería rica, inmensamente rica -le dijo Rosalinda a don Braulio. -Si eres obediente en todo lo que te voy a pedir, te la regalo -le replicó don Braulio socarronamente-, esta que ves aquí y muchas más. Rosalinda le sonríe y asiente con la cabeza dando su conformidad a su propuesta. El, al ver este gesto, se da cuenta de que había valido la pena esperar. Ramiro Fuencisla, como los demás, sabe que no hay salida posible. Ahora mandan ellos, los militares y contra su voluntad nada se puede hacer. No le sirvió el jactarse de poseer las influencias de su primo para ser tratado con más condescendencia. Todavía tiene provisiones para dos semanas, con eso puede mantener el negocio de forma habitual. No era la primera vez que al pueblo se le ponía en cuarentena debido a las enfermedades de transmisión sexual. Más de una venérea los había mantenido aislados durante meses, pero esto sobrepasaba todo lo vivido anteriormente. Antes se permitían, a pesar de la cuarentena, los vuelos regulares que traían las bebidas y los víveres, pero ahora, ni siquiera eso. Algo realmente grave estaba pasando. No quería asustar a sus chicas. Las Apostólicas debían seguir trabajando con ciertas precauciones, por supuesto, pero trabajando, sirviendo las bebidas, bailando con los mineros y prodigando sus hábiles caricias a aquellos a los que la soledad, la frustración o la líbido hacía que solicitasen sus más íntimos servicios. Todo debía continuar como siempre. No dejaría traslucir su desasosiego. Las chicas, con su sexto sentido, podrían descubrirle y caer todas ellas en un estado de desconcierto general nada beneficioso a sus intereses. Conocía muy bien ciertos ataques de histeria de alguna de ellas -cosa siempre apropiada en las mujeres por poseer híster o útero -como las escenitas que le montaba Carmela Rubiales que de rubia no tiene nada ya que es negra azabache de pies a cabeza. Conserva la pureza de su raza -y se jacta de ello- ya que ninguno de sus antepasados, a pesar de la esclavitud, se ha unido a otra raza que no fuera la africana, pudiendo así conservar su piel negra como la noche sin luna. Nada de mestizaje, nada de mulato o de zambo se pierde en su piel. Está orgullosa de ello. A Carmela, Ramiro le tiene los tiempos medidos ya que días antes de venirle la regla cambia su dulzura, zalamería y buen carácter habitual por un estado propio de pantera enjaulada. Cualquier nimiedad se magnífica ante sus ojos, cualquier chanza sin mayor importancia se convierte en un problema insoluble hasta que por fin menstrua y con la sangre se le van los malos humores que mantienen a la pequeña comunidad en ascuas. Tan fuerte es su cambio de carácter que hasta llegaron a creer en un momento que estaba poseída por el mismo demonio. Nunca olvidará aquel momento Giliberto Serrano cuando, en pleno acto amoroso, la negra comenzó a insultarle y a pegarle para que acabara de una vez o que se creía él, que ella no tenía nada más que hacer. Fue bochornoso el ver salir a Giliberto, con la camiseta toda desgarrada y los calcetines marrones sin otra prenda que le cubriera, corriendo por todo el bar, a la vista de todos, mientras la Carmela le perseguía con una botella de cerveza rota donde los afilados cristales podían haber ocasionado una desgracia. En pleno ataque de locura, la negra gritaba, insultaba a los parroquianos y a las propias compañeras de labor a las que sacaba los trapitos sucios cosa que, en otro momento, hubiera sido incapaz de hacer. Al fin, la redujeron ocho hombres, incluido Ramiro que la ataron a la cama y así la mantuvieron tres días hasta que se calmó. Si no llega a ser por el doctor Francisco, la pobre casi pasa por un juicio de la inquisición popular que la quería linchar para extraerle los malos espíritus que se habían apoderado de ella. El doctor Francisco la mantiene medicada, lo que ha suavizado ostensiblemente esas manifestaciones ováricas. Ramiro ha pensado, más de una vez, despedirla, pero la negra es una de las favoritas de sus clientes, es caliente, fogosa, se la ve que goza con cada hombre que la posee. Ella se metió a puta, al contrario que sus compañeras, porque le gustaba. No fue por necesidad económica, fue por una necesidad biológica y psicológica de ser deseada y poseída por cuantos más hombres mejor. Caso extraño de satisfacción laboral. Se siente realizada y lo que más le molesta es que no tenga más horas el día para así gozar más. Lamenta esos días previos al período en los que baja considerablemente el número de clientes, aunque no sabe muy bien por qué. Sus clientes más cautivos suelen poner distancia en esos fatídicos días, más siempre hay alguno que le va el morbo que produce la Carmela un poco alterada. Es como andar en la cuerda floja, puedes experimentar la mayor descarga de adrenalina como también te puedes llegar a estrellar. Ellos asumen su propio riesgo. Ramiro ha ideado un sistema de alerta que les avisa de los cambios endocrinos de la Carmela. Utiliza para ello a un San Judas Tadeo que tiene en el negocio, el cual orienta hacia el sur indicando los días críticos en los que no es conveniente mantener contacto carnal con la Rubiales. Los clientes, según la orientación del santo, saben si deben o no pedir los favores de la negrita sabrosa. De esta forma, ha evitado los graves incidentes que solían ocasionarse en tales fechas próximas a la "mala semana", como se la llama a veces y, en este caso, mala para todos, para el negocio y para todos los hombres que sueñan con ella, con su cangrejera, que es el gran secreto de su éxito. A las demás Apostólicas las tiene controladas, de vez en cuando pueden tener su ataquito de histeria pero nada grave, él puede manejar siempre la situación. Tiene miedo por lo que se avecina. Si se alteran las mujeres, sí que va a ser un gran problema. Mejor será que él mismo se aclare las ideas y se ponga positivo, no sea que ellas le olfateen y se arme la de órdago. Comienza a vagar por la calle principal hacia el final del pueblo, más allá está la selva que puede darle a su mente otro pensar y a su espítu la calma que tanta falta le hace. El doctor Francisco ha ido a visitar a algunos mineros que se encuentran enfermos. Sus mujeres le han venido a buscar. Están preocupadas por la suerte de sus hombres. Creen que es la malaria que les causa esas fiebres tan altas. El sabe que es otra cosa aún peor. Un peligroso virus al cual nunca antes se había enfrentado. En su mente están presentes los cadáveres de los indígenas masacrados, ellos murieron por ese virus. Reconoce a cada enfermo cuidadosamente. Todos presentan los mismos síntomas: fiebre, chancros, diarreas, vómitos y malestar general. Toma a cada uno muestras de sangre para hacerlas analizar. Le parece ver a "La Boca del Amor Hermoso" al lado de cada enfermo que visita, como si se hubiera convertido en La Muerte que, en vez de guadaña, lleva una larga flecha orlada de plumas multicolores. Le sonríe, como siempre lo hacía, amable, nerviosamente, casi con vergüenza, con timidez. Le hace señales extrañas que el doctor Francisco no llega a comprender. Señala a cuanta persona se acerca al enfermo, a excepción de los niños, después se abraza, levanta el brazo y con el índice señala al cielo. Eso lo repite una y otra vez con cada enfermo y sus familiares. Algo quiere decirle. -No puede ser, no puede estar ahí si está muerto -se repite el doctor Francisco al tiempo que se restriega los ojos, limpia los lentes por si acaso algún otro indígena se refleja en él ya que no quiere creer que pueda llegar a ser un fenómeno paranormal. Mira hacia todos los lados pero no ve a ningún indio, tan sólo a la familia del enfermo. Como hombre racional, analiza el hecho. Lo achaca a su obsesión por querer detener el mal y, claro, como fue Simón el que les traspasó el virus, por eso lo ve junto a los enfermos. Todo lo está proyectando su mente. El indio Simón -La Boca del Amor Hermoso- era simpático, buen trabajador y buen minero. Siempre estaba dispuesto a colaborar con la persona que se lo pidiera por eso era tan querido por todos. Cada mañana llegaba al pueblo con los primeros rayos del sol. Se le veía venir, por el camino que se perdía en la selva, con su paso ligero, cargando su arco y el carcaj con las flechas. Vestía su guayuco, un minúsculo taparrabos que le cubría apenas los genitales. Llegando ya a la mitad del camino se ponía un viejo, descolorido y ajado pantalón que le hacía sentirse más cercano a los habitantes de la "civilización". Desde allí, ya vestido de paisano, cogía el camino hacia el río para reunirse con los mineros -los que quedaban sobrios del día anterior- para enfrentarse a una nueva jornada laboral. No dejaba de trabajar hasta que conseguía alguna piedra. Tenía un olfato especial para saber donde se podían encontrar las mejores. Allí donde se pusiera Simón se trasladaba la mayoría de los mineros a sabiendas de que iban a encontrar algo que llevarle al poderoso señor Diderot. Simón, en cuanto descubría una piedra, salía corriendo hacia el Bar de La Cubana donde las muchachas, conocedoras del valor de la misma, se la canjeaban por sus esmerados servicios. Simón, nunca tuvo conciencia de la inmensa riqueza que había dilapidado. Para él, las piedras eran simples guijarros transparentes aunque un poco más difíciles de hallar. Simón había sido feliz. Ellas le hicieron feliz hasta que llegaron los blancos batas blancas para darle la muerte. El doctor Francisco es consciente de la magnitud de la tragedia. Si el gobierno sanitario no actúa rápidamente mucha gente puede morir. De hecho, ya hay varias personas infectadas que habrá que trasladar a la capital donde podrán ser atendidas correctamente. El no puede controlar la enfermedad pues es un virus nuevo el causante de la misma. No tiene el tratamiento adecuado para detenerlo y, además, lo desconoce. Se siente con las manos atadas. Había tenido casos difíciles a lo largo de su carrera, pero ninguno como el que le está tocando vivir. Su pequeña botica ya está vacía. Ha repartido todas las vitaminas para que actúen como placebos, de esta forma les engaña un poco, consiguiendo al menos que se sientan atendidos en su malestar. También se le han agotado los antipiréticos para bajar la fiebre. Lo último que está entregando son pequeñas porciones de alcohol para desinfectar aquellos chancros que tienen peor aspecto. Su presencia, al menos, consuela a los familiares de los enfermos ya que estos, por su altísima fiebre, ni se enteran de su visita. Les explica que los tendrán que trasladar a un hospital donde reciban el tratamiento más indicado. Las mujeres lloran, no pueden acompañar a sus maridos, ya que tendrían que abandonar a los hijos. Además, quién trabajaría para darles de comer. El doctor Francisco las tranquiliza, les da ánimos al decirles que será una cuestión de días, de una o dos semanas y que vendrán de vuelta más sanos y fuertes. Ninguna le cree, pero al menos se mienten ante la gravedad de la enfermedad del marido. Saben que algo terrible deben tener sus enfermos para que el doctor Francisco no pueda curarles. El nunca les ha fallado. Si algo tiene bueno La Esperanza es su médico. Resignadas y llorosas, le despiden cada una a la puerta de su rancho, mientras que sus triponcitos se agarran fuertemente a sus faldas. Alvaro Alvaro Gómez Canelones, observa la escena sin mayor interés. Toma su cerveza lentamente, tratando de apagar no sólo la sed del duro trabajo sino la sed de su propio vacío. Entre sorbo y sorbo, se fija en los voluminosos pechos de La Argentina que se mueven en cada gesto. Se acunan, se mecen a la par que sus brazos suben o bajan. Un escote profundo le permite ver las inmensas masas mamarias cómo se frotan entre sí, cómo pelean por un espacio vital, por un acomodo. En la ranura que forman los pechos cabría fácilmente, de canto, un plato de postre. Alvaro la mira, la remira, la vuelve a mirar, hipnotizado por la abundancia. Ve las venas que se traslucen a través de esa piel extremadamente blanca. Puede seguir el camino de alguna de ellas que se van a perder al bajo escote. Y ahí, se queda perdido, suspendido en una especie de nimbo. Sus ojos permanecen en ese desenfoque que solemos hacer cuando estamos viendo algo fijamente. Cierra los párpados e, inevitablemente, se encuentra con otro escote, querido, amado, deseado. Los pechos de Lucía, pequeños, firmes, moviéndose al ritmo del rock & roll. Las luces del escenario y el movimiento han creado en su piel miles de gotitas de sudor que le dan un lustre especial. La mira, la remira. El público está desbocado. Los fans chillan, lloran. La histeria colectiva impregna de electricidad el estadio. Ciento veinte mil personas exacerbadas, frenéticas, con los brazos en alto, enlazados, llevando la música al compás. Se siente flotar. Si existe el cielo, esto debe de ser una aproximación a él. Aprieta la guitarra eléctrica contra su pecho y, con destreza, sus dedos comienzan el gran solo, el solo esperado de su público. El estadio se viene abajo, cae bajo su magia. Una vez más, los ha atrapado. De allí, a la misma rutina. Se irá al hotel, se dará una ducha y a dormir con Lucía. El éxito le ha llegado de golpe después de mucho sudarlo. Se lo ha ganado a pulso. Dejó su Montevideo buscando una oportunidad de fama en la Madre Patria. Con sus ilusiones, su guitarra y apenas cuarenta mil pesetas, se encontró de golpe en Madrid. No conocía a nadie. Poco tiempo le duró su capital. Pasó días sin comer, deambulando por sus calles, empapándose de nuevas sensaciones y olores urbanos, entendiendo el correr de la gente y el pasar de la vida. Tiempo duro, pero, para el hombre que tiene una meta clara, todas estas situaciones no llegan a quebrarlo. Consiguió un empleo como pizzero, rellenando las masas de mozzarella, pepperoni, aceitunas, chorizo, roquefor, salami, espárragos, cebollas, tomates, jamón,... Trabajo rutinario que, al menos, le permitía comer y dormir. Empezó a hacer amistades. Los primeros, un matrimonio español que vive en Getafe y que son la esencia de la bondad. Pilar, Andrés, su hermosa hija Larisa y la pequeña Luna, una perrita dulce, simpática y afectuosa como sus dueños. Tienen el corazón de oro. Desde entonces, su casa es la de ellos. Después, conoció a Carlitos que le prestó su Mac para que pudiera hacer su música y a Abel quien le regaló uno de sus teclados. Con estos elementos y su guitarra, comenzó a crear la música de la adversidad, de la soledad. La inspiración es caprichosa y, a veces, se presenta en los momentos más complicados de la existencia humana. Entre pizza y pizza, iba creando. Su cabeza generaba muchísima música, la cual anotaba en un cuadernillo, salpicado de salsa napolitana. En la noche, la transcribía en esa maravilla tecnológica llamada Macintosh. Muchas noches sin dormir. Muchos días currando duro. Muchos días pensando en que él llegaría a tener el mejor grupo de rock. Y así fue. Cincuenta y dos discos de platino decoran una inmensa galería de su mansión en Punta del Este. Pero la inspiración la ha perdido. Por eso está en La Esperanza, de minero. Ha abandonado todo y se ha venido hasta aquí buscando su propia "piedra", su talismán, jugándole duro a la vida, desafiándola de nuevo a ver si le devuelve su música, la música de la adversidad, de la soledad. Vuelve a los pechos de La Argentina que se bambolean acalorados. La discusión ha tomado un cariz nada agradable. El ambiente esta a punto de estallar. Todos gritan, insultan. Realmente, el tema ni le va, ni le viene. Otro sorbo de cerveza acalla su sed y le vuelve a conectar con el pasado. Está en su Montevideo de niño, jugando al fútbol en la calle. Patea la pelota fuertemente y mete un gol. Salta, hace piruetas en el aire. Está feliz. Llegó a su meta. Un punto más para "Los Chacareros". Los niños corretean de nuevo tras el balón. Alvaro suda. Está sucio, lleno de mugre. Con sus piernas extremadamente largas trata de meterle una zancadilla al delantero de "Los Materos". Lo logra. El niño cae y el retoma la pelota, lanza y... ¡Goooooooool! Los Chacareros van ganando. Por la acera de la derecha viene su padre con dos niños, uno a cada lado. Muy peinaditos, uno con la raya al lado, otro lleva unos espléndidos rizos. Muy bien vestiditos, combinados primorosamente. Pulcros, demasiado para su edad y condición de varones. Inmaculados, impolutos. Caminan pasito a pasito con las piernas muy juntitas y el culito apretado. Modositos. -Alvaro, vení -le grita su padre. Sigue jugando sin apartar la vista del que le llama. Corre, corre y... ¡Goooool! de nuevo para Los Chacareros. Abandona el juego. -Qué querés, viejo. -Te presento a tus primos, Cielo y Celeste. -Mucho gusto -les dice mientras les da un fuerte apretón de manos, efusivo y torpe a la vez. Ellos le responden con una mano sosa, boba, caída, como de pescado muerto. Esa mano que, en suma, produce grima. Esa mano de niña tonta, de niña fina que espera el besamanos. -Mucho gusto, primo Alvaro -le dice Cielo. -Tanto gusto, Alvaro -responde Celeste. Sus voces suenan aflautadas, remilgadas, insípidas. -¿Quieren jugar al fútbol? -No, gracias. Nos podemos manchar -dice Celeste, acomodándose la camisa de encaje. -Además, mamá, no nos deja -le dice Cielo, mirándole fijamente a los ojos. Alvaro los mira, los remira, los vuelve a mirar. Unos primos un poco extraños. No se parecen a los primos de sus amigos. A los primos de sus amigos les gusta jugar al fútbol. Esa fue la primera vez que vio a sus primos de Minas. Recuerda cómo volvió a saber de ellos. Siendo un joven de veintidós años le tocó, con su grupo de rock, compartir escena con unos guitarreros de Minas y hablando con uno de ellos le comentó que tenía unos primos que vivían allí: Cielo y Celeste. El guitarrero, hombre recio, de campo, se le quedó mirando y le dijo: -¿Cielo y Celeste? Ah, pero tus primos son reputazos. -¿Qué me decís? -Son los travestís más famosos de todo Minas -decía el guitarrero al tiempo que llamaba a su compañero. -Cholo, vení, ¿vos sabés quienes son los primos de éste? Son Cielo y Celeste. -Mirá, vos. Primo de Cielo y Celeste. Pero esos primos tuyos, me perdonás, son reputazos. La tía Carlota los había condenado desde que nacieron. Con unos nombres así, lo mínimo que se podía llegar a ser era trasvestido. A los primos, los volvió a ver a los años. Eran dos reales hembras, mejores que muchas de las que había conocido en su tan agitada vida. Femeninas, sofisticadas, amorosas, educadas, en una palabra, ¡fantásticas! Se siente orgulloso de tener unas primas así. No todo el mundo tiene la suerte de tener un trasvestido en la familia y mucho menos, dos. Les compuso una canción, en sus años de inspiración, que ha sonado y sigue sonando por todas las discotecas del mundo: -Cielo y Celeste, ¡qué valientes que sois! Vivís la vida a vuestro son. Sois valientes, lo repito, tomáis la vida en danzón. Boquita alunada, boquita de bombón, sois hembras de emplumada, de copete y de salón. Sus largos dedos van marcando el ritmo sobre el mostrador mientras apura su cerveza. Vuelve a los pechos de La Argentina. Ahí están, más voluminosos que nunca. Paga la consumición y se marcha al río. Un buen baño le viene bien, además, poco le concierne que no le permitan acostarse con una de Las Apostólicas. Nunca lo ha hecho con ellas, ni lo desea hacer. Debe mantenerse célibe hasta que retome la inspiración. Edelmira -Por las tres cruces, por el Bien Eterno, por los Clavos del Madero y las Once Mil Vírgenes -Petra María da una bocanada al enorme puro que tiene en la boca. Chasqueando los dedos, va haciendo en el aire la señal de la cruz, mientras su boca exhala volutas de humo. -Por María Lionza, por san Judas Tadeo, por el doctor José Gregorio Hernández que en el Cielo está a la diestra del Dios Padre, nuestro Señor. Bocanada tras bocanada, chasquido tras chasquido e infinidad de cruces dibujadas en el aire mientras recita su ensalmo. -Dadme luz para ver la vida de Edelmira -queda en trance unos segundos-. Bien, ahora ya podemos empezar. Coge las cartas y barájalas. No cruces las piernas. Edelmira, obediente, va pasando las cartas de una mano a otra, intercalándolas sabiamente, ya que aprendió a jugar al póker en los diversos tugurios donde había estado. -Ahora, córtalas en tres partes para ver tu pasado, presente y porvenir. Edelmira forma los tres grupos. -Okey, vamos a ver tu pasado. Petra María va volteando de una en una las cartas y las va colocando frente a la consultante. Edelmira sigue el movimiento de sus manos y con ansiedad trata de comprender el significado de las cartas del Tarot. -Aquí vuelves a tener tu pasado. Están todos los incidentes de tu vida. La no muy clara muerte de tu padre, el terrible asesinato de tu madre, la herencia perdida y tú, sola, abandonada a tu destino. ¡Cuánta penuria a partir de entonces! ¡Cuánta pobreza! ¡Mucho trabajo pasaste mi'ja! Aquí se ve la encrucijada, la pérdida de tu hijo y la decisión que tomaste de trabajar en lo que estás metida. Muchos hombres, muchos hombres, pero ninguno para tí. Fortuna, mucha fortuna, pero gran soledad. Edelmira repasa su vida mientras que Petra María va interpretando la echada de cartas. Vagos recuerdos le quedan de sus padres. El, la llamaba su princesita. -Princesita, ven acá. Dale un beso a tu papá bonito. Edelmira corría a los brazos de su padre. Le rodeaba con sus cortos bracitos el cuello y le daba muchos besitos por toda la cara, en la frente, en los ojos, en la nariz y en los cachetes. -Papito, papito lindo, te quiero mucho, mucho, mucho. Eres mi rey. -Y tú mi princesita. Esa imagen la tenía para siempre. Cada vez que recordaba a su padre lo veía en esa escena amorosa, dulce, íntima. Todo era alegría en su hogar. La casa era hermosa, lujosa, situada en una excelente urbanización de Medellín. Su padre era funcionario de la Gobernación, ganaba bien y podía mantener un estilo de vida apropiado para su familia. Su madre era la típica señora dedicada a las labores del hogar. Hacendosa, mantenía su casa impecable y, además, siempre estaba bella y arreglada para su esposo. Nunca hubo en su hogar una mala palabra, un gesto no adecuado, una riña o un disgusto. Todo era amor y armonía. Ella tenía su propio cuarto que había sido decorado con esmero por su madre. Los tonos rosas y pasteles le daban calidez y los miles de peluches ponían la nota acogedora y la innegable identificación de un cuarto de niña. Recuerda en especial una jirafa gigante sobre la cual se solía montar. La lamparita de noche era un tío vivo que, al girar, producía una dulce melodía de vals. Pero llegó aquel día en el que su padre murió. Fue abatido a tiros a la puerta de la Gobernación junto a otros altos funcionarios. Se atribuyó el atentado a la incipiente mafia de Medellín. Poco después sucedió la muerte de su madre. Fue encontrada en la sala de la casa, desnuda, ahorcada y violada. Edelmira no tenía a donde ir, así que fue internada en un hospicio. No tenía familia ya que sus padres habían sido huérfanos. Habían salido del mismo hospicio a donde ella tenía que ir a parar con tan sólo seis años. Fueron muchos años de soledad, sin un papito lindo al que besar, sin una mamita linda que te comprara la ropa más bonita y te cantara las más hermosas canciones de cuna. Una mamita que te hacía la cama, te peinaba hermosas trenzas y te cuidaba siempre que estabas enferma sin apartarse de tu lado. Un papito lindo y una mamita linda que cada noche te daban ese besito de dulces sueños, cálido, amoroso, mientras te arropaban con ternura. Eran recuerdos dolorosos por todo lo perdido. Salió del hospicio al cumplir los dieciocho años. Le habían conseguido un empleo en una empresa constructora como secretaria comercial. Su jefe, al igual que ella, se había criado en un hospicio. Edelmira era una hermosa joven. Morena clara en la que se fusionaban las tres razas. Su cuerpo ampuloso de negra, apretado, nalgas protuberantes, senos erguidos y firmes. Su larga cabellera lisa, negra azabache, era la muestra de su ascendencia indígena y los rasgos finos de algún conquistador español. Una belleza típicamente latinoamericana. El huérfano de su jefe, pronto la cameló, la enamoró. Comenzó a llamarla su "mamita linda". Ella enseguida asoció esa frase con su hogar perdido. Decidió nombrarlo su "papito lindo" mientras lo llenaba de besitos en los ojos, en la frente, en los cachetes, al tiempo que rodeaba su cuello con sus brazos ya de mujer. Creyó recuperar el hogar perdido. El hogar soñado durante sus años de hospicio. Le amaba y se sentía amada. Así, un buen día, se dejó preñar creyendo que el fruto de ese amor los uniría aún más. El huérfano de su jefe, al enterarse de la noticia, la despidió sin más consideraciones. ¿Era un huérfano como ella su jefe o era un hijo de puta? Era un hijo de puta el huérfano de su jefe. La echó a la calle sin más explicaciones. Sola, sin familia, sin amigos, vivió de la caridad pública mientras su vientre se iba hinchando. Llegó el día de dar a luz. En el hospital le quitaron al niño que fue a parar como ella, sus abuelos y el hijo de puta del huérfano del jefe, al hospicio. Nunca más se supo de él. Volvió a la calle y alguien la enseñó a ganarse la vida con su cuerpo. Atravesó los caminos verdes hacia Venezuela, por donde han pasado miles de colombianos que se escapaban de la miseria. Trabajó en Barquisimeto, en un bar de alterne, donde conoció al "Caracortada" que huía de la justicia ya que, en un ajuste de cuentas, se había cargado a seis colegas. El iba a esconderse en La Esperanza, lugar que le había servido de aguantadero en otras oportunidades. En La Esperanza ella podría ganar mucho más. Se lo aseguraba. Se lo garantizaba. El conocía muy bien cómo se manejaban los negocios ahí. Así fue como llegó a La Esperanza. En verdad, el "Caracortada" no se había equivocado, ella ganaba muchísimo más. Ahora, tenía unos ahorros y se había comprado varias casitas en Medellín y Barquisimeto las cuales tenía en arrendamiento. A pesar de su pequeña fortuna, no encontraba un sentido a su vida. Se sentía vacía. Recorrió todos los hospicios colombianos en la búsqueda de su hijo sin ningún resultado. Contrató a las mejores agencias de detectives sin ningún resultado. Visitó todas las instancias del Estado sin ningún resultado. Su hijo se había perdido, se había esfumado, era como si nunca hubiera existido. Edelmira vuelve a la voz de Petra María, que va extendiendo el montoncito del presente. -Ay mi'ja, aquí sale tu niño. Está bien y es feliz donde está. -¿Está con alguna familia? -Ya te lo he dicho muchas veces que le veo rodeado de gente y de niños. Es como un hogar, pero no sé si podrá ser el de una familia o el hospicio. -Pero, ¿está bien? -Sí, mi'ja, no te preocupes más -le toma la mano con cariño, dándole apoyo. -Mira, acá te salen unos problemas legales por una casa. -Sí. Tengo un inquilino que no se quiere mudar. -Eso se va a solucionar pronto. Vas a ganar el pleito -observa con detenimiento las cartas restantes, Petra María sabe lo que se le viene encima. -Edelmira, ¿cómo estás de salud? -Hasta el momento, bien. -Debes cuidarte, porque aquí te sale una dolencia importante. Vete a ver al doctor Francisco para que te haga un reconocimiento. Más vale prevenir que lamentar. -Está bien, lo haré. -En cuanto al trabajo, no lo tengo claro, pero parece como que vas a tener problemas, como que vas a tener que dejar de trabajar por orden de una autoridad. -En estos momentos nos tienen retiradas del trabajo, pues Yasmín parece que cogió la sífilis y no quieren que nos contaminemos. Hasta que no se aclare ésto, no vamos a trabajar. -Con más razón, hazte los análisis, no vaya a ser que tengas tú la sífilis también. -Espero que no sea así. Conozco muy bien esa enfermedad. La he padecido tres veces y no quiero volverla a repetir. -Entonces, mejor cúrate en salud. -Así lo haré. Iré a ver al doctor Francisco. -Aquí está el amor también, un amor que trascenderá a la muerte. Un hombre que te ama de veras y está en tu presente -Edemira sonríe pues sabe de quién le está hablando-. Pero es un hombre comprometido con otro amor- Petra María se la queda viendo fíjamente a los ojos-. Te ama y mucho. Su corazón te pertenece y pronto, muy pronto estareís juntos para siempre. -Qué feliz me hace saber esto, pues yo también le amo. Espero que muy pronto nos podamos ir juntos de aquí. -Muy pronto va a ser. Bueno, veamos tu futuro. Petra María extiende el tercer grupo de cartas. Su espalda siente un fuerte corrientazo. Todos los vellos del cuerpo se le ponen de punta. Malo, muy malo lo que ve. Una enfermedad penosa, muy grave, sin cura. Al final una carta maldita: La Muerte. Permanece en silencio sin saber qué decir. Lleva dos meses en los que, al echar las cartas, todos los "futuros" concluyen en esa enfermedad incurable y en la inevitable muerte. Algo está pasando en La Esperanza, algo grave que pronto se va a descubrir. Ella no puede dar la voz de alarma, aunque sabe que sus cartas no mienten y, mucho menos, lo que ella misma ve del futuro. Heredó la clarividencia de su madre y ésta de su abuela y así sucesivamente hasta el comienzo de los tiempos. Sabe que las cartas dicen la verdad. No puede evitar lo inevitable, lo que está escrito, eso será. -Bien, Edelmira, en estas cartas... Edelmira no la deja continuar. Está asustada por la carta de La Muerte. -Está La Muerte, ¿es que voy a morir? -No mi'ja, esta carta significa la muerte pero en un sentido amplio. Puede ser la muerte de un trabajo, un cambio, el fin de un amor. En este caso, me atrevo a decir que se va a producir en tí un cambio de vida. Quizás regreses a tu tierra. Quizás sea una nueva vida con tu amor. Edelmira, más tranquila, sopesa lo que ha escuchado. -Tienes razón, he pensado en retirarme. Creo que ya he trabajado bastante. Además, tengo mis ahorros que me permitirán vivir decentemente el resto de mi vida. Quizás, hasta llegue a casarme y pueda tener el hijo anhelado. ¡Quién sabe! -Espero que sea así. Sólo te pido que cuides la salud. Ve a ver al doctor Francisco y después me cuentas. -Gracias, Petra María. Quiero encargarte de nuevo ese trabajito para la salud y la felicidad de mi hijo. Aquí tienes todo el dinero. -Así lo haré. Por tu hijo, le prenderé los velones a los santos. El estará bien. -Gracias. Me marcho porque llego tarde al bar. -Cuídate mi'ja. -Gracias por todo. Edelmira se marcha por los caminos polvorientos, rumbo a su trabajo. Petra María la ve alejarse. Sus ojos se llenan de lágrimas. Sabe que probablemente ésta será la última vez que la vea, como a tantos otros consultantes con igual destino. Una nube gris oscurece el poblacho como presagiando el mal hado que se acerca. Unos goterones, negros como la muerte, comienzan a caer. Antonio de la Caridad A Edelmira la están esperando. Es Antonio de la Caridad, el amante de Pierre Diderot. La espera y desespera. Sabe que sólo tiene una hora para ese encuentro furtivo, acostumbrado desde hace seis meses. Desespera. Mira continuamente el reloj. Ella siempre ha sido puntual a su cita. No ha fallado un solo día. Decide acostarse en la cama. Espera que Pierre nunca se entere de su infidelidad. Pierre ha sido muy bueno con él, generoso, atento y sabe que le tiene un afecto sincero. Gracias a él, hoy tiene una calidad de vida como nunca había conocido. Añora el mar. Las playas de Barlovento, "tierra ardiente y del tambor..." Los tambores suenan: ... tiquitá, tiquitá, tiquitá... Las negras de cintura fina arrastran sus pies en la tierra seca levantando polvareda. Los hombres las persiguen en esta danza lúbrica tratando de pegarse a sus posaderas. Ellas se voltean, no permiten que el hombre las tome. Les esquivan en ese juego seductor, caliente, fogoso, vehemente. El movimiento de sus caderas y de sus hombros invitan al desafío carnal. Los pechos se bambolean al compás del tiquitá, tiquitá, tiquitá... Mujeres y hombres de todas las edades bailan. Los niños también. Una mocosa, de apenas tres años, se contonea igual que su madre. Lo llevan en los genes, en su memoria africana. Las botellas de aguardiente de caña y de ron van pasando de boca en boca. Los tambores se animan. El "mina" erecto, sujeto por una horqueta, es golpeado en su glande de cuero por un negro corpulento, mientras que otros tres golpean el cilindro hueco de madera del instrumento con unos cortos palos. Las "curvetas" se desbordan de furor a los golpes de los otros músicos. Voces del coro repican al solista que va entonando sus versos. El baile continúa. Es el galanteo, el roce de los cuerpos en sus partes pudendas. Ellas tratan de escapar pero, a la vez, consienten el contacto. Algún que otro hombre se introduce agachado, tratando de retirar al que está bailando para quedarse así con su negrita sabrosa. Es tan natural que a nadie espanta y los niños así lo aprenden. El sexo no es, ni será tabú en Barlovento. Perros, cerdos y gallinas deambulan por los tambores. De una enorme parrilla hecha de piedras y de rejillas de nevera, llega el olor de los frescos lebranches recién pescados que se van asando lentamente junto a los plátanos. A Antonio de la Caridad, la boca se le hace agua de pensar en el lebranche de carne tan blanca y fina, un regalo de los dioses a la miseria de su pueblo. Mira el reloj. Desespera. Edelmira no llega y él se tiene que ir. Coge un cigarillo, lo enciende y da una primera bocanada profunda para ver si así se calma. Vuelve a su Barlovento. La tarde está serena como el Mar Caribe que se extiende ante sus ojos. Pronto va a anochecer. El sol deja visos anaranjados en el horizonte. El agua se tiñe de dorados. La brisa del mar le acaricia la piel de ébano aún húmeda por el último baño, produciéndole cierto escalofrío. En su cuerpo atlético se definen todos los músculos. Es un negro hermoso, de ojos verdes, rasgos finos, sin duda, entre sus ancestros se perdió un amo europeo. En la quietud de la tarde piensa en lo que hará con su vida. En Barlovento tiene pocas oportunidades. El quiere cruzar ese mar y conocer a otras gentes, quiere otra vida, una vida diferente como esa que muestran por la televisión. Quiere vestir bien, tener un automóvil grande y una casa. Ese ha sido su sueño de todas las tardes frente al mar desde que tiene uso de razón. El sabe que ese día llegará. Caminando por la orilla del mar, se va acercando un hombre rubio, cuarentón, de andar firme y elegante que lo está mirando desde hace un buen rato. Se cruzan las miradas y hay un entendimiento tácito. Pierre Diderot se acerca, lo observa detenidamente. Es un excelente macho. Siente el olor invisible de sus feromonas. Le gusta el negro y aún más el paquete que se vislumbra a través del minúsculo traje de baño. Por algo, en el pueblo le llaman el "biendotao". Dejó que Pierre se lo llevara a su hotel. Sabía que ese "catire", ese rubio, le sacaría de su miseria. El no era maricón, pero bien sabía lo que quería en la vida. Total, todos los culos son iguales, sean de hombre o mujer, da igual. Así fue que comenzó a conocer otro mundo más allá de su mar. Igualito al mundo que veía en la televisión. Buenos coches, buenas casas, buenas ropas, buenas joyas y... buenas piedras que le regala su Pierre. Pierre... Es un buen tipo. No merece ser engañado. Mira el reloj. Ya es tarde. Se levanta de la cama de Edelmira. Se acomoda ante el espejo sus negros rizos ensortijados. Con un poco de saliva se ordena sus bien arqueadas cejas. Sale del cuarto no sin antes lamentar el no haberla visto. Se ha enamorado de la dulce Edelmira. Ambos en La Esperanza, sin esperanza. Ella por desgraciada, él por su ambición. Camino a la impresionante churuata de Pierre, ordena sus pensamientos mientras que su boca se lamenta por los besos no dados. La llegada del doctor Itriago y su equipo médico ha ocasionado un gran revuelo. El propio coronel Telésforo Rodríguez les ha acompañado hasta el hospital de campaña improvisado en la futura plaza. Todo estaba adecuadamente preparado, según las recomendaciones sanitarias. Dentro de la gigantesca carpa de color militar estaban las cien literas, un espacio para revisión de enfermos, otro para curas y otro a modo de quirófano, todos ellos separados por lonas de colores de camuflaje. Cientos de curiosos mantienen las distancias obligados por los soldados que nos les dejan llegar hasta ellos. Todos quieren saber qué está pasando. Un grupo de mujeres de mineros enfermos que fueron trasladados a la capital, pelean contra cuatro soldados que nos les permiten acercarse hasta los médicos para averiguar sobre la suerte de sus maridos. El doctor Francisco, que está viendo la escena, se acerca hasta ellas, trata de calmarlas, pero todo es inútil. Una de ellas le clava un cuchillo de cocina a uno de los soldados. Al momento, cientos de militares las rodean y las reducen. El incidente ocasiona que intervengan varios mineros en favor de las mujeres y se forma una pelea entre soldados y civiles. Las mujeres comienzan a dar sartenazos, palos, pedradas y mordiscos, los hombres puñetazos y alguno ha sacado el machete para cargarse al primero que encuentra en el camino. El coronel Telésforo, sin vacilar, saca el arma y dispara al aire varios tiros. De pronto, todo el mundo se queda quieto, congelado, ante el temor. -Ustedes quieren saber para qué es esto -dice el coronel, a pleno pulmón, al tiempo que señala el esperpéntico hospital. -Bien, yo se los voy a decir. La gente se va acomodando, se va acercando, lentamente, para escuchar mejor. Los soldados también toman posiciones para proteger al coronel, ahora están alerta, a la defensiva para así evitar un nuevo ataque de la turba. -Existe un plan nacional de salud que se está implantando en todo el estado debido a un brote de malaria del tipo B., sumamente rara pero que parece que está tomando fuerza por esta zona. Muchos de ustedes ya han padecido la malaria y saben bien que hoy la ciencia médica puede con esta enfermedad. No es para alarmarse, ni asustarse -al tiempo que habla, se va espantando los mosquitos que se le paran sobre la calva. En La Esperanza, ya se han detectado varios casos que han sido tratados en Caracas, pero debido a que se pueden presentar más enfermos, el Ministerio de Sanidad ha enviado al equipo sanitario hasta aquí para evitar el traslado de futuros contagiados. -Coronel -dice una mujer del grupo que provocó el incidente-, mi marido, Guaicaipuro Ernesto García, se lo llevaron pa' Caracas y estoy muy preocupá porque no se me fue muy bueno y además siento acá -la mujer se da golpes en el pecho- de que se me ha muerto. -Yo no le voy a decir cómo se encuentra su marido ya que está aquí el doctor Itriago, que ha sido el que lo ha tratado, así como a los demás que están en Caracas. Al doctor Itriago le ha pillado desprevenido. Se acomoda la guayabera, habla con la gente de su equipo. El doctor Francisco le observa, sabe que va a mentir pero que no está preparado para ello. El tampoco sabe muy bien qué hacer, ni qué decir, por eso comprende al doctor. La verdad es que todos los que se llevaron han muerto. La mujer de Guaicaipuro lo ha presentido así, como las restantes viudas. -Señora, yo he tratado a su marido y, a pesar de llegar en un estado bastante grave, quiero decirle que se tranquilice porque él se está recuperando satisfactoriamente, al igual que los demás enfermos. -Ya sabe, pues, que su marido se encuentra bien -retoma la palabra el coronel Telésforo Rodríguez-. Quiero aprovechar la ocasión para informarles de la misión que me ha sido encargada. Lo primero es que nadie puede abandonar La Esperanza sin mi permiso -se escuchan los cuchicheos de la gente-. Este brote epidémico lo tenemos que controlar aquí. -Perdone, coronel, pero la malaria no se contagia de persona a persona -interviene uno de los presentes. -Tiene usted razón. La malaria común no se contagia así, sólo la transmite el mosquito, pero la malaria del tipo B. sí se pasa de persona a persona -se ve entonces que los parroquianos comienzan discretamente a separarse unos de los otros-. Pero no teman porque aquí tenemos a los mejores especialistas que los atenderán, por si alguno de ustedes ya ha sido infectado. Los que tengan algún enfermo en casa, van a hacer aquí una fila para que les sean trasladados a este hospital y puedan recibir la ayuda médica que necesitan. Si alguno de los presentes se siente enfermo, tiene fiebre, ha vomitado, le ha dado diarrea o le han salido ronchas en alguna parte del cuerpo, por favor, se va poniendo de este lado para que sea de inmediato reconocido por los médicos -de inmediato se comenzaron a formar dos colas. -Perdone, coronel -toma la palabra un minero joven-, yo necesito viajar para las Mercedes del Llano porque mi mujer está a punto de parir y es el primer muchacho que tenemos. -No se preocupe, joven, pase después por mi despacho para ver qué podemos hacer. Por ahora, el pueblo está en cuarentena y nadie puede abandonarlo. Lo que sí puedo hacer de inmediato es comunicarme con el regimiento más cercano en el Guárico y que, desde allí, le envíen noticias suyas a su mujer y le den la ayuda que ella pueda necesitar. -Muchas gracias, coronel -el joven ha hecho una venia de agradecimiento con la cabeza y se ha ido a colocar en la cola de revisión médica donde ya hay más de sesenta personas. Los que no han hecho alguna de las dos colas se han ido dispersando. Las Apostólicas, a la puerta del Bar La Cubana, se quedan comentando sus impresiones. -Lo que yo te digo, mi amor, es sífilis -dice La Encarnita. -No, chica -comenta La Rubiales-, es otra cosa segurito. -Sea lo que sea -dice Trina-, lo más probable es que nosotras ya estemos enfermas. -Cállate y no seas boca e' jarro -le dice La Rubiales al tiempo que cruza los dedos para espantar a la pava, a la mala suerte. -Sí, neniña, cállate -la abraza la Encarnita para llevársela al interior del local. -Estamos enfermas y vamos a morir, yo lo sé -comienza a sollozar Trina-. Todas vamos a morir. El local se siente frío, un frío intenso como sólo la muerte puede expresarlo. El doctor Francisco se ha instalado en la barra a tomar una cerveza, está tomando fuerzas para enfrentarse con su propio destino, él ya tiene los síntomas. A su lado está La Boca del Amor Hermoso que le sonríe. Se ha dado cuenta de que es real y que no son alucinaciones suyas. El está ahí, a su lado, como un compañero inseparable. El es el emisario de La Muerte y le ha venido a buscar. Apura su cerveza y se dirige hacia el improvisado hospital para ponerse a las órdenes del doctor Itriago. El indio Simón le sigue como su propia sombra. -Pensando en tí, noche y día, aldea de mis amores, mi esperanza renacía... El disco de la zarzuela de Los Gavilanes da vueltas haciendo acompasadas ondas el vinilo. Por el calor y el uso, el disco está a punto de desmayarse. En su vaivén, el doctor Francisco se hipnotiza. Siente toda la nostalgia del indiano, que sabe que no volverá a ver ya más a su España querida. Adiós a sus sueños de Mijas. Ahora sabe que va a morir y que como él, muchos o casi todos los del poblacho. Se pregunta cómo estará aquel hijo que le costó la salida de España. Se parecerá a él o sólo tendrá la marca en la frente, el indiscutible lunar de los Rui-Peña. ¿Habrá sacado los hermosos ojos de su madre? Le gustaría haberlo visto, aunque sea por saciar la curiosidad. De todas formas, era su hijo y, por eso, había decidido incluirlo en su testamento. Nunca pensó que la decisión temprana de hacerlo fuera quizás el preludio de su propio fin. Dividió sus bienes, equitativamente, entre la familia de su amada Marta Serafina y aquel fruto de una locura de juventud. Una fortuna cuantiosa, bien ganada, pero que no tuvo el placer de disfrutar. En España, no cuenta con nadie más. Su familia lo desterró igualmente, al verse afectada por el escándalo que causó su paternidad. -Una intolerable actitud en un chico de familia bien -eso fue todo lo que su padre tuvo que decir. Su madre y sus hermanos le volvieron la cara en la despedida. Sólo, Rosa, la portera, fue la única que lo abrazó y derramó unas lágrimas por su tan mala ventura. -Adiós, señorito Francisco, que Dios le dé a usted toda la suerte. Cuídese mucho. Rosa le vio nacer, crecer y madurar de repente. Siempre le regañaba por la costumbre de todos los chicos de bajarse por el pasamanos de la escalera, de hierro y bronce, que Francisco dejaba lustrosa al contacto con la lana del pantalón. -Algún día, voy a tener un disgusto contigo. Ya verás, si te rompes la crisma, yo misma te la voy a coser. Francisco salía corriendo, al tiempo que su querida Rosa cogía la escoba de la portería con la intención de amedrentarlo. El sabía de sobra que ella sería incapaz de pegarle, por eso, en la huida, le enviaba miles de besos que enternecían a aquel viejo corazón. A Rosa, él le había importado siempre, siendo bueno y siendo malo. Lo aceptaba como era y lo amaba por ello. De su familia siempre tuvo noticias a través de las revistas del corazón. Sus hermanos se habían casado. Tenían hijos. Todos con la marca de origen, el lunar en la frente de los Rui-Peña. Sabía que su hermana Luisa se había divorciado de aquel panolis de sangre azul que sólo sabía en la vida posar ante una cámara. Ella tampoco era de muchas luces. Fue criada para identificar adecuadamente el estilo de ropa que más la favorecía, cuántas calorías contenían cada bocado de alimento, lo cual ya le exigía potenciar su cerebro al máximo, y cómo comportarse como una damita de sociedad. Todo un espécimen especializado en la frivolidad. Nada tenía que ver con ellos, ni ellos con él. Más que nunca agradece al cielo el haber conocido a Isabel de Herrera. Gracias a ella y a su desatino, aunque al principio doloroso, pudo tener otros horizontes. Vivió entregado a los demás. Cumplió a cabalidad con su vocación de médico y se siente totalmente realizado. Además, conoció al amor, el que menos se imaginaría cuando pertenecía a la llamada alta sociedad. En su vida los hechos, aparentemente, no han sido nada predecibles. La vida se ha encargado de sorprenderle. De pequeño, recuerda que tuvo la ilusión de ser médico en las misiones. Soñaba con estar rodeado de indiecitos que le sonreían agradecidos por su buen hacer. Ahora se da cuenta de que aquel vago sueño se le cumplió. Quizás, tuvo que pasarle todo aquello para que, al final de su vida, pudiera estar en plena selva atendiendo a muchos indígenas que se desplazaban a su consultorio para que los sanara, cuando ya el piache no podía hacer más por ellos. Ese fue su gran sueño. Lo que él quería ser. De niño, intuyó cúal iba a ser su destino. Un destino que probablemente ya llevaba escrito en el libro de la vida. A medida que fue creciendo, se le fue perdiendo aquella pasión o se la hicieron olvidar a punta de viajes por Europa, de nuevas amistades financieras, de nuevos objetivos sociales. Cuando creía que ya su vida estaba adecuada a los patrones familiares, el destino se encargó de encaminarlo de nuevo en sus sueños. Lo llevó por caminos torcidos, tortuosos, pero al final, él llegó a las misiones. Si hubiera sido fiel a su sueño, quizás no hubiera tenido que padecer tanto. Hubiera quedado simplemente como un excéntrico, un bohemio, que hubiera otorgado una nota de color a la familia. De la forma en que sucedieron los hechos, se había convertido en la oveja negra, en la deshonra y llegó a alcanzar el olvido de todos aquellos que le fueron cercanos biológicamente. Le llevó mucho tiempo entender esa ruptura, ese radicalismo familiar. O piensas como ellos o estás contra ellos. Te comportas, como ellos esperan que lo hagas, o estás contra ellos. Hoy, quizás, con un mundo interior más enriquecido, se da cuenta que lo único que vale en la vida es el amor. El amor tolera, el amor comprende. Pero le tocó en suerte esa familia que le ayudó, en su abandono, a conseguir sus sueños. Gracias a todo lo que le había pasado, él había logrado su propósito en la vida. Dios escribe sobre líneas torcidas. Nadie escapa del camino que debe seguir. Lo único que lamenta es este triste final, no tanto por él sino por todos los que nunca le fueron ajenos. Llora ahora que nadie lo ve. Sabe lo que va a suceder inevitablemente. Yasmín ha muerto, como los otros mineros que fueron llevados a Caracas por la Guardia Nacional. La mitad de Las Apostólicas, entre ellas su compatriota Encarnita con la cual compartía muchas veces cama, presentan ya los síntomas. Edelmira y la Rubiales también, así como más de setenta mineros con sus respectivas novias, esposas, concubinas y cueros, en total 1.024 personas están enfermas. Es una locura. La gente quiere escapar. Está imperando el pánico. Desde que llegó el doctor Itriago y su equipo de veinte personas, entre médicos y personal sanitario, La Esperanza se ha convertido en la desesperanza. Todos quieren saber, tienen miedo. Intuyen que algo muy malo está pasando. De nada han servido las palabras del coronel. El pueblo sabe que se les está ocultando información. La Guardia Nacional y el Ejército, con sus más de 1.500 efectivos, vigilan a cada parroquiano. Nadie puede dar un paso sin toparse con un uniforme verde. En el hospital de campaña se va destinando a cuanta persona presenta ya la enfermedad. Batas blancas recorren frenéticamente el espacio poniendo un suero acá, sacando una muestra de sangre allá, poniéndole un pato a alguno que quiera mear. Es la locura. Al doctor Francisco le han mandado a descansar. Le duele su España que no podrá volver a ver, le duele la muerte de los pemones, la muerte de la pequeña Yasmín, la muerte que abraza a La Esperanza sin remedio. Le duele su propia muerte. Ahora sabe que la codicia humana es más poderosa que la compasión. -"Cuántas muertes lleva escondidas la selva por la desmesurada ambición. Sobran los indios, dueños eternos de esas tierras. Son un incordio para los buscadores de oro, diamantes, ganaderos, narcotraficantes y explotadores de madera. Ellos son como vampiros que chupan hasta la última gota creando la muerte. Todo estorba, todo lo que sea un impedimento a su codicia. Pero quién lo habrá podido hacer. Detrás de esto tiene que haber un grupo muy poderoso que haya sido capaz de utilizar un virus tan potente, un virus de laboratorio que sólo mate a la gente. Un arma química creada para destruir". En su cabeza no cabe cómo un científico ha podido hacer algo así. Cómo puede existir gente que viva para la muerte, de ilusionarse con descubrir cómo llegar a matar. Recuerda en especial una imagen, la de un pequeño indiecito pemón todavía prendido al pecho de su madre, esa mirada desesperada y a la vez tierna hacia el rostro de ella tan muerta como él. Los dos se miran, se despiden. Juntos andarán por el Cielo. El, asido a su pecho, del que mana la más dulce miel, ella hermosa, con su cabellera al vuelo, meciéndole con sus nanas de amor eterno. Sabe que esto es imperdonable. Sabe que debe hacer algo, que esto no ha de quedar así. El mundo debe enterarse de lo sucedido. Alguien ha de denunciarlo. El Gobierno quiere guardar en secreto lo que está pasando. No quiere perder la esperanza de que el mundo se entere de lo que aquí acontece. Coge papel y pluma y se pone a escribir: "A todos los hombres de buena voluntad del planeta para que sepan lo que algunos hombres son capaces de hacer por su desmesurada codicia. No sé si lo llegarán a leer, pero al menos cumpliré con la responsabilidad que tengo ante la vida, a la cual juré una vez defender..." El disco ha dejado de sonar pero sigue dando las mismas vueltas una y otra vez. El doctor Francisco está tan absorto en su denuncia que no se ha percatado del traqueteo infame del tocadiscos. Sólo con sus pensamientos va rebobinando los acontecimientos. De pronto, ve a Yasmín y a La Boca Del Amor Hermoso sonreírle, como aprobando la decisión que ha tomado. Del rancho de Petra María, sale una cola de más de 200 personas angustiadas. Todas quieren saber su futuro, si es que lo tienen. Espantan las moscas que, por si fuera poco, se ensañan con ellos. Algunas mujeres, en corrillos, están arrodilladas rezando el rosario: -Dios te Salve, María... -Santa María, Madre de Dios... Unos mineros han decidido recostarse en plena calzada pantanosa, buscando aquellos lugares ya secos por el sol. Se ríen, están comentando alguna que otra anécdota. Matan la angustia con la risa. Más allá, una mujer, rodeada de sus seis pequeños hijos, llora desconsoladamente. Otros callan, su mirada está perdida en extraños horizontes. Efectivos de la Guardia Nacional los vigilan. Pasean de un lado a otro de la cola. Alguno siente compasión por ellos. La misión que están cumpliendo no es grata. Ven en esas gentes a sus propias familias, gentes de pueblo como ellos, cuyo único delito ha sido el soñar con una vida mejor. Tienen orden de detener a aquel que quiera escapar, inclusive de disparar si no se atiene al alto. La Esperanza se ha convertido en un campo de concentración, un campo de apestosos, de peligrosos contaminados de un mal no buscado. En esos rostros ven a sus padres, a sus hermanos, a la novia que está en el pueblo y que sueña con su regreso. Ven a sus hijos. ¡Pobres gentes! Se equivocaron de lugar. Todos los sueños y todas las desgracias han ido a parar a La Esperanza. Pareciera que la escoria humana, en su desesperación por negarse a su fatídico destino de miserias, se hubiera congregado allí. Esas "piedras" tienen algo mágico. Algo infernal. No en vano se han formado con miles y miles de grados centígrados de calor. Después, al convertirlas en diamantes, los hombres son capaces de robar y matar por ellas. Cuántas mujeres se habrán dejado seducir, no por el hombre que lo regala, sino por el brillo que destila esa piedra ya tallada y mágica. Qué historias podrán contarnos esos hermosos diamantes que son para siempre, colgados de esbeltos, rechonchos o arrugados cuellos de mujer. Qué podrá decirnos ese brillante de compromiso matrimonial, de dónde viene, sirvió para pagar algunas horas de amor, los servicios de un médico, ¿fue robado? O aún peor, ¿le costó la vida a alguien? Algunas piedras parecen tener cristalizada la maldad de los infiernos. Algunos brillantes o diamantes parecen contener su propia maldición que, al pasar de mano en mano, de usuario en usuario, van marcándole su propio y único desgraciado destino. La codicia de los hombres también se cristaliza, se queda atrapada en esas brillantes facetas que son capaces de emitir esa malvada vibración. Se retroalimentan. Se cargan de esa mala energía. Se convierten en condensadores de la maldad, como esos hermosos diamantes que han ido transmitiendo la mala suerte a sus poseedores y que, a medida que han ido pasando de mano en mano, la desgracia se ha hecho mayor. Y en La Esperanza lo saben bien. Algo les está pasando y lo quieren saber. Por eso la inmensa cola que va mermando a medida que Petra María los despacha en su puerta. La mayoría sale cabizbaja, pesándoles el destino en los hombros. Saben que están enfermos y que un cambio drástico va a dar su vida. Al menos, Petra María les da la esperanza de una vida mejor. En resumidas cuentas, ella les dice que no se preocupen, lo que no les dice es que "pasarán a mejor vida". Todo es cuestión de semántica y de cómo se quieran ver las cosas. Alvaro Gómez Canelones, el músico, es el siguiente en pasar. Entra al rancho a tientas, ya que el espeso humo de tantos puros impide la visibilidad. Petra María le toma de la mano guiándole hasta una silla. Ella también toma asiento sin desprenderse de su mano. Se inclina sobre la mesa que todavía contiene la última echada y, sobre la carta de "La Muerte", se pone a llorar desconsoladamente. Alvaro no sabe qué hacer. Decide acariciar, con su mano libre, la inmensa rizada cabellera de Petra María. El humo ha comenzado a disiparse y ahora puede verla totalmente destruida, abandonada, desinflada. Sólo su mano tiene fuerza, una fuerza tal que la mano de Alvaro se está poniendo totalmente morada. -Al fin uno que se va a salvar, que va a salir de aquí por su propio pie -entre gimoteos y llantos dice Petra María-. Gracias Señor, por tu piedad. Alvaro no deja de mirarla y acariciarla para ver si así se calma. -No puedo más. La Muerte está aquí. Su guadaña está aquí. Se han desatado los demonios de la maldad y están bailando su danza macabra. Nada puedo hacer, tan solo ver esos rostros angustiados que esperan de mí una respuesta a su inmenso temor. Los que han hecho ésto, no saben el karma que están preparando para sus futuras vidas. Cada una de esas muertes las llevarán con ellos y tendrán que pagarlas a través de los siglos. Infeliz el ser humano que cree vivir una sola vez. Lo van a pagar y con creces. Van a pagar su inmensa codicia que de poco les va servir en esta efímera vida. Alvaro la mira, la remira, la vuelve a mirar estupefacto. Ni sus ojos, ni sus oídos dan crédito a lo visto y escuchado. Tanto dolor sale de esa mujer que de su corazón y su mente salen notas musicales que él puede ver danzando por la habitación. Puede leer las notas, la música que comienza a metersele por los ojos y oídos. Una fuerte descarga comienza a recorrer su espalda, desde el coxis al cerebelo ramificándose hasta su cerebro por medio de destellos eléctricos de sus propias neuronas que van asimilando cada uno de los nuevos códigos musicales. Siente cargarse de inspiración. Al fin, volvió a él la inspiración. El rancho toma otra dimensión para él, se llena de luz al tiempo que él adquiere una nueva sensación sobre el tamaño del espacio, de su propio espacio esencial. Ve, desde el techo, su cuerpo sentado tomándole la mano a Petra María que sigue sollozando. Maravillado, con lo que le está sucediendo, recorre cada rincón del cuarto observando detalles desde su nueva perspectiva. Se fija en una esquina, que a simple vista no hubiera podido ver ya que se encuentra oculta por un biombo de cañas, donde un grupo de hormigas salen desordenadamente de una fisura de una de las tablas que sirven de pared. Se alínean en formación militar y recorren los tres metros que las llevarán hasta la otra esquina para allí tomar un desvío que las conducirá hacia la pequeña despensa. Decide dejar a las hormigas y descubrir otros parajes desde su altitud. Pasa sobre la pared que no llega al techo y que divide al rancho. Allí se encuentra el cuarto de ella. Un catre pequeño como cama, con sus sábanas bien extendidas y su colcha de macramé de infinitos colores. Un cajón de madera, a modo de mesilla, sobre el que están una enorme foto enmarcada -en ella puede ver a cinco mujeres, a cinco generaciones, reconoce a la que está en el centro y que es la propia Petra María- y al lado una imagen de la virgen de la Coromoto. Perchas con escasas ropas están colgadas de la pared en unos clavos salientes. También, en una de las paredes, está suspendido un enorme rosario de cuentas gigantes. En una esquina, apiladas varias cajas de velones de diferentes colores. No hay nada más en ese cuarto que tiene una pequeña ventana que proyecta su luz sobre la fotografía. El piso de tierra apisonada está impecable, no hay ni hormigas, ni bichos en los cuales interesarse. Vuelve al cuarto donde todavía sigue su cuerpo en la posición en que lo había dejado. Observa su mano ya morada por falta de riego sanguíneo. Petra María le sigue hablando desde su dolor. -Cuándo entenderá el ser humano que sólo el amor nos puede liberar, nos puede hacer crecer como seres espirituales que esencialmente somos. Discúlpame, pero ya no lo podía soportar. Llevo meses sabiendo de esta desgracia y sintiéndome impotente para detenerla. Uno no puede meterse con el destino. Está escrito y por algo lo está. Es el Designio Divino y no soy quien para cambiarlo -Petra María voltea la fatídica carta, no la quiere ver más-. Sufro mucho con este poder divino de la adivinación, de la clarividencia. Veo las cosas que han de pasar, los dolores y las alegrías y sé que no soy quien para alterarlos por mucho que me duela. Tú has venido a La Esperanza en la búsqueda de la inspiración perdida y la encuentras aquí, a través de mí, a través de este dolor acumulado que ya te ha traspasado y que te servirá para crear. Como verás, tiene sentido mi sufrir. Este dolor se transforma en poesía, en música, en curación, en milagros para aquellos que son canales adecuados, ¿sabes?... son cosas de Dios. Alvaro la mira, la remira, la vuelve a mirar perplejo. Intuía que La Esperanza le devolvería la inspiración, pero jamás soñó la forma en que ésta habría de manifestarse. -Tú eres el encargado de denunciar ante el mundo esta injusticia y debes de hacerlo, ya que has recibido un enorme regalo del Altísimo. Seguirá tu fortuna. Tendrás mucha más fama y honores, pero tu vida de aquí en adelante va a cambiar. A través de la música serás emisario del Amor, de la solidaridad entre los pueblos. Alertarás al mundo de la injusticia que viven muchos hombres por el egoísmo de unos pocos, que sólo sueñan con amasar mayores fortunas y tener aún más poder. Tendrás que vivir momentos amargos también, ya que tu destino está escrito. Petra María le soltó la mano entumecida que lo hizo volver a la perspectiva que tenía originalmente. Ya no veía desde el techo, ahora estaba frente a ella, en su cuerpo, viéndola con sus ojos. Fue frotando la mano hasta que sintió que la sangre recorría sus venas. Un cosquilleo se iba extendiendo a través de sus cinco largos dedos. Siguió frotando con el deseo de despertarlos, de volverlos a la vida. Estiraba la mano y la contraía con fuerza. La sacudía debajo de la mesa, esperando a que ella no se diera cuenta. Petra María seguía con su largo monólogo: -Vas a escaparte de aquí. Es la única forma que tienes de salir, de informar al mundo lo que ha sucedido. Alvaro la mira con cara de interrogación, ya que sabe que esa misión es imposible. La Esperanza está llena de soldados, de Guardias Nacionales, dispuestos a todo con tal de no dejar escapar a nadie. -Yo te diré cómo. Has de creer cada una de mis palabras y has de hacer todas las cosas que te voy a mandar, pero primero tienes que ver al doctor Francisco. El está escribiendo sobre lo que aquí está pasando, dónde se originó y por qué. Sabe que va a morir y que tiene la obligación de denunciar lo que nos han hecho -por un instante Petra María cierra los ojos-. El escribe, está escribiendo en este momento, lo puedo ver y leer su escrito. Le falta poco para terminar. Le voy transmitiendo tu imagen para que te entregue a tí la carta. Le estoy indicando que eres tú el mensajero. Unos minutos de silencio que se hacen eternos. Petra María está concentrada en el envío del mensaje. Alvaro no sale de su estupor. -¿Esto a mí? ¿Estaré soñando? Despierta, hombre. La mano ya ha recuperado la normalidad. Mira detenidamente la habitación. El humo se ha disipado totalmente. Cientos de velones encendidos arden frente a diversas imágenes de vírgenes, santos y de una hermosa cruz de plata con infinitos arabescos que preside el altar. Siente el olor a incienso que se confunde con el de la cera perfumada. Sí, está ahí, en el rancho de Petra María y está despierto. Es real lo que está sucediendo. Tan real como que él ha cambiado, no es el mismo que entró hace apenas unos minutos. Se siente lleno de inspiración, cargado de magia sinfónica. En su cabeza van sonando hermosas melodías como nunca antes las había escrito. Tienen una suprema belleza y armonía, son sublimes, celestiales pues la inspiración, al fin y al cabo es Divina. -Ya está, la telepatía funciona -le dice Petra María-. Cuando le veas te va a entregar la carta. Lo dejé más sereno ahora que sabe que su denuncia se comunicará al mundo. Tienes miedo y dudas. No temas. Tú eres el elegido. Tienes la suerte de que vas a sobrevivir. -Y ¿tú?- se atrevió a hablar Alvaro, convencido ya de lo que ella le estaba diciendo. Un convencimiento que le llegó de pronto, como cosa del Cielo y al cual se debía asir, sin hacer más conjeturas. -No, yo de ésta no salgo. Aquí se acabó mi tiempo. No voy a morir de la enfermedad. Me van a matar. Me echarán la culpa de todo ésto. La ignorancia podrá más que la razón. Seré para algunos la causante de sus males. Seré el chivo expiatorio. No le temo a la muerte. Sólo podrán matar a este cuerpo, a este traje que tan sólo me viste en esta vida. No te preocupes por mí. Estoy preparada para ello. Otro silencio más cortante, más profundo. Alvaro la mira, la remira, la vuelve a mirar, pero con otros ojos. Ella le habla de la muerte, de su propia muerte como si fuera tan natural el morir, como si fuera así de fácil morir, abandonar este mundo al cual nos acostumbramos. Por otro lado, comprende sus palabras. La experiencia vivida pocos minutos atrás, le ha permitido sentirse liberado, sin cuerpo. Ha podido diferenciar su cuerpo de él mismo. Ha visto su cuerpo como un traje al cual ha abandonado en su aventura por el cuarto. No tiene dudas sobre sus palabras, pero sí cierta sensación de pérdida de ese cuerpo que, después de tantos años de uso, uno llega a tomarle un verdadero cariño y que, por eso, nos cuesta desprendernos de él. Nos es tan familiar que llegamos a pensar que somos ese cuerpo, ese traje. -Bueno, ahora hablemos de tí -dice Petra María-, yo tengo que preparar tu huida. Será mañana, en la noche. A las doce en punto, tomarás el camino que sale hacia la Guayana Esequiba. Seguirás por él hasta que éste se pierda en la selva. Vas a encontrarte con algunos guardias pero tú seguirás caminando tranquilamente. No temas, ellos no te verán. Mírame a los ojos -Alvaro obedece y la mira fijamente-. NO TE VERAN. NO TE VERAN. Seguirás caminando toda la noche hasta que te encuentres con la misión de los padres capuchinos. A lo lejos, distinguirás una inmensa churuata con una cruz de palosanto. Allí pararás y preguntarás por el padre Ignacio. Le contarás la historia y le enseñarás la carta del doctor Francisco. El te ayudará a escapar. Hará los preparativos para tu huida. Ese mismo día, partirás en la avioneta de míster Presley hasta Caracas y de allí, inmediatamente, tomarás el primer vuelo que salga para Madrid. Ya en Madrid podrás divulgar este horror. Alvaro sigue cada una de las palabras con suma atención, siente que todo es real y que en ello se le va la vida. Ha memorizado todo, como nunca antes había podido hacerlo. Se siente más tranquilo. Ahora entiende que ese es su destino. -Graba para siempre todos los rostros que has visto en La Esperanza y habla en nombre de todos ellos y de otros que no has conocido que también han sido víctimas de la codicia. Debes saber que el pueblo pemón de la misión del Espíritu Santo fue inoculado con el virus de este mal muriendo todos ellos a excepción del piache, un virus creado por el hombre para matar al hombre. Quien contaminó a La Esperanza fue Simón, ese indio simpático que buscaba "piedras" para acostarse con Las Apostólicas. A través de ellas, toda La Esperanza adulta se ha contagiado, a excepción tuya. Te ha salvado la abstinencia como a los niños que ahora quedarán irremediablemente huérfanos. -Pero, ¿por qué?- pregunta Alvaro mientras sus ojos se empiezan a aguar. -¿Por qué? ¿Por qué? Quién entiende la maldad. La gent